Wednesday, April 11, 2007


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Jonathan Swift

 

LOS VIAJES DE GULLIVER

 

Primera parte

 

Un viaje a Liliput

 

Capítulo primero

 

El autor da algunas referencias de sí y de su familia y de sus primeras inclinaciones a viajar. Naufraga, se

 

salva a nado y toma tierra en el país de Liliput, donde es hecho prisionero e internado…

 

 Mi padre t enía una pequeña hacienda en Nottinghamshire. De cinco hijos, yo era el tercero. Me mandó al

 

Colegio Emanuel, de Cambridge, teniendo yo catorce años, y allí residí tres, seriamente aplicado a mis

 

estudios; pero como mi sostenimiento, aun siendo mi pensión muy corta, representaba una carga

 

demasiado grande para una tan reducida fortuna, entré de aprendiz con míster James Bates, eminente

 

cirujano de Londres, con quien estuve cuatro años, y con pequeñas cantidades que mi padre me enviaba de

 

vez en cuando fuí aprendiendo navegación y otras partes de las Matemáticas, útiles a quien ha de viajar,

 

pues siempre creí que, más tarde o más temprano, viajar sería mi suerte. Cuando dejé a míster Bates, volví

 

al lado de mi padre; allí, con su ayuda, la de mi tío Juan y la de algún otro pariente, conseguí cuarenta libras

 

y la promesa de treinta al año para mi sostenimiento en Leida. En este último punto estudié Física dos años

 

y siete meses, seguro de que me sería útil en largas travesías.

 

 Poco después de mi regreso de Leida, por recomendación de mi buen maestro míster Bates, me coloqué

 

de médico en el Swallow, barco mandado por el capitán Abraham Panell, con quien en tres años y medio

 

hice un viaje o dos a Oriente y varios a otros puntos. Al volver decidí establecerme en Londres, propósito en

 

que me animó míster Bates, mi maestro, por quien fuí recomendado a algunos clientes. Alquilé parte de una

 

casa pequeña en la Old Jewry; y como me aconsejasen tomar estado, me casé con mistress Mary Burton,

 

hija segunda de míster Edmund Burton, vendedor de medias de Newgate Street, y con ella recibí

 

cuatrocientas libras como dote.

 

 Pero como mi buen maestro Bates murió dos años después, y yo tenía pocos amigos, empezó a decaer

 

mi negocio; porque mi conciencia me impedía imitar la mala práctica de tantos y tantos entre mis colegas.

 

Así, consulté con mi mujer y con algún amigo, y determiné volverme al mar. Fui médico sucesivamente en

 

dos barcos y durante seis años hice varios viajes a las Indias Orientales y Occidentales, lo cual me permitió

 

aumentar algo mi fortuna. Empleaba mis horas de ocio en leer a los mejores autores antiguos y modernos, y

 

a este propósito siempre llevaba buen repuesto de libros conmigo; y cuando desembarcábamos, en

 

observar las costumbres e inclinaciones de los naturales, así como en aprender su lengua, para lo que me

 

daba gran facilidad la firmeza de mi memoria.

 

 El último de estos viajes no fue muy afortunado; me aburrí del mar y quise quedarme en casa con mi

 

mujer y demás familia. Me trasladé de la Old Jewry a Fatter Lane y de aquí a Wapping, esperando encontrar

 

clientela entre los marineros; pero no me salieron las cuentas. Llevaba tres años de aguardar que

 

cambiaran las cosas, cuando acepté un ventajoso ofrecimiento del capitán William Pritchard, patrón del

 

Antelope, que iba a emprender un viaje al mar del Sur. Nos hicimos a la mar en Bristol el 4 de mayo de

 

1699, y la travesía al principio fue muy próspera.

 

 No sería oportuno, por varias razones, molestar al lector con los detalles de nuestras avent uras en

 

aquellas aguas. Baste decirle que en la travesía a las Indias Orientales fuimos arrojados por una violenta

 

tempestad al noroeste de la tierra de Van Diemen. Según observaciones, nos encontrábamos a treinta

 

grados, dos minutos de latitud Sur. De nuestra tripulación murieron doce hombres, a causa del trabajo

 

excesivo y la mala alimentación, y el resto se encontraba en situación deplorable. El 15 de noviembre, que

 

es el principio del verano en aquellas regiones, los marineros columbraron entre la espesa niebla que

 

reinaba una roca a obra de medio cable de distancia del barco; pero el viento era tan fuerte, que no pudimos

 

evitar que nos arrastrase y estrellase contra ella al momento. Seis tripulantes, yo entre ellos, que habíamos

 

lanzado el bote a la mar, maniobramos para apartarnos del barco y de la roca. Remamos, según mi cálculo,

 

unas tres leguas, hasta que nos fue imposible seguir, exhaustos como estábamos ya por el esfuerzo

 

sostenido mientras estuvimos en el barco. Así, que nos entregamos a merced de las olas, y al cabo de una

 

media hora una violenta ráfaga del Norte volcó la barca. Lo que fuera de mis compañeros del bote, como de

 

 

 

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aquellos que se salvasen en la roca o de los que quedaran en el buque, nada puedo decir; pero supongo

 

que perecerían todos. En cuanto a mí, nadé a la ventura, empujado por viento y marea. A menudo alargaba

 

las piernas hacia abajo, sin encontrar fondo; pero cuando estaba casi agotado y me era imposible luchar

 

más, hice pie. Por entonces la tormenta había amainado mucho.

 

 E l declive era tan pequeño, que anduve cerca de una milla para llegar a la playa, lo que conseguí, según

 

mi cuenta, a eso de las ocho de la noche. Avancé después tierra adentro cerca de media milla, sin descubrir

 

señal alguna de casas ni habitantes; caso de haberlos, yo estaba en tan miserable condición que no podía

 

advertirlo. Me encontraba cansado en extremo, y con esto, más lo caluroso del tiempo y la media pinta de

 

aguardiente que me había bebido al abandonar el barco, sentí que me ganaba el sueño. Me tendí en la

 

hierba, que era muy corta y suave, y dormí más profundamente que recordaba haber dormido en mi vida, y

 

durante unas nueve horas, según pude ver, pues al despertarme amanecía. Intenté levantarme, pero no

 

pude moverme; me había echado de espaldas y me encontraba los brazos y las piernas fuertemente

 

amarrados a ambos lados del terreno, y mi cabello, largo y fuerte, atado del mismo modo. Asimismo, sentía

 

varias delgadas ligaduras que me cruzaban el cuerpo desde debajo de los brazos hasta los muslos. Soló

 

podía mirar hacia arriba; el sol empezaba a calentar y su luz me ofendía los ojos. Oía yo a mi alrededor un

 

ruido confuso; pero la postura en que yacía solamente me dejaba ver el cielo. Al poco tiempo sentí moverse

 

sobre mi pierna izquierda algo vivo, que, avanzando lentamente, me pasó sobre el pecho y me llegó casi

 

hasta la barbilla; forzando la mirada hacia abajo cuanto pude, advertí que se trataba de una criatura humana

 

cuya altura no llegaba a seis pulgadas, con arco y flecha en las manos y carcaj a la espalda. En tanto, sentí

 

que lo menos cuarenta de la misma especie, según mis conjeturas, seguían al primero. Estaba yo en

 

extremo asombrado, y rugí tan fuerte, que todos ellos huyeron hacia atrás con terror; algunos, según me

 

dijeron después, resultaron heridos de las caídas que sufrieron al saltar de mis costados a la arena. No

 

obstante, volvieron pronto, y uno de ellos, que se arriesgó hasta el punto de mirarme de lleno la cara,

 

levantando los brazos y los ojos con extremos de admiración, exclamó con una voz chillona, aunque bien

 

distinta: Hekinah degul. Los demás repitieron las mismas palabras varias veces; pero yo entonces no sabía

 

lo que querían decir. El lector me creerá si le digo que este rato fue para mí de gran molestia. Finalmente,

 

luchando por libertarme, tuve la fortuna de romper los cordeles y arrancar las estaquillas que me sujetaban

 

a tierra el brazo izquierdo -pues llevándomelo sobre la cara descubrí el arbitrio de que se habían valido para

 

atarme-, y al mismo tiempo, con un fuerte tirón que me produjo grandes dolores, aflojé algo las cuerdecillas

 

que me sujetaban los cabellos por el lado izquierdo, de modo que pude volver la cabeza unas dos pulgadas.

 

Pero aquellas criaturas huyeron otra vez antes de que yo pudiera atraparlas.

 

 Sucedi do esto, se produjo un enorme vocerío en tono agudísimo, y cuando hubo cesado, oí que uno

 

gritaba con gran fuerza: Tolpo phonac. Al instante sentí más de cien flechas descargadas contra mi mano

 

izquierda, que me pinchaban como otras tantas agujas; y además hicieron otra descarga al aire, al modo en

 

que en Europa lanzamos por elevación las bombas, de la cual muchas flechas me cayeron sobre el cuerpo -

 

por lo que supongo, aunque yo no las noté- y algunas en la cara, que yo me apresuré a cubrirme con la

 

mano izquierda. Cuando pasó este chaparrón de flechas oí lamentaciones de aflicción y sentimiento; y

 

hacía yo nuevos esfuerzos por desatarme, cuando me largaron otra andanada mayor que la primera, y

 

algunos, armados de lanzas, intentaron pincharme en los costados. Por fortuna, llevaba un chaleco de ante

 

que no pudieron atravesar.

 

 Juzgué el partido más prudente estarme quieto acostado; y era mi designio permanecer así hasta la

 

noche, cuando, con la mano izquierda ya desatada, podría libertarme fácilmente. En cuanto a los

 

habitantes, tenía razones para creer que yo sería suficiente adversario para el mayor ejército que pudieran

 

arrojar sobre mí, si todos ellos eran del tamaño de los que yo había visto. Pero la suerte dispuso de mí en

 

otro modo. Cuando la gente observó que me estaba quieto, ya no disparó más flechas; pero por el ruido que

 

oía conocí que la multitud había aumentado, y a unas cuatro yardas de mí, hacia mi oreja derecha, oí por

 

más de una hora un golpear como de gentes que trabajasen. Volviendo la cabeza en esta dirección tanto

 

cuanto me lo permitían las estaquillas y los cordeles, vi un tablado que levantaba de la tierra cosa de pie y

 

medio, capaz para sostener a cuatro de los naturales, con dos o tres escaleras de mano para subir; desde

 

allí, uno de ellos, que parecía persona de calidad, pronunció un largo discurso, del que yo no comprendí una

 

sílaba.

 

 Olvidaba consignar que esta persona principal, antes de comenzar su oración, exclamó tres veces:

 

Langro dehul san. (Estas palabras y las anteriores me fueron después repetidas y explicadas.)

 

Inmediatamente después, unos cincuenta moradores se llegaron a mí y cortaron las cuerdas que me

 

sujetaban al lado izquierdo de la cabeza, gracias a lo cual pude volverme a la derecha y observar la persona

 

y el ademán del que iba a hablar. Parecía el tal de mediana edad y más alto que cualquiera de los otros tres

 

que le acompañaban, de los cuales uno era un paje que le sostenía la cola, y aparentaba ser algo mayor

 

que mi dedo medio, y los otros dos estaban de pie, uno a cada lado, dándole asistencia. Accionaba como

 

un consumado orador y pude distinguir en su discurso muchos períodos de amenaza y otros de promesas,

 

piedad y cortesía. Yo contesté en pocas palabras, pero del modo más sumiso, alzando la mano izquierda, y

 

los ojos hacia el sol, como quien lo pone por testigo; y como estaba casi muerto de hambre, pues no había

 

probado bocado desde muchas horas antes de dejar el buque, sentí con tal rigor las demandas de la

 

Naturaleza, que no pude dejar de mostrar mi impaciencia -quizá contraviniendo las estrictas reglas del buen

 

tono -llevándome el dedo repetidamente a la boca para dar a entender que necesitaba alimento. El hurgo -

 

 

 

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así llaman ellos a los grandes señores, según supe después- me comprendió muy bien. Bajó del tablado y

 

ordenó que se apoyasen en mis costados varias escaleras; más de un centenar de habitantes subieron por

 

ellas y caminaron hacia mi boca cargados con cestas llenas de carne, que habían sido dispuestas y

 

enviadas allí por orden del rey a la primera seña que hice. Observé que era la carne de varios animales,

 

pero no pude distinguirlos por el gusto. Había brazuelos, piernas y lomos formados como los de carnero y

 

muy bien sazonados, pero más pequeños que alas de calandria. Yo me comía dos o tres de cada bocado y

 

me tomé de una vez tres panecillos aproximadamente del tamaño de balas de fusil. Me abastecían como

 

podían buenamente, dando mil muestra de asombro y maravilla por mi corpulencia y mi apetito. Hice luego

 

seña de que me diesen de beber. Por mi modo de comer juzgaron que no me bastaría una pequeña

 

cantidad, y como eran gentes ingeniosísimas, pusieron en pie con gran destreza uno de sus mayores

 

barriles y después lo rodaron hacia mi mano y le arrancaron la parte superior; me lo bebí de un trago, lo que

 

bien pude hacer, puesto que no contenía media pinta, y sabía como una especie de vinillo de Burgundy,

 

aunque mucho menos sabroso. Trajéronme un segundo barril, que me bebí de la misma manera, e hice

 

señas pidiendo más; pero no había ya ninguno que darme. Cuando hube realizado estos prodigios, dieron

 

gritos de alborozo y bailaron sobre mi pecho, repitiendo varias veces, como al principio hicieron: Hekinah

 

degul. Me dieron a entender que echase abajo los dos barriles, después de haber avisado a la gente que se

 

quitase de en medio gritándole: Borach mivola; y cuando vieron por el aire los toneles estalló un grito

 

general de: Hekinah degul. Confieso que a menudo estuve tentado, cuando andaban paseándoseme por el

 

cuerpo arriba y abajo, de agarrar a los primeros cuarenta o cincuenta que se me pusieran al alcance de la

 

mano y estrellarlos contra el suelo; pero el recuerdo de lo que había tenido que sufrir, y que probablemente

 

no era lo peor que de ellos se podía temer, y la promesa que por mi honor les había hecho -pues así

 

interpretaba yo mismo mi sumisa conducta-, disiparon pronto esas ideas. Además, ya entonces me

 

consideraba obligado por las leyes de la hospitalidad a una gente que me había tratado con tal esplendidez

 

y magnificencia. No obstante, para mis adentros no acababa de maravillarme de la intrepidez de estos

 

diminutos mortales que osaban subirse y pasearse por mi cuerpo teniendo yo una mano libre, sin temblar

 

solamente a la vista de una criatura tan desmesurada como yo debía de parecerles a ellos. Después de

 

algún tiempo, cuando observaron que ya no pedía más de comer, se presentó ante mí una persona de alto

 

rango en nombre de Su Majestad Imperial. Su Excelencia, que había subido por la canilla de mi pierna

 

derecha, se me adelantó hasta la cara con una docena de su comitiva, y sacando sus credenciales con el

 

sello real, que me acercó mucho a los ojos, habló durante diez minutos sin señales de enfado, pero con

 

tono de firme resolución. Frecuentemente, apuntaba hacia adelante, o sea, según luego supe, hacia la

 

capital, adonde Su Majestad, en consejo, había decidido que se me condujese. Contesté con algunas

 

palabras, que de nada sirvieron, y con la mano desatada hice seña indicando la otra -claro que por encima

 

de la cabeza de Su Excelencia, ante el temor de hacerle daño a él o a su séquito-, y luego la cabeza y el

 

cuerpo, para dar a entender que deseaba la libertad. Parece que él me comprendió bastante bien, porque

 

movió la cabeza a modo de desaprobación y colocó la mano en posición que me descubría que había de

 

llevárseme como prisionero. No obstante, añadió otras señas para hacerme comprender que se me daría de

 

comer y beber en cantidad suficiente y buen trato. Con esto intenté una vez más romper mis ligaduras; pero

 

cuando volví a sentir el escozor de las flechas en la cara y en las manos, que tenía llenas de ampollas,

 

sobre las que iban a clavarse nuevos dardos, y también cuando observé que el número de mis enemigos

 

había crecido, hice demostraciones de que podían disponer de mí a su talante. Entonces el hurgo y su

 

acompañamiento se apartaron con mucha cortesía y placentero continente. Poco después oí una gritería

 

general, en que se repetían frecuentemente las palabras Peplom Selan y noté que a mi izquierda

 

numerosos grupos aflojaban los cordeles, a tal punto que pude volverme hacia la derecha. Antes me habían

 

untado la cara y las dos manos con una especie de ungüento de olor muy agradable y que en pocos

 

minutos me quitó por completo el escozor causado por las flechas. Estas circunstancias, unidas al refresco

 

de que me habían servido las viandas y la bebida, que eran muy nutritivas, me predispusieron al sueño.

 

Dormí unas ocho horas, según me aseguraron después; y no es de extrañar, porque los médicos, de orden

 

del emperador, habían echado una poción narcótica en los toneles de vino.

 

 A lo que parece, en el mismo momento en que me encontraron durmiendo en el suelo, después de haber

 

llegado a tierra, se había enviado rápidamente noticia con un propio al emperador, y éste determinó en

 

consejo que yo fuese atado en el modo que he referido -lo que fue realizado por la noche, mientras yo

 

dormía-, que se me enviase carne y bebida en abundancia y que se preparase una máquina para llevarme a

 

la capital.

 

 Esta resolución quizá parezca temeraria, y estoy cierto de que no sería imitada por ningún príncipe de

 

Europa en caso análogo; sin embargo, a mi juicio, era en extremo prudente, al mismo tiempo que generosa.

 

Suponiendo que esta gente se hubiera arrojado a matarme con sus lanzas y sus flechas mientras dormía,

 

yo me hubiese despertado seguramente a la primera sensación de escozor, sensación que podía haber

 

excitado mi cólera y mi fuerza hasta el punto de hacerme capaz de romper los cordeles con que estaba

 

sujeto, después de lo cual, e impotentes ellos para resistir, no hubiesen podido esperar merced.

 

 Estas gentes son excelentísimos matemáticos, y han llegado a una gran perfección en las artes

 

mecánicas con el amparo y el estímulo del emperador, que es un famoso protector de la ciencia. Este

 

príncipe tiene varias máquinas montadas sobre ruedas para el transporte de árboles y otros grandes pesos.

 

Muchas veces construye sus mayores buques de guerra, de los cuales algunos tienen hasta nueve pies de

 

 

 

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largo, en los mismos bosques donde se producen las maderas, y luego los hace llevar en estos ingenios

 

tres o cuatrocientas yardas, hasta el mar. Quinientos carpinteros e ingenieros se pusieron inmediatamente a

 

la obra para disponerla mayor de las máquinas hasta entonces construida. Consistía en un tablero

 

levantado tres pulgadas del suelo, de unos siete pies de largo y cuatro de ancho, y que se movía sobre

 

veintidós ruedas. Los gritos que oí eran ocasionados por la llegada de esta máquina, que, según parece,

 

emprendió la marcha cuatro horas después de haber pisado yo tierra. La colocaron paralela a mí; pero la

 

principal dificultad era alzarme y colocarme en este vehículo. Ochenta vigas, de un pie de alto cada una,

 

fueron erigidas para este fin, y cuerdas muy fuertes, del grueso de bramantes, fueron sujetas con garfios a

 

numerosas fajas con que los trabajadores me habían rodeado el cuello, las manos, el cuerpo y las piernas.

 

Novecientos hombres de los más robustos tiraron de estas cuerdas por medio de poleas fijadas en las

 

vigas, y así, en menos de tres horas, fui levantado, puesto sobre la máquina y en ella atado fuertemente.

 

Todo esto me lo contaron, porque mientras se hizo esta operación yacía yo en profundo sueño, debido a la

 

fuerza de aquel medicamento soporífero echado en el vino. Mil quinientos de los mayores caballos del

 

emperador, altos, de cuatro pulgadas y media, se emplearon para llevarme hacia la metrópolis, que, como

 

ya he dicho, estaba a media milla de distancia.

 

 Hacía unas cuatro horas que habíamos empezado nuestro viaje, cuando vino a despertarme un

 

accidente ridículo. Habiéndose detenido el carro un rato para reparar no sé qué avería, dos o tres jóvenes

 

naturales tuvieron la curiosidad de recrearse en mi aspecto durante el sueño; se subieron a la máquina y

 

avanzaron muy sigilosamente hasta mi cara. Uno de ellos, oficial de la guardia, me metió la punta de su

 

chuzo por la ventana izquierda de la nariz hasta buena altura, el cual me cosquilleó como una paja y me

 

hizo estornudar violentamente. En seguida se escabulleron sin ser descubiertos, y hasta tres semanas

 

después no conocí yo la causa de haberme despertado tan de repente.

 

 Hicimos una larga marcha en lo que quedaba del día y descansé por la noche, con quinientos guardias a

 

cada lado, la mitad con antorchas y la otra mitad con arcos y flechas, dispuestos a asaetearme si se me

 

ocurría moverme. A la mañana, siguiente, al salir el sol, seguimos nuestra marcha, y hacia el mediodía

 

estábamos a doscientas yardas de las puertas de la ciudad. El emperador y toda su corte nos salieron al

 

encuentro; pero los altos funcionarios no quisieron de ninguna manera consentir que Su Majestad pusiera

 

en peligro su persona subiéndose sobre mi cuerpo.

 

 En el sitio donde se paró el carruaje había un templo antiguo, tenido por el más grande de todo el reino,

 

y que, mancillado algunos años hacía por un bárbaro asesinato cometido en él, fue, según cumplía al celo

 

religioso de aquellas gentes, cerrado como profano. Se destinaba desde entonces a usos comunes, y se

 

habían sacado de él todos los ornamentos y todo el moblaje. En este edificio se había dispuesto que yo me

 

alojara. La gran puerta que daba al Norte tenía cuatro pies de alta y cerca de dos de ancha. Así que yo

 

podía deslizarme por ella fácilmente. A cada lado de la puerta había una ventanita, a no más que seis

 

pulgadas del suelo. Por la de la izquierda, el herrero del rey pasó noventa y una cadenas como las que

 

llevan las señoras en Europa para el reloj, y casi tan grandes, las cuales me ciñeron a la pierna izquierda,

 

cerradas con treinta y seis candados. Frente a este templo, al otro lado de la gran carretera, a veinte pies de

 

distancia, había una torrecilla de lo menos cinco pies de alta. A ella subió el emperador con muchos

 

principales caballeros de su corte para aprovechar la oportunidad de verme, según me contaron, porque yo

 

no los distinguía a ellos. Se advirtió que más de cien mil habitantes salían de la ciudad con el mismo

 

proyecto, y, a pesar de mis guardias, seguramente no fueron menos de diez mil los que en varias veces

 

subieron a mi cuerpo con ayuda de escaleras de mano. Pero pronto se publicó un edicto prohibiéndolo bajo

 

pena de muerte.

 

 Cuando los trabajadores creyeron que ya me sería imposible desencadenarme, cortaron todas las

 

cuerdas que me ligaban, y acto seguido me levanté en el estado más melancólico en que en mi vida me

 

había encontrado. El ruido y el asombro de la gente al verme levantar y andar no pueden describirse. Las

 

cadenas que me sujetaban la pierna izquierda eran de unas dos yardas de largo, y no sólo me dejaban

 

libertad para andar hacia atrás y hacia adelante en semicírculo, sino que también, como estaban fijas a

 

cuatro pulgadas de la puerta, me permitían entrar por ella deslizándome y tumbarme a la larga en el templo.

 

Capítulo II

 

El emperador de Liliput, acompañado de gentes de la nobleza, acude a ver al autor en su prisión. -

 

Descripción de la persona y el traje del emperador.- Se designan hombres de letras para que enseñen el

 

idioma del país al autor.- Éste se gana el favor por su condición apacible.- Le registran los bolsillos y le

 

quitan la espada y las pistolas.

 

 Cuando me vi de pie miré a mi al rededor, y debo confesar que nunca se me ofreció más curiosa

 

perspectiva. La tierra que me rodeaba parecía toda ella un jardín, y los campos, cercados, que tenían por

 

regla general cuarenta pies en cuadro cada uno, se asemejaban a otros tantos macizos de flores.

 

Alternaban con estos campos bosques como de media pértica; los árboles más altos calculé que levantarían

 

unos siete pies. A mi izquierda descubrí la población, que parecía una decoración de ciudad de un teatro.

 

 

 

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 Ya había descendido el emperador de la torre y avanzaba a caballo hacia mí; lo que estuvo a punto de

 

costarle caro, porque la caballería, que, aunque perfectamente amaestrada, no tenía en ningún modo

 

costumbre de ver lo que debió de parecerle como si se moviese ante ella una montaña, se encabritó; pero el

 

príncipe, que es jinete excelente, se mantuvo en la silla, mientras acudían presurosos sus servidores y

 

tomaban la brida para que pudiera apearse Su Majestad. Cuando se hubo bajado me inspeccionó por todo

 

alrededor con gran admiración, pero guardando distancia del alcance de mi cadena. Ordenó a sus cocineros

 

y despenseros, ya preparados, que me diesen de comer y beber, como lo hicieron adelantando las viandas

 

en una especie de vehículos de ruedas hasta que pude cogerlos. Tomé estos vehículos, que pronto

 

estuvieron vaciados; veinte estaban llenos de carne y diez de licor. Cada uno de los primeros me sirvió de

 

dos o tres buenos bocados, y vertí el licor de diez envases -estaba en unas redomas de barro- dentro de un

 

vehículo, y me lo bebí de un trago, y así con los demás. La emperatriz y los jóvenes príncipes de la sangre

 

de uno y otro sexo, acompañados de muchas damas, estaban a alguna distancia, sentados en sus sillas de

 

manos; pero cuando le ocurrió al emperador el accidente con su caballo descendieron y vinieron al lado de

 

su augusta persona, de la cual quiero en este punto hacer la prosopografía. Es casi el ancho de mi uña más

 

alto que todos los de su corte, y esto por sí solo es suficiente para infundir pavor a los que le miran. Sus

 

facciones son firmes y masculinas; de labio austríaco y nariz acaballada; su color, aceitunado; su

 

continente, derecho; su cuerpo y sus miembros, bien proporcionados; sus movimientos, graciosos, y

 

majestuoso su porte. No era joven ya, pues tenía veintiocho años y tres cuartos, de los cuales había reinado

 

alrededor de siete con toda felicidad y por lo general victorioso. Para considerarle mejor, me eché de lado,

 

de modo que mi cara estuviese paralela a la suya, mientras él se mantenía a no más que tres yardas de

 

distancia; pero como después lo he tenido en la mano muchas veces, no puedo engañarme en su

 

descripción. Su traje era muy liso y sencillo, y hecho entre la moda asiática y la europea; pero llevaba en la

 

cabeza un ligero yelmo de oro adornado de joyas y con una pluma en la cresta. Tenía en la mano la espada

 

desenvainada para defenderse si acaso yo viniera a escaparme; la espada era de unas tres pulgadas de

 

largo, y la guarnición y la vaina eran de oro, avalorado con diamantes. Su voz era aguda, pero muy clara y

 

articulada; yo no podía oírla estando de pie. Las damas y los cortesanos vestían con la mayor

 

magnificencia; tanto, que el espacio en que se encontraban podía compararse a un guardapiés bordado de

 

figuras de oro y plata que se hubiera extendido en el suelo. Su Majestad Imperial me hablaba con

 

frecuencia, y yo le respondía; pero ni uno ni otro entendíamos palabra.

 

 Estaban presentes varios sacerdotes y letrados -por lo que yo colegí de sus vestidos-, a quienes se

 

encargó que se dirigiesen a mí. Yo les hablé en todos los idiomas de que tenía algún conocimiento, tales

 

como alto y bajo alemán, latín, francés, español, italiano y lengua franca; pero de nada sirvió. Después de

 

unas dos horas se retiró la corte y me dejaron con una fuerte guardia, para evitar la impertinencia y

 

probablemente la malignidad de la plebe, que se apiñaba muy impaciente a mi alrededor todo lo cerca que

 

su temor le permitía, y entre la cual no faltó quien tuviera la desvergüenza de dispararme flechas estando yo

 

sentado en el suelo junto a la puerta de mi casa. Con una de ellas estuvo en nada que me atinase al ojo

 

izquierdo. Entonces el coronel hizo coger a seis de los cabecillas, y pensó que ningún castigo sería tan

 

apropiado como entregarlos atados en mis manos, lo que ejecutaron, en efecto, algunos de sus soldados,

 

empujándolos con los extremos de las picas hasta que estuvieron a mi alcance. Los cogí a todos en la

 

mano derecha, me metí cinco en el bolsillo de la casaca, y en cuanto al sexto hice como si fuese a

 

comérmelo vivo. El pobre hombre gritó despavorido, y el coronel y sus oficiales mostraron gran disgusto,

 

especialmente cuando me vieron sacar mi cortaplumas; pero pronto les tranquilicé, pues mirando

 

amablemente y cortando en seguida las cuerdas con que el hombre estaba atado, lo dejé suavemente en el

 

suelo, donde él al punto echó a correr. Hice lo mismo con los otros, sacándolos del bolsillo uno por uno, y

 

observé que tanto los soldados como el pueblo se consideraron muy obligados por este rasgo de clemencia,

 

que se refirió en la corte muy en provecho mío.

 

 Llegada la noche encontré algo incómoda mi casa, donde tenía que echarme en el suelo, y así tuve que

 

seguir un par de semanas; en este tiempo el emperador dio orden de que se hiciese una cama para mí. Se

 

llevaron a mi casa y se armaron seiscientas camas de la medida corriente. Ciento cincuenta de estas

 

camas, unidas unas con otras, daban el ancho y el largo; a cada una se superpusieron tres más, y, sin

 

embargo, puede creerme el lector si le digo que no me preocupaba en absoluto la idea de caerme al suelo,

 

que era de piedra pulimentada. Según el mismo cálculo se me proporcionaron sábanas, mantas y colchas,

 

bastante buenas para quien de tanto tiempo estaba hecho a penalidades.

 

 La noticia de mi llegada, conforme fue exte ndiéndose por el reino, atrajo a verme número tan enorme de

 

personas ricas, desocupadas y curiosas, que las poblaciones quedaron casi vacías; y se hubiera llegado a

 

un gran descuido en la labranza y en los asuntos domésticos si Su Majestad Imperial no hubiese proveído

 

por diversos edictos y decretos de gobierno contra esta dificultad. Dispuso que los que ya me hubiesen visto

 

se volviesen a sus casas y que nadie se acercase a la mía en un radio de cincuenta yardas sin permiso de

 

la corte, con lo cual obtuvieron los secretarios de Estados considerables emolumentos.

 

 En tanto, el emperador celebraba frecuentes consejos para discutir qué partido había de tomarse

 

conmigo, y después me aseguró un amigo particular -persona de gran calidad que estaba, según fama,

 

tanto como el que más, en los secretos de Estado- que la corte tenía numerosas preocupaciones respecto

 

de mí. Temían que me libertase, que mi dieta, demasiado costosa, fuera causa de carestías. Algunas veces

 

determinaron matarme de hambre, o, por lo menos, dispararme a la cara y a las manos flechas

 

 

 

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envenenadas que me despacharían pronto; pero luego consideraban que el hedor de un tan gran cuerpo

 

muerto podía desatar una peste en la metrópoli y probablemente extenderla a todo el reino. En medio de

 

estas consultas, varios oficiales del ejército llegaron a la puerta de la gran Cámara del Consejo, y dos de

 

ellos, que fueron admitidos, dieron cuenta de mi conducta con los seis criminales antes mencionados,

 

conducta que produjo impresión tan favorable para mí en el corazón de Su Majestad y en el de toda la

 

Junta, que se despachó una comisión imperial para obligar a todos los pueblos situados dentro de un radio

 

de novecientas yardas en torno de la ciudad a entregar todas las mañanas seis bueyes, cuarenta carneros y

 

otras vituallas para mi manutención, junto con una cantidad proporcionada de pan, de vino y de otros

 

licores. En pago de todo ello, Su Majestad entregaba asignados contra su tesoro; porque sépase que este

 

príncipe vive especialmente de su fortuna personal y sólo rara vez, en grandes ocasiones, levanta subsidios

 

entre sus vasallos, que están obligados a auxiliarle en las guerras a expensas de sí propios. Se dictó

 

también un estatuto para que se pusieran a mi servicio seiscientas personas, que disfrutaban dietas para su

 

mantenimiento y pabellones convenientemente edificados para ellas a ambos lados de mi puerta. Asimismo

 

se ordenó que trescientos sastres me hiciesen un traje a la moda del país; que seis de los más eminentes

 

sabios de Su Majestad me instruyesen en su lengua, y, por último, que a los caballos del emperador y a los

 

de la nobleza y tropas de guardia se los llevase a menudo a verme para que se acostumbrasen a mí. Todas

 

estas disposiciones fueron debidamente cumplidas, y en tres semanas hice grandes progresos en el estudio

 

del idioma, tiempo durante el cual el emperador me honraba frecuentemente con sus visitas y se dignaba

 

auxiliar a mis maestros en la enseñanza. Ya empezamos a conversar en cierto modo, y las primeras

 

palabras que aprendí fueron para expresar mi deseo de que se sirviese concederme la libertad, lo que todos

 

los días repetía puesto de rodillas. Su respuesta, por lo que pude comprender, era que el tiempo lo traería

 

todo, que no podía pensar en tal cosa sin asistencia de su Consejo, y que antes debía yo Lumos Kelmin

 

peffo defmar lon Emposo: esto es, jurar la paz con él y con su reino. No obstante, yo sería tratado con toda

 

amabilidad; y me aconsejaba conquistar, con mi paciencia y mi conducta comedida, el buen concepto de él

 

y de sus súbditos. Me pidió que no tomase a mal que diese orden a ciertos correctos funcionarios de que

 

me registrasen, porque suponía él que llevaría yo conmigo varias armas que por fuerza habían de ser cosas

 

peligrosísimas si correspondían a la corpulencia de persona tan prodigiosa. Dije que Su Majestad sería

 

satisfecho, porque estaba dispuesto a desnudarme y a volver las faltriqueras delante de él. Esto lo

 

manifesté, parte de palabra, parte por señas. Replicó él que, de acuerdo con las leyes del reino, debían

 

registrarme dos funcionarios; y aunque él sabia que esto no podría hacerse sin mi consentimiento y ayuda,

 

tenía tan buena opinión de mi generosidad y de mi justicia que confiaba en mis manos las personas de sus

 

funcionarios añadiendo que cualquier cosa que me fuese tomada me sería devuelta cuando saliera del país

 

o pagada al precio que yo quisiera ponerle. Tomé a los funcionarios en mis manos y los puse primeramente

 

en los bolsillos de la casaca y luego en todos los demás que el traje llevaba, excepto los dos de la pretina y

 

un bolsillo secreto que no quise que me registrasen y en que guardaba yo alguna cosilla de mi uso que a

 

nadie podía interesar sino a mí. Por lo que hace a los bolsillos de la pretina, en uno llevaba un reloj de plata,

 

y en el otro una pequeña cantidad de oro en una bolsa. Aquellos caballeros, provistos de pluma, tinta y

 

papel, hicieron un exacto inventario de cuanto vieron, y cuando hubieron terminado me pidieron que los

 

bajase para ir a entregárselo al emperador. Este inventario, vertido por mí más tarde dice literalmente como

 

sigue:

 

 « Imprimis . En el bolsillo derecho de la casaca del «Gran-Hombre-Montaña» (así traduzco Quinbus

 

Flestrin), después del más detenido registro, encontramos sólo una gran pieza de tela ordinaria, de bastante

 

tamaño para servir de alfombra en la gran sala del trono de Vuestra Majestad. En el bolsillo izquierdo vimos

 

una enorme arca de plata, con tapa del mismo metal, que nosotros los comisionados no pudimos alzar.

 

Expresamos nuestro deseo de que fuese abierta, y uno de nosotros se metió en ella, y se encontró hasta

 

media pierna en una especie de polvo, parte del cual nos voló a la cara y nos obligó a estornudar varias

 

veces a los dos. En el bolsillo derecho del chaleco encontramos un enorme envoltorio de objetos blancos,

 

delgados, doblados unos sobre otros, del grandor aproximado de tres hombres, atado con un fuerte cable y

 

marcado con cifras negras, que nosotros, con todos los respetos, suponemos que son escrituras, de letras

 

casi como la mitad de nuestra palma de la mano cada una. En el izquierdo había una especie de artefacto,

 

del dorso del cual se elevaban veinte largas pértigas -algo así como la estacada que hay ante el palacio de

 

Vuestra Majestad-, y con lo cual conjeturamos que el Hombre-Montaña se peina la cabeza, pues no siempre

 

nos decidimos a molestarle con preguntas, a causa de las grandes dificultades que encontrábamos para

 

hacernos comprender de él. En el gran bolsillo del lado derecho de su cubierta media -así traduzco la

 

palabra Ranfu-lo, con que designaban mis calzones- vimos una columna de hierro hueca, de la altura de un

 

hombre, sujeta a un sólido trozo de viga mayor que la columna; de un lado de ésta salían enormes pedazos

 

de hierro, de formas extrañas, que no sabemos para qué puedan servir. En el bolsillo izquierdo, otra

 

máquina de la misma clase. En el bolsillo más pequeño del lado derecho había varios trozos redondos y

 

planos de metal blanco y rojo, de tamaños diferentes; algunos de los trozos blancos, que parecían ser de

 

plata, eran tan grandes y pesados que apenas pudimos levantarlos entre los dos. En el bolsillo izquierdo

 

había dos columnas negras de forma irregular; con dificultad alcanzábamos a su extremo superior desde el

 

fondo del bolsillo. Una de ellas estaba tapada y parecía toda de una pieza; pero en la parte alta de la otra

 

aparecía un objeto redondo, blanco, dos veces como nuestra cabeza de grande, aproximadamente. Dentro

 

de cada uno había cerradas la presión de su vientre. Del de la derecha minado por nuestras órdenes, tuvo

 

 

 

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que enseñarnos el Gran-Hombre-Montaña, pues sospechábamos que pudieran ser máquinas peligrosas.

 

Las sacó de sus cajas y nos dijo que en su país tenía por costumbre afeitarse la barba con una de ellas y

 

cortar la carne con la otra. Había dos bolsillos en que no pudimos entrar: los llamaba él sus bolsillos de

 

pretina, y eran dos grandes rajas abiertas en la parte superior de su media cubierta, pero que mantenía

 

cerradas la presión de su vientre. Del de la derecha colgaba una gran cadena de plata, con una

 

extraordinaria suerte de máquina al extremo. Le ordenamos sacar lo que hubiese sujeto a esta cadena, que

 

resultó ser una esfera la mitad de plata y la otra mitad de un metal transparente, porque en el lado

 

transparente vimos ciertas extrañas cifras, dibujadas en circunferencia, y que creímos poder tocar, hasta

 

que notamos que nos detenía los dedos aquella substancia diáfana. Nos acercó a los oídos este aparato,

 

que producía un ruido incesante, como el de una aceña. Imaginamos que es, o algún animal desconocido, o

 

el dios que él adora; aunque nos inclinamos a la última opinión, porque nos aseguró -si es que no le

 

entendimos mal, ya que se expresaba muy imperfectamente- que rara vez hacía nada sin consultarlo. Le

 

llamaba su oráculo, y dijo que señalaba cuándo era tiempo para todas las acciones de su vida. De la

 

faltriquera izquierda sacó una red que casi bastaría a un pescador, pero dispuesta para abrirse y cerrarse

 

como una bolsa, y de que se servía justamente para este uso. Dentro encontramos varios pesados trozos

 

de metal amarillo, que, si son efectivamente de oro, deben tener incalculable valor.

 

 »Una vez que así hubimos, obedeciendo las órdenes de Vuestra Majestad, registrado diligentemente

 

todos sus bolsillos, observamos alrededor de su cintura una pretina hecha de la piel de algún gigantesco

 

animal, de la cual pretina, por el lado izquierdo, colgaba una espada del largo de cinco hombres, y por el

 

derecho, un talego o bolsa, dividido en dos cavidades, capaz cada una de ellas para tres súbditos de

 

Vuestra Majestad. En una de estas cavidades había varias esferas o bolas de un metal pesadísimo, del

 

tamaño de nuestra cabeza aproximadamente, y para levantar las cuales hacía falta buen brazo. La otra

 

cavidad contenía un montón de ciertos granos negros, no de gran tamaño ni peso, pues pudimos tener más

 

de cincuenta en la palma de la mano.

 

 »Esto es exacto inventario de lo que encontramos sobre el cuerpo del Hombre-Montaña, quien se

 

comportó con nosotros muy correctamente y con el respeto debido a la comisión de Vuestra Majestad.

 

Firmado y sellado en el cuarto día de la octogésimanovena luna del próspero reinado de Vuestra Majestad. -

 

Clefrin Frelock, Marsi Frelock.»

 

 El emperador, cuando le fue leído este inventario, me ordenó, aunque en términos muy amables, que

 

entregase los distintos objetos que en él se mencionaban. Me pidió primero la cimitarra, que me quité con

 

vaina y todo. Mientras tanto, mandó que tres mil hombres de sus tropas escogidas -que estaban dándole

 

escolta- me rodeasen a cierta distancia, con arcos y flechas en disposición de disparar; pero no me di

 

cuenta de ello porque tenía mi vista totalmente fija en Su Majestad.

 

 Después mostró su deseo de que desenvainase la cimitarra, la cual, aunque algo enmohecida por el

 

agua del mar, estaba en su mayor parte en extremo reluciente. Lo hice así, e inmediatamente todas las

 

tropas lanzaron un grito entre de terror y sorpresa, pues al sol brillaba con fuerza, y les deslumbró el reflejo

 

que se producía al flamear yo la cimitarra de un lado para otro. Su Majestad, que es un príncipe por demás

 

animoso, se intimidó mucho menos de lo que yo podía esperar; me ordenó volverla a la vaina y arrojarla al

 

suelo lo más suavemente que pudiese, a unos seis pies de distancia del extremo de mi cadena. Pidió

 

después una de las columnas huecas de hierro, como llamaban a mis pistoletes. Lo saqué, y, conforme a su

 

deseo, le expliqué como pude para qué servía; y cargándolo sólo con pólvora, la cual, gracias a lo bien

 

cerrado de mi bolsa, se libró de mojarse en el mar -percance contra el cual tiene buen ciudado de

 

precaverse todo marinero avisado-, advertí primero al emperador que no se asustara y luego tiré al aire.

 

Aquí el asombro fue mucho mayor que a la vista de la cimitarra. Cientos de hombres cayeron como muertos

 

de repente, y hasta el emperador, aunque no cedió el terreno, no pudo recobrarse en un rato. Entregué los

 

dos pistoletes del mismo modo que había entregado la cimitarra, y luego la bolsa de la pólvora y las balas,

 

previniéndole que pusiese aquélla lejos del fuego, pues con la más pequeña chispa podía inflamarse y

 

hacer volar por los aires su palacio imperial. De la misma manera entregué mi reloj, al que el emperador

 

tuvo tan gran curiosidad por ver, que mandó a dos de los más corpulentos soldados de su guardia que lo

 

sostuvieran sobre un madero en los hombros, como hacen en Inglaterra los carreteros con los barriles de

 

cerveza. Se asombró del continuo ruido que hacía y del movímiento del minutero, que él podía fácilmente

 

percibir -porque la vista de ellos es mucho más perspicaz que la nuestra-, y requirió la opinión de algunos

 

de sus sabios que tenía próximos, opiniones que fueron varias y apartadas, como el lector puede bien

 

imaginar sin que yo se las repita, aunque, desde luego, no pude entenderlas muy perfectamente. Luego

 

entregué las monedas de plata y de cobre, la bolsa, con nueve piezas grandes de oro y algunas más

 

pequeñas; el cuchillo y la navaja de afeitar; el peine, la tabaquera, el pañuelo y el libro diario. La cimitarra,

 

los pistoletes y la bolsa de la carga fueron llevados en carro a los almacenes de Su Majestad; pero las

 

demás cosas me fueron devueltas.

 

 Tenía yo, como antes indiqué, un bolsillo secreto que escapó del registro, donde guardaba unos lentes -

 

que algunas veces usaba por debilidad de la vista-, un anteojo de bolsillo y otros cuantos útiles que, no

 

importando para nada al emperador, no me creí en conciencia obligado a descubrir, y que temía que me

 

rompiesen o estropeasen si me arriesgaba a soltarlos.

 

 

 

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Capítulo III

 

El autor divierte al emperador y a su nobleza de ambos sexos de modo muy extraordinario. -Descripción de

 

las diversiones de la corte de Liliput. -El autor obtiene su libertad bajo ciertas condiciones.

 

 Mi dulzura y buen comportamiento habían influído tanto en el emperador y su corte, y sin duda en el

 

ejército y el pueblo en general, que empecé a concebir esperanzas de lograr mi libertad en plazo breve.Yo

 

recurría a todos los métodos para cultivar esta favorable disposición. Gradualmente, los naturales fueron

 

dejando de temer daño alguno de mí. A veces me tumbaba y dejaba que cinco o seis bailasen en mi mano,

 

y, por último, los chicos y las chicas se arriesgaron a jugar al escondite entre mi cabello. A la sazón había

 

progresado bastante en el conocimiento y habla de su lengua. Un día quiso el rey obsequiarme con algunos

 

espectáculos del país, en los cuales, por la destreza y magnificencia, aventajan a todas las naciones que

 

conozco. Ninguno me divirtió tanto como el de los volatineros, ejecutado sobre un finísimo hilo blanco

 

tendido en una longitud aproximada de dos pies y a doce pulgadas del suelo. Y acerca de él quiero,

 

contando con la paciencia del lector, extenderme un poco.

 

 Esta diversión es solamente practicada por aquellas personas que son candidatos a altos empleos y al

 

gran favor de la corte. Se les adiestra en este arte desde su juventud y no siempre son de noble cuna y

 

educación elevada. Cuando hay vacante un alto puesto, bien sea por fallecimiento o por ignominia -lo cual

 

acontece a menudo-, cinco o seis de estos candidatos solicitan del emperador permiso para divertir a Su

 

Majestad y a la corte con un baile de cuerda, y aquel que salta hasta mayor altura sin caerse se lleva el

 

empleo. Muy frecuentemente se manda a los ministros principales que muestren su habilidad y convenzan

 

al emperador de que no han perdido sus facultades. Flimnap, el tesorero, es fama que hace una cabriola en

 

la cuerda tirante por lo menos una pulgada más alta que cualquier señor del imperio. Yo le he visto dar el

 

salto mortal varias veces seguidas sobre un plato trinchero, sujeto a la cuerda, no más gorda que un

 

bramante usual de Inglaterra. Mi amigo Reldresal, secretario principal de Negocios Privados, es, en opinión

 

mía -y no quisiera dejarme llevar de parcialidades-, el que sigue al tesorero. El resto de los altos empleados

 

se van allá unos con otros.

 

 Estas distr acciones van a menudo acompañadas de accidentes funestos, muchos de los cuales dejan

 

memoria. Yo mismo he visto romperse miembros a dos o tres candidatos. Pero el peligro es mucho mayor

 

cuando se ordena a los ministros que muestren su destreza, pues en la pugna por excederse a sí mismos y

 

exceder a sus compañeros llevan su esfuerzo a tal punto, que apenas existe uno que no haya tenido una

 

caída, y varios han tenido dos o tres. Me aseguraron que un año o dos antes de mi llegada, Flimnap se

 

hubiera desnucado infaliblemente si uno de los cojines del rey, que casualmente estaba en el suelo, no

 

hubiese amortiguado la fuerza de su caída.

 

 Hay también otra distracción que sólo se celebra ante el emperador y la emperatriz y el primer ministro,

 

en ocasiones especiales. El emperador pone sobre la mesa tres bonitas hebras de seda de seis pulgadas

 

de largo: una es azul, otra roja y la tercera verde. Estas hebras representan los premios que aquellas

 

personas a quienes el emperador tiene voluntad de distinguir con una muestra particular de su favor. La

 

ceremonia se verifica en la gran sala del trono de Su Majestad, donde los candidatos han de sufrir una

 

prueba de destreza muy diferente de la anterior, y a la cual no he encontrado parecido en otro ningún país

 

del viejo ni del nuevo mundo. El emperador sostiene en sus manos una varilla por los extremos, en posición

 

horizontal, mientras los candidatos, que se destacan uno a uno, a veces saltan por encima de la varilla y a

 

veces se arrastran serpenteando por debajo de ella hacia adelante y hacia atrás repetidas veces, según que

 

la varilla avanza o retrocede. En algunas ocasiones el emperador tiene un extremo de la varilla y el otro su

 

primer ministro; en otras, el ministro la tiene solo.

 

 Aquel que ejecuta su trabajo con más agilidad y resiste más saltando y arrastrándose es recompensado

 

con la seda de color azul; la roja se da al siguiente, y la verde al tercero, y ellos la llevan rodeándosela dos

 

veces por la mitad del cuerpo. Se ven muy pocas personas de importancia en la corte que no vayan

 

adornadas con un ceñidor de esta índole.

 

 Los caballos del ejército y los de las caballerizas reales, como los habían llevado ante mí diariamente, ya

 

no se espantaban y podían llegar hasta mis mismos pies sin dar corcovos. Los jinetes los hacían saltar mi

 

mano cuando yo la ponía en el suelo, Y uno de los monteros del emperador, sobre un corcel de gran

 

alzada, pasó mi pie con zapato y todo, lo que fue, a no dudar, un formidable salto.

 

 Un día tuve la buena fortuna de divertir al emperador por un procedimiento curioso. Le pedí que me

 

hiciese llevar varios palitos de dos pies de altura y del grueso de un bastón corriente; inmediatamente Su

 

Majestad ordenó al director de sus bosques que dictase las disposiciones oportunas, y a la mañana

 

siguiente llegaron seis guardas con otros tantos carros, tirados por ocho caballos cada uno. Tomé nueve de

 

estos palitos y los clavé firmemente en el suelo, en figura rectangular, de dos pies y medio en cuadrado;

 

cogí otros cuatro palitos y los até horizontalmente a los cuatro ángulos, a unos dos pies del suelo. Después

 

sujeté mi pañuelo a los nueve palitos que estaban de pie y lo extendí por todos lados, hasta que quedó tan

 

estirado como el parche de un tambor; y los cuatro palitos paralelos, levantando unas cinco pulgadas más

 

que el pañuelo, servían de balaustrada por todos lados. Cuando hube terminado mi obra pedí al emperador

 

 

 

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que permitiese a fuerzas de su mejor caballería en número de veinticuatro hombres, subir a este plano y

 

hacer en él ejercicio. Su majestad aprobó mi propuesta y fui subiendo a los soldados con las manos, uno

 

por uno, ya montados y armados, así como a los oficiales que debían mandarlos. Tan pronto como

 

estuvieron formados se dividieron en dos grupos, simularon escaramuzas, dispararon flechas sin punta,

 

sacaron las espadas, huyeron, persiguieron, atacaron y se retiraron; en una palabra: demostraron la mejor

 

disciplina militar que nunca vi. Los palitos paralelos impedían que ellos y sus caballos cayesen del escenario

 

aquel; y el emperador quedó tan complacido, que mandó que se repitiese la diversión varios días, y una vez

 

se dignó permitir que le subiera a él mismo y encargarse del mando. Llegó, aunque con gran dificultad,

 

incluso a persuadir a la propia emperatriz de que me permitiese sostenerla en su silla de manos, a dos

 

yardas del escenario, desde donde abarcaba con la vista todo el espectáculo. Sólo una vez un caballo

 

fogoso, que pertenecía a uno de los capitanes, hizo, piafando, un agujero en el pañuelo, y, metiendo por él

 

la pata, cayó con su jinete; pero yo levanté inmediatamente a los dos, y, tapando el agujero con una mano,

 

bajé a la tropa con la otra, de la misma manera que la había subido. El caballo que dio la caída se torció la

 

mano izquierda, pero el jinete no se hizo ningún daño, y yo arreglé mi pañuelo como pude. No obstante, no

 

me confiaría más en su resistencia para empresas tan peligrosas.

 

 Dos o tres días antes de que me pusieran en libertad estaba yo divirtiendo a la corte con este género de

 

cosas, cuando llegó un correo a informar a Su Majestad de que un súbdito suyo, paseando a caballo cerca

 

del sitio donde me habían hallado por primera vez, había visto en el suelo un objeto negro, grande, de forma

 

muy extraña, que alcanzaba por los bordes la extensión del dormitorio de Su Majestad y se levantaba por el

 

centro a la altura de un hombre, y que no era criatura viva, como al principio sospecharon, porque yacía

 

sobre la hierba, sin movimiento. Algunos habían dado la vuelta a su alrededor varias veces; subiéndose

 

unos en los hombros de otros, habían alcanzado a la parte de arriba, y golpeando en ella, descubierto que

 

estaba hueca; con todos los respetos, habían pensado que podía ser algo perteneciente al Hombre-

 

Montaña, y si Su Majestad lo mandaba estaban dispuestos a encargarse de llevarlo con sólo cinco caballos.

 

Entonces me di cuenta de lo que querían decir, y me alegré en el alma de recibir la noticia. Según parece, al

 

llegar a la playa después del naufragio, me encontraba yo en tal estado de confusión, que antes de ir al sitio

 

donde me quedé dormido, mi sombrero, que había yo sujetado a mi cabeza con un cordón mientras

 

remaba, y se me había mantenido puesto todo el tiempo que nadé, se me cayó; el cordón, supongo, se

 

rompería por cualquier accidente que yo no advertí. Yo creía que el sombrero se me había perdido en el

 

mar. Supliqué a Su Majestad que diese órdenes para que me lo llevasen lo antes posible, al mismo tiempo

 

que le expliqué su empleo y su naturaleza, y al siguiente día los acarreadores llegaron con él, aunque no en

 

muy buen estado. Habían practicado dos agujeros en el ala, a pulgada y media del borde, y metido dos

 

ganchos por los agujeros; estos ganchos se unieron por medio de una larga cuerda a los arneses, y de esta

 

suerte arrastraron mi sombrero más de media milla inglesa; pero como el piso de aquel país es

 

extremadamente liso y llano, recibió mucho menos daño del que se pudiera temer.

 

 Dos días después de esta aventura, el emperador, que había ordenado que estuviesen listas las tropas

 

de su ejército de guarnición en la metrópoli y las cercanías, tuvo la ocurrencia de divertirse de una manera

 

muy singular: hizo que yo me estuviera, como un coloso, en pie y con las piernas tan abiertas como

 

buenamente pudiese, y luego mandó a su general -que era un adalid de larga experiencia y gran valedor

 

mío- disponer sus tropas en formación cerrada y hacerlas pasar por debajo de mí, los infantes de a

 

veinticuatro en línea y la caballería de a dieciséis, a tambor batiente, con banderas desplegadas y con

 

lanzas en ristre. Este cuerpo se componía de tres mil infantes y mil caballos.

 

 Había enviado yo tantos memoriales y tantas solicitudes en demanda de libertad, que Su Majestad, por

 

fin, llevó el asunto primero al Gabinete y luego al Consejo pleno, donde nadie se opuso, excepto Skyresh

 

Bolgolam, quien se complacía, sin que yo le diese motivo alguno, en ser mi mortal enemigo. Pero fue

 

aprobado, en contra de su voluntad, por toda la Junta, y confirmado por el emperador. Ese ministro a que

 

me refiero era Galbet, o sea almirante del reino, persona muy de la confianza de su señor y muy versada en

 

los asuntos, pero de temperamento rudo y agrio. Sin embargo, le persuadieron al fin para que consintiese,

 

pero concediéndole que los artículos y condiciones bajo los cuales se me pusiera en libertad, y que yo debía

 

jurar, fuese él mismo quien los redactase. Estos artículos me fueron presentados por Skyresh Bolgolam en

 

persona, acompañado de los subsecretarios y varias personas significadas. Una vez que me fueron leídos,

 

se me propuso que jurase su cumplimiento, primero a la usanza de mi propio país y luego según el

 

procedimiento descrito por las leyes de allá, y que consistió en sostenerme en alto el pie derecho con la

 

mano izquierda, al tiempo que me colocaba el dedo medio de la mano derecha en la coronilla y el pulgar en

 

la punta de la oreja derecha. Pero como el lector puede que sienta curiosidad por tener una idea del estilo y

 

modo de expresión peculiar de este pueblo, así como por conocer los artículos en virtud de los cuales

 

recobré la libertad, he hecho la traducción de todo el documento, palabra por palabra, tan fielmente como he

 

podido, y quiero sacarlo a luz en este punto:

 

 «Golbasto Momaren Evlame Gurdilo Shefin Mully Ully Gue, muy poderoso emperador de Liliput, delicia y

 

terror del universo, cuyos dominios se extienden cinco mil blustrugs -unas doce millas en circunferencia-

 

hacia los confines del globo; monarca de todos los monarcas, más alto que los hijos de los hombres, cuyos

 

pies oprimen el centro del mundo y cuya cabeza se levanta hasta tocar el Sol; cuyo gesto hace temblar las

 

rodillas de los príncipes de la tierra; agradable como la primavera, reconfortante como el verano, fructífero

 

como el otoño, espantoso como el invierno. Su Muy Sublime Majestad propone al Hombre-Montaña,

 

 

 

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recientemente llegado a nuestros celestiales dominios, los artículos siguientes, que por solemne juramento

 

él viene obligado a cumplir:

 

 »Primero. El Hombre-Montaña no saldrá de nuestros dominios sin una licencia nuestra con nuestro gran

 

sello.

 

 »Segundo. No le será permitido entrar en nuestra metrópoli sin nuestra orden expresa. Cuando esto

 

suceda, los habitantes serán avisados con dos horas de anticipación para que se encierren en sus casas.

 

 »Tercero. El citado Hombre-Montaña lim itará sus paseos a nuestras principales carreteras, y no deberá

 

pasearse ni echarse en nuestras praderas ni en nuestros sembrados.

 

 »Cuarto. Cuando pasee por las citadas carreteras pondrá el mayor cuidado en no pisar el cuerpo de

 

ninguno de nuestros amados súbditos, así como sus caballos y carros, y en no coger en sus manos a

 

ninguno de nuestros súbditos sin consentimiento del propio interesado.

 

 »Quinto. Si un correo requiriese extraordinaria diligencia, el Hombre-Montaña estará obligado a llevar e n

 

su bolsillo al mensajero con su caballo un viaje de seis días, una vez en cada luna, y, si fuese necesario, a

 

devolver sano y salvo al citado mensajero a nuestra imperial presencia.

 

 »Sexto. Será nuestro aliado contra nuestros enemigos de la isla de Blefuscu, y hará todo lo posible por

 

destruir su flota, que se prepara actualmente para invadir nuestros dominios.

 

 »Séptimo. El citado Hombre-Montaña, en sus ratos de ocio, socorrerá y auxiliará a nuestros

 

trabajadores, ayudándoles a levantar determinadas grandes piedras para rematar el muro del parque

 

principal y otros de nuestros reales edificios.

 

 »Octavo. El citado Hombre-Montaña entregará en un plazo de dos lunas un informe exacto de la

 

circunferencia de nuestros dominios, calculada en pasos suyos alrededor de la costa.

 

 »Noveno. Finalmente, bajo su solemne juramento de cumplir todos los anteriores artículos, el citado

 

Hombre-Montaña dispondrá de un suministro diario de comida y bebida suficiente para el mantenimiento de

 

1.724 de nuestros súbditos, y gozará libre acceso a nuestra real persona y otros testimonios de nuestra

 

gracia. Dado en nuestro palacio de Belfaborac, el duodécimo día de la nonagésimaprimera luna de nuestro

 

reinado.»

 

 Juré y suscribí estos artículos con gran contento y alborozo, aun cuando algunos no eran tan honrosos

 

como yo podía haber deseado, lo que procedía enteramente de la mala voluntad de Skyresh Bolgolam, el

 

gran almirante. Inmediatamente después me soltaron las cadenas y quedé en completa libertad. El mismo

 

emperador en persona me hizo el honor de hallarse presente a toda la ceremonia. Mostré mi

 

reconocimiento postrándome a los pies de Su Majestad, pero él me mandó levantarme; y después de

 

muchas amables expresiones, que no referiré por que no se me tache de vanidoso, agregó que esperaba

 

que yo fuese un útil servidor y que mereciese todas las gracias que ya me había conferido y otras que

 

pudiera conferirme en lo futuro.

 

 El lector habrá podido advertir que en el último artículo dictado para el recobro de mi l ibertad estipula el

 

emperador que me sea suministrada una cantidad de comida y bebida bastante para el mantenimiento de

 

1.724 liliputienses. Pregunté algún tiempo después a un amigo mío de la corte cómo se les ocurrió fijar ese

 

número precisamente, y me contestó que los matemáticos de Su Majestad, habiendo tomado la altura de mi

 

cuerpo por medio de un cuadrante, y visto que excedía a los suyos en la proporción de doce a uno,

 

dedujeron, tomando sus cuerpos como base, que el mío debía contener, por lo menos, mil setecientos

 

veinticuatro de los suyos, y, por consiguiente, necesitaba tanta comida, como fuese necesaria para

 

alimentar ese número de liliputienses. Por donde puede el lector formarse una idea del ingenio de aquel

 

pueblo, así como de la prudente y exacta economía de tan gran príncipe.

 

Capítulo IV

 

Descripción de Mildendo, metrópoli de Liliput, con el palacio del emperador. -Conversación entre el autor y

 

un secretario principal acerca de los asuntos de aquel imperio. -El ofrecimiento del autor para servir al

 

emperador en sus guerras.

 

 Lo primero que pedí despu és de obtener la libertad fue que me concediesen licencia para visitar a

 

Mildendo, la metrópoli; licencia que el emperador me concedió fácilmente, pero con el encargo especial de

 

no producir daño a los habitantes ni en las casas. Se notificó a la población por medio de una proclama mi

 

propósito de visitar la ciudad. La muralla que la circunda es de dos pies y medio de alto y por lo menos de

 

once pulgadas de anchura, puesto que puede dar la vuelta sobre ella con toda seguridad un coche con sus

 

caballos, y está flanqueada con sólidas torres a diez pies de distancia. Pasé por encima de la gran Puerta

 

del Oeste, y, muy suavemente y de lado, anduve las dos calles principales, sólo con chaleco, por miedo de

 

estropear los tejados y aleros de las casas con los faldones de mi casaca. Caminaba con el mayor tiento

 

para no pisar a cualquier extraviado que hubiera podido quedar por las calles, aunque había órdenes

 

rigurosas de que todo el mundo permaneciese en sus casas, ateniendose a los riesgos los desobedientes.

 

Las azoteas y los tejados estaban tan atestados de espectadores, que pensé no haber visto en todos mis

 

viajes lugar más populoso. La ciudad es un cuadrado exacto y cada lado de la muralla tiene quinientos pies

 

de longitud. Las dos grandes calles que se cruzan y la dividen en cuatro partes iguales tienen cinco pies de

 

 

 

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anchura. Las demás vías, en que no pude entrar y sólo vi de paso, tienen de doce a dieciocho pulgadas. La

 

población es capaz para quinientas mil almas. Las casas son de tres a cinco pisos; las tiendas y mercados

 

están perfectamente abastecidos.

 

 El palacio del emperador está en el centro de la ciudad, donde se encuentran las dos grandes calles. Lo

 

rodea un muro de dos pies de altura, a veinte pies de distancia de los edificios. Obtuve permiso de Su

 

Majestad para pasar por encima de este muro; y como el espacio entre él y el palacio es muy ancho, pude

 

inspeccionar éste por todas partes. El patio exterior es un cuadrado de cuarenta pies y comprende otros

 

dos; al más interior dan las habitaciones reales, que yo tenía grandes deseos de ver; pero lo encontré

 

extremadamente difícil, porque las grandes puertas de comunicación entre los cuadros sólo tenían

 

dieciocho pulgadas de altura y siete pulgadas de ancho. Por otra parte, los edificios del patio externo tenían

 

por lo menos cinco pies de altura, y me era imposible pasarlo de una zancada sin perjuicios incalculables

 

para la construcción, aun cuando los muros estaban sólidamente edificados con piedra tallada y tenían

 

cuatro pulgadas de espesor. También el emperador estaba muy deseoso de que yo viese la magnificencia

 

de su palacio; pero no pude hacer tal cosa hasta después de haber dedicado tres días a cortar con mi

 

navaja algunos de los mayores árboles del parque real, situado a unas cien yardas de distancia de la

 

ciudad. Con estos árboles hice dos banquillos como de tres pies de altura cada uno y lo bastante fuertes

 

para soportar mi peso. Advertida la población por segunda vez, volví a atravesar la ciudad hasta el palacio

 

con mis dos banquetas en la mano. Cuando estuve en el patio exterior me puse de pie sobre un banquillo, y

 

tomando en la mano el otro lo alcé por encima del tejado y lo dejé suavemente en el segundo patio, que era

 

de ocho pies de anchura. Pasé entonces muy cómodamente por encima del edificio desde un banquillo a

 

otro y levanté el primero tras de mí con una varilla en forma de gancho. Con esta traza llegué al patio

 

interior, y, acostándome de lado, acerqué la cara a las ventanas de los pisos centrales, que de propósito

 

estaban abiertas, y descubrí las más espléndidas habitaciones que imaginarse puede. Allí vi a la emperatriz

 

y a la joven princesa en sus varios alojamientos, rodeadas de sus principales servidores. Su Majestad

 

Imperial se dignó dirigirme una graciosa sonrisa y por la ventana me dio su mano a besar.

 

 Pero no quiero anticipar al lector más descripciones de esta naturaleza porque las reservo para un

 

trabajo más serio que ya está casi para entrar en prensa y que contiene una descripción general de este

 

imperio desde su fundación, a través de una larga seria de príncipes, con detallada cuenta de sus guerras y

 

su política, sus leyes, cultura y religión, sus plantas y animales, sus costumbres y trajes peculiares, más

 

otras materias muy útiles y curiosas. Porque aquí mi principal propósito sólo es referir acontecimientos y

 

asuntos ocurridos a aquellas gentes o a mí mismo durante los nueve meses que residí en aquel imperio.

 

 Una mañana, a los quince días aproximadamente de haber obtenido mi libertad, Reldresal, secretario

 

principal de Asuntos Privados -como ellos le intitulan-, vino a mi casa acompañado sólo de un servidor.

 

Mandó a su coche que esperase a cierta distancia y me pidió que le concediese una hora de audiencia, a lo

 

que yo inmediatamente accedí, teniendo en cuenta su categoría y sus méritos personales, así como los

 

buenos oficios que había hecho valer cuando mis peticiones a la corte. Le ofrecí tumbarme para que

 

pudiera hacerse oír de mí más cómodamente; pero él prefirió permitirme que lo tuviese en la mano durante

 

nuestra conversación. Empezó felicitándome por mi libertad, en la cual, según dijo, podía permitirse creer

 

que había tenido alguna parte; pero añadió, sin embargo, que a no haber sido por el estado de cosas que a

 

la sazón reinaba en la corte, quizá no la hubiese obtenido tan pronto. «Porque -dijo- por muy floreciente que

 

nuestra situación pueda parecer a los extranjeros, pesan sobre nosotros dos graves males: una violenta

 

facción en el interior y el peligro de que invada nuestro territorio un poderoso enemigo de fuera. En cuanto a

 

lo primero, sabed que desde hace más de setenta lunas hay en este imperio dos partidos contrarios,

 

conocidos por los nombres de Tramecksan y Slamecksan, a causa de los tacones altos y bajos de su

 

calzado, que, respectivamente, les sirven de distintivo. Se alega, es verdad, que los tacones altos son más

 

conformes a nuestra antigua constitución; pero, sea de ello lo que quiera, Su Majestad ha decidido hacer

 

uso de tacones bajos solamente en la administración del gobierno y para todos los empleados que disfrutan

 

la privanza de la corona, como seguramente habréis observado; y por lo que hace particularmente a los

 

tacones de Su Majestad Imperial, son cuando menos un drurr más bajos que cualesquiera otros de su corte

 

-el drurr es una medida que viene a valer la decimoquinta parte de una pulgada-. La animosidad entre estos

 

dos partidos ha llegado a tal punto, que los pertenecientes a uno no quieren comer ni beber ni hablar con

 

los del otro. Calculamos que los Tramocksan, o tacones-altos, nos exceden en numero; pero la fuerza está

 

por completo de nuestro lado. Nosotros nos sospechamos que Su Alteza Imperial, el heredero de la corona,

 

se inclina algo hacia los tacones-altos; al menos, vemos claramente que uno de sus tacones es más alto

 

que el otro, lo que le produce cierta cojera al andar. Por si fuera poco, en medio de estas querellas

 

intestinas, nos amenaza con una invasión la isla de Blefuscu, que es el otro gran imperio del universo, casi

 

tan extenso y poderoso como este de Su Majestad. Porque en cuanto a lo que os hemos oído afirmar

 

acerca de existir otros reinos y estados en el mundo habitados por criaturas humanas tan grandes como

 

vos, nuestros filósofos lo ponen muy en duda y se inclinan más bien a creer que caísteis de la Luna o de

 

alguna estrella, pues es evidente que un centenar de mortales de vuestra corpulencia destruirían en poco

 

tiempo todos los frutos y ganados de los dominios de Su Majestad. Por otra parte, nuestras historias de

 

hace seis mil lunas no mencionan otras regiones que los dos grandes imperios de Liliput o Blefuscu,

 

grandes potencias que, como iba a deciros, están empeñadas en encarnizadísima guerra desde hace

 

treinta y seis lunas. Empezó con la siguiente ocasión: Todo el mundo reconoce que el modo primitivo de

 

 

 

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partir huevos para comérselos era cascarlos por el extremo más ancho; pero el abuelo de su actual

 

Majestad, siendo niño, fue a comer un huevo, y, partiéndolo según la vieja costumbre, le avino cortarse un

 

dedo. Inmediatamente el emperador, su padre, publicó un edicto mandando a todos sus súbditos que, bajo

 

penas severísimas, cascasen los huevos por el extremo más estrecho. El pueblo recibió tan enorme

 

pesadumbre con esta ley, que nuestras historias cuentan que han estallado seis revoluciones por ese

 

motivo, en las cuales un emperador perdió la vida y otro la corona. Estas conmociones civiles fueron

 

constantemente fomentadas por los monarcas de Blefuscu, y cuando eran sofocadas, los desterrados huían

 

siempre a aquel imperio en busca de refugio. Se ha calculado que, en distintos períodos, once mil personas

 

han preferido la muerte a cascar los huevos por el extremo más estrecho. Se han publicado muchos cientos

 

de grandesvolúmenes sobre esta controversia; pero los libros de los anchoextremistas han estado

 

prohibidos mucho tiempo, y todo el partido, incapacitado por la ley para disfrutar empleos. Durante el curso

 

de estos desórdenes, los emperadores de Blefuscu se quejaron frecuentemente por medio de sus

 

embajadores, acusándonos de provocar un cisma en la religión por contravenir una doctrina fundamental de

 

nuestro gran profeta Lustrog, contenida en el capítulo cuadragésimocuarto del Blundecral -que es su

 

Alcorán-. No obstante, esto se tiene por un mero retorcimiento del texto, porque las palabras son éstas:

 

«Que todo creyente verdadero casque los huevos por el extremo conveniente». Y cuál sea el extremo

 

conveniente, en mi humilde opinión, ha de dejarse a la conciencia de cada cual, o cuando menos a la

 

discreción del más alto magistrado, el establecerlo. Luego, los anchoextremistas han encontrado tanto

 

crédito en la corte del emperador de Blefuscu y aquí tanta secreta asistencia de su partido, que entre ambos

 

imperios viene sosteniéndose una sangrienta guerra hace treinta y seis lunas, con varia suerte, y en ella

 

llevamos perdidos cuarenta grandes barcos y un número mucho mayor de embarcaciones más pequeñas,

 

junto con treinta mil de nuestros mejores marinos y soldados; y se sabe que las bajas del enemigo son algo

 

mayores que las nuestras. Pero ahora han equipado una flota numerosa y están precisamente preparando

 

una invasión contra nosotros, y Su Majestad Imperial, poniendo gran confianza en vuestro valor y esfuerzo,

 

me ha ordenado exponer esta relación de sus negocios ante vos.»

 

 Rogué al secretario que presentase mis humildes resp etos al emperador y le hiciera saber que juzgaba

 

yo no corresponderme, como extranjero que era, intervenir en cuestiones de partidos; pero que estaba

 

dispuesto, aun con riesgo de mi vida, a defender su persona y su estado contra los invasores.

 

Capítulo V

 

El autor evita una invasión con una extraordinaria estratagema. -Se le confiere un alto título honorífico. -

 

Llegan embajadores del emperador de Blefuscu y demandan la paz.

 

 El imperio de Blefuscu es una isla situada al lado nordeste de Liliput, de donde sólo está separada por un

 

canal de ochocientas yardas de anchura. Yo no lo había visto aún, y ante la noticia del intento de invasión

 

evité presentarme por aquel lado de la costa, no me descubriese alguno de los buques del enemigo, que no

 

tenía de mí noticia ninguna, rigurosamente prohibida como está la relación entre los dos imperios durante la

 

guerra, bajo pena de muerte, y decretado por nuestro emperador el embargo de todos los buques, sin

 

distinción. Comuniqué a Su Majestad un proyecto que había formado para apresar completa la flota del

 

enemigo, la cual, por lo que nos aseguraban nuestros exploradores, estaba anclada en el puerto, lista para

 

darse a la vela al primer viento favorable. Consulté a los más experimentados hombres de mar acerca de la

 

profundidad del canal, que sondaban frecuentemente, y me dijeron que en el centro, durante la marea alta,

 

tenía setenta glumgruffs de profundidad, lo que equivale a unos seis pies de medida europea, y el resto de

 

él, cincuenta glumgruffs lo más. Me dirigí hacia la costa nordeste, frente a Blefuscu, y allí, tumbado detrás

 

de una colina, saqué mi pequeno anteojo de bolsillo y descubrí anclada la flota del enemigo, constituída por

 

unos cincuenta buques de guerra y un gran número de transportes. Volví después a mi casa y di orden -

 

para lo cual tenía autorización- de que me llevasen una gran cantidad del cable más fuerte y de barras de

 

hierro. El cable venía a tener el grueso del bramante, y las barras la longitud y el tamaño de agujas de hacer

 

media. Tripliqué el cable para hacerlo más resistente, y con el mismo fin retorcí juntas tres de las barras de

 

hierro, cuyos extremos doblé en forma de gancho. Cuando hube fijado cincuenta ganchos a otros tantos

 

cables volví a la costa nordeste y, quitándome la casaca, los zapatos y las medias, me entré en el mar, con

 

mi chaleco de cuero, como una hora antes de subir la marea. Vadeé todo lo aprisa que pude y nadé en el

 

centro unas treinta yardas, hasta que hice pie; llegué a la flota en menos de media hora. El enemigo se

 

aterró de tal modo cuando me vio, que saltó de los barcos y nadó a la costa, donde no habría menos de

 

treinta mil almas. Tomé entonces mis trebejos y, después de pasar un gancho por la proa de cada buque,

 

até juntas todas las cuerdas por su extremo. Mientras yo procedía a esta maniobra, el enemigo me disparó

 

varios miles de flechas, muchas de las cuales me daban en las manos y en la cara y, además de excesivo

 

escozor, me causaban gran molestia en mi trabajo. Por lo que más temía era por los ojos, que

 

infaliblemente hubiera perdido a no haber dado en seguida con un medio. Guardaba yo, entre otros

 

pequeños útiles, un par de lentes en un bolsillo secreto que, como antes advertí, había escapado a las

 

investigaciones del emperador; los saqué y me los sujeté a la nariz todo lo fuerte que pude, y así armado

 

continué tranquilamente mi obra, a pesar de las flechas del enemigo, muchas de las cuales iban a dar

 

 

 

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contra los cristales de mis lentes, pero sin otro efecto que el de desajustármelos un poco. Una vez que tuve

 

fijos todos los ganchos, cogí el nudo y empecé a tirar; pero no se movía ni un barco, porque todos estaban

 

demasiado fuertemente sujetos por las anclas; así, que faltaba la parte más dura de mi empresa. Solté la

 

cuerda y, dejando los ganchos fijos a los barcos, corté resueltamente con mi navaja los cables que

 

amarraban las anclas, mientras recibía sobre doscientos tiros en la cara y las manos. Tomé luego el

 

extremo anudado de los cables a que estaban atados los ganchos, y con gran facilidad me llevé tras de mí

 

cincuenta de los mayores buques de guerra del enemigo.

 

 Los blef uscudianos, que no tenían la menor sospecha de lo que yo me proponía, quedaron al principio

 

confundidos de asombro. Me habían visto cortar los cables y pensaban que mi designio era solamente dejar

 

los barcos a merced de las olas o que se embistiesen unos contra otros; pero cuando vieron toda la flota

 

echar a andar en orden y a mí tirando delante, lanzaron tal grito de dolor y desesperación, que casi es

 

imposible de explicar ni de concebir. Ya fuera de peligro, me detuve un rato para sacarme las flechas que se

 

me habían hincado en las manos y en la cara y me untó ungüento del que me habían dado al principio de mi

 

llegada, según he referido anteriormente. Luego me quité los lentes, y aguardando alrededor de una hora a

 

que la marea estuviese algo más baja, vadeé el centro con mi carga y llegué salvo al puerto real de Liliput.

 

 El emperador y toda su corte estaban en la playa esperando el éxito de esta gran aventura. Veían

 

avanzar los barcos formando una extensa media luna; pero no podían distinguirme a mí, que estaba metido

 

hasta el pecho en el agua. Ya llegaba yo a la mitad del canal y su zozobra no menguaba, porque las aguas

 

me cubrían hasta el cuello. Pensaba el emperador que yo me había ahogado y que la flota del enemigo se

 

aproximaba en actitud hostil; pero en breve se desvanecieron sus temores, porque, disminuyendo la poca

 

profundidad del canal a cada paso que daba yo, pronto estuve a distancia para hacerme oír; y alzando el

 

cabo del cable con que estaba atada la flota, grité en voz muy alta: «¡Viva el muy poderoso emperador de

 

Liliput!» Este gran príncipe me recibió al llegar a tierra con todos los encomios posibles y me hizo allí mismo

 

nardac, que es el más alto título honorífico entre ellos.

 

 Su Majestad quería que yo aprovechase alguna otra ocasió n para traer a sus puertos el resto de los

 

barcos de su enemigo. Y tan desmedida es la ambición de los príncipes, que parecía pensar nada menos

 

que en reducir todo el imperio de Blefuscu a una provincia gobernada por un virrey, en aniquilar a los

 

anchoextremistas desterrados y en obligar a estas gentes a cascar los huevos por el extremo estrecho, con

 

lo cual quedaría él único monarca del mundo entero. Pero yo me encargué de disuadirle de su propósito por

 

medio de numerosos argumentos sacados de los principios de la política, así como de los de la justicia, y

 

protesté francamente que yo nunca serviría de instrumento para llevar a la esclavitud a un pueblo libre y

 

valeroso. Y cuando el asunto se discutió en Consejo, la parte más prudente del Ministerio fue de mi opinión.

 

 Esta rotunda declaración mía era tan opuesta a los planes y a la política de Su Majestad Imperial, que

 

éste no me perdonó nunca; se refirió a ella de una muy artificiosa manera en el Consejo, donde, según me

 

dijeron, algunos de los más prudentes parecían -al menos, este alcance podía darse a su silencio- ser de mi

 

opinión; pero otros, que eran mis enemigos secretos, no pudieron contener ciertas expresiones, que por

 

caminos indirectos llegaron hasta mí. Desde este momento comenzó una intriga entre Su Majestad y una

 

camarilla de ministros maliciosamente dispuestos en contra mía, intriga que estalló en menos de dos meses

 

y hubiera conducido probablemente a mí total perdición. ¡De tan poco peso son los mayores servicios para

 

los príncipes si se los pone en la balanza frente a una negativa de satisfacer sus pasiones!

 

 A las tres semanas de mi hazaña llegó una solemne embajada de Blefuscu con humildes ofrecimientos

 

de paz, y ésta quedó prontamente concertada, en condiciones muy ventajosas para nuestro emperador, y

 

de las cuales hago gracia a los lectores. Los embajadores eran seis, con una comitiva de unas quinientas

 

personas, y su entrada fue de toda magnificencia, como correspondía a la grandeza de su señor y a la

 

importancia de su negocio. Cuando estuvo concluido el tratado, durante cuya negociación yo les auxilié con

 

mis buenos oficios, valiéndome del crédito que entonces tenía, o al menos parecía tener, en la corte, Sus

 

Excelencias, a quienes en secreto habían informado de cuanto había procurado en favor suyo, me invitaron

 

a visitar aquel reino en nombre del emperador, su señor, y me pidieron que les diese alguna muestra de mi

 

fuerza colosal, de la que habían oído tantas maravillas, en lo cual les complací. Pero no quiero molestar al

 

lector con estos detalles.

 

 Cuando hube entretenido algún tiempo a Sus Excelencias, con infinita satisfacción y sorpresa por su

 

parte, les pedí que me hiciesen el honor de presentar mis más humildes respetos al emperador, su señor, la

 

fama de cuyas virtudes tenía tan justamente lleno de admiración al mundo entero, y a cuya real persona

 

tenía resuelto ofrecer mis servicios antes de regresar a mi país. De consiguiente, la próxima vez que tuve el

 

honor de ver a nuestro emperador pedí su real licencia para hacer una visita al monarca blefuscudiano,

 

licencia que se dignó concederme, según pude claramente advertir, de muy fría manera. Pero no pude

 

adivinar la razón, hasta que cierta persona vino a contarme misteriosamente que Flimnap y Bolgolam

 

habían presentado mi trato con aquellos embajadores como una prueba de desafecto, culpa de la que

 

puedo asegurar que mi corazón era por completo inocente. Y ésta fue la primera ocasión en que empecé a

 

concebir idea, aunque imperfecta, de lo que son cortes y ministros.

 

 Es de notar que estos embajadores me hablaron por medio de un intérprete, pues los idiomas de ambos

 

imperios se diferencian entre sí tanto como dos cualesquiera de Europa, y cada nación se enorgullece de la

 

antigüedad, belleza y energía de su propia lengua y siente un manifiesto desprecio por la de su vecino. No

 

obstante, nuestro emperador, valiéndose de la ventaja que le daba la toma de la flota, les obligó a presentar

 

 

 

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sus credenciales y pronunciar su discurso en lengua liliputiense. Debe, sin embargo, reconocerse que a

 

consecuencia de las amplias relaciones de ambos reinos en el campo del comercio y los negocios; del

 

continuo recibimiento de desterrados, que entre ellos es mutuo, y de la costumbre que hay en cada imperio

 

de enviar al otro a los jóvenes de la nobleza y de las más acaudaladas familias principales para que se

 

afinen viendo mundo y estudiando hombres y costumbres, hay pocas personas de distinción, así como

 

comerciantes y hombres de mar que viven en las regiones marítimas, que no sepan sostener una

 

conversación en ambas lenguas. Así pude apreciarlo algunas semanas después, cuando fuí a ofrecer mis

 

respetos al emperador de Blefuscu; visita que, en medio de las grandes desdichas que me acarreó la

 

maldad de mis enemigos, resultó para mí muy feliz aventura, como referiré en el oportuno lugar.

 

 Recordará el lector que cuando firmé los artículos en virtud de los cuales recobré la libertad, había

 

algunos que me disgustaban por demasiado serviles, y a los cuales sólo me podía obligar a someterme una

 

necesidad extrema. Pero siendo ya como era un nardac del más alto rango del imperio, tales oficios se

 

consideraron por bajo de mi dignidad, y el emperador -dicho sea en justicia- nunca jamás me los mencionó.

 

Capítulo VI

 

De los habitantes de Liliput: sus estudios, leyes y costumbres y modo de educar a sus hijos. -El método de

 

vida del autor en aquel país. -Vindicación que hizo de una gran dama.

 

 Aunque es mi propósito dejar la descripción de este imperio para un tratado particular, me complace, en

 

tanto, obsequiar al curioso lector con algunas nociones generales. De poco menos de seis pulgadas de alto

 

los naturales de estatura media, hay exacta proporción en los demás animales, así como en árboles y

 

plantas. Por ejemplo: los caballos y bueyes más grandes tienen de cuatro a cinco pulgadas de altura; los

 

carneros, pulgada y media, poco más o menos; los gansos, el tamaño de un gorrión aproximadamente; y

 

así las varias gradaciones en sentido descendente, hasta llegar a los más pequeños, que para mi vista eran

 

casi imperceptibles. Pero la Naturaleza ha adaptado los ojos de los liliputienses a todos los objetos propios

 

para su visión; ven con gran exactitud, pero no a gran distancia. Como testimonio de la agudeza de su vista

 

para los objetos cercanos puedo mencionar la diversión que me produjo observar cómo un cocinero pelaba

 

una calandria que no llegaba al tamaño de una mosca corriente, y cómo una niña enhebraba una aguja

 

invisible con una seda invisible. Sus árboles más crecidos son de unos siete pies de altura; me refiero a

 

algunos de los existentes en el gran parque real, y a las copas de los cuales llegaba yo justamente con el

 

puño. Los otros vegetales están en la misma proporción; pero esto lo dejo a la imaginación de los lectores.

 

 Solamente diré ahora algo acerca de la cultura, que durante largas épocas ha florecido en aquel pueblo

 

en todas sus ramas. La manera de escribir es muy particular, pues no escriben ni de izquierda a derecha,

 

como los europeos, ni de derecha a izquierda, como los árabes, ni de arriba abajo, como los chinos, sino

 

oblicuamente, de uno a otro ángulo del papel, como las señoras de Inglaterra.

 

 Entierran sus muertos con la cabeza para abajo, porque tienen la idea de que dentro de once mil lunas

 

todos se levantarán otra vez, y que al cabo de este período la Tierra -que ellos juzgan plana- se volverá de

 

arriba abajo, y gracias a este medio, cuando resuciten se encontrarán de pie. Los eruditos confiesan el

 

absurdo de esta doctrina; pero la práctica sigue, en condescendencia con el vulgo.

 

 Hay en este imperio algunas leyes y costumbres muy particu lares; y si no fuesen tan por completo

 

contrarias a las de mi querido país, me darían ganas de decir algo en su justificación. Sólo sería de desear

 

que se cumpliesen. La primera de que hablaré se refiere a los espías. Todos los crímenes contra el Estado

 

se castigan con la mayor severidad; pero si la persona acusada demuestra plenamente su inocencia en el

 

proceso, inmediatamente se da al acusador muerte ignominiosa, y de sus bienes muebles y raíces es cuatro

 

veces indemnizada la persona inocente, por la pérdida de tiempo, por el peligro a que estuvo expuesta, por

 

las molestias de su prisión y por todos los gastos que haya tenido que hacer para su defensa. Si el fondo no

 

alcanza es generosamente completado por la Corona. El emperador, asimismo, confiere al interesado

 

alguna pública prueba de su gracia y se hace por la ciudad la proclamación de su inocencia.

 

 Consideran allí el fraude como un crimen mayor que el robo, y, por consecuencia, rara vez dejan de

 

castigarlo con la muerte porque sostienen ellos que el cuidado y la vigilancia, practicados con el común

 

entendimiento, pueden preservar de los ladrones los bienes de un hombre, mientras que la honradez no

 

tiene defensa contra una astucia superior; y como es necesario que haya perpetuas relaciones de compra y

 

venta y comercio a crédito, donde se permite y tolera el fraude, o donde no hay leyes para castigarlo, el

 

comerciante más honrado sale siempre perdiendo y el bribón saca la ventaja. Recuerdo que en una ocasión

 

intercedía yo con el rey por un criminal que había perjudicado a su amo en una gran cantidad de dinero

 

recibido por orden, y con el cual se escapó; y como dijese a Su Majestad, a modo de atenuación, que se

 

trataba sólo de un abuso de confianza, el emperador encontró monstruoso que yo presentase como defensa

 

la mayor agravación de su crimen; y la verdad es que al contestarle tuve bien poco que añadir a la

 

respuesta usual de que las diferentes naciones tienen diferentes costumbres, porque confieso que quedé

 

enteramente confundido.

 

 Aunque nosotros , generalmente llamarnos al premio y al castigo los goznes sobre que gira todo

 

gobierno, nunca vi que pusiera en práctica esta máxima nación ninguna, a excepción de Liliput. Quienquiera

 

 

 

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que allí pueda probar suficientemente que ha observado con puntualidad las leyes de su país durante

 

setenta y tres lunas, tiene derecho a ciertos privilegios, de acuerdo con su calidad y la condición de su vida,

 

unidos a una cantidad de dinero proporcionada, que sale de un fondo afecto a este uso.Asimismo adquiere

 

el título de sninall, o sea legal, que se agrega a su apellido, pero que no pasa a la descendencia. Aquellas

 

gentes creyeron enorme defecto de nuestra política lo que yo les referí acerca de obligar nuestras leyes sólo

 

por el castigo, sin mencionar el premio para nada. Por esta razón, la imagen de la Justicia en sus tribunales

 

está representada con seis ojos: dos delante, dos detrás y uno a cada lado, que significan circunspección,

 

más una bolsa de oro abierta en la mano derecha y una espada envainada en la izquierda, con que se

 

quiere mostrar que está mejor dispuesta para el premio que para el castigo.

 

 Al escoger personas para cualquier empleo se mira más la moralidad que las grandes aptitudes; pues

 

dado que el gobierno es necesario a la Humanidad, suponen allí que el nivel general del entendimiento

 

humano ha de convenir a un oficio u otro, y que la Providencia nunca pudo pretender hacer de la

 

administración de los negocios públicos un misterio que sólo comprendan algunas personas de genio

 

sublime, de las que por excepción nacen tres en una misma época. Piensan, por el contrario, que la verdad,

 

la justicia, la moderación y sus semejantes residen en todos los hombres, y que la práctica de estas

 

virtudes, asistidas por la experiencia y una recta intención, capacitan a cualquier hombre para el servicio de

 

su país, salvo aquellos casos en que se requieran estudios especiales. Y creían por de contado que la falta

 

de virtudes morales estaba tan lejos de poder suplirse con dotes superiores de inteligencia, que nunca

 

debían ponerse cargos en manos tan peligrosas como las de gentes que merecieran tal concepto, pues,

 

cuando menos, los errores cometidos por ignorancia con honrado propósito jamás serían de tan fatales

 

consecuencias para el bien público como las prácticas de un hombre inclinado a la corrupción y de grandes

 

aptitudes para conducir y multiplicar y defender sus corrupciones.

 

 Del mismo modo, no creer en una Divina Providencia incapacita a un hombre para desempeñar cargos

 

públicos; porque, dado que los reyes se proclaman a sí Mismos diputados de la Providencia, los liliputienses

 

entienden que no hay nada más absurdo en un príncipe que dar empleos a hombres que niegan la

 

autoridad en nombre de la cual ellos se conducen.

 

 Al hablar de estas y de las siguientes l eyes quiero que se entienda que me refiero sólo a las instituciones

 

originales, y no a la escandalosa corrupción en que este pueblo ha caído a causa de la degenerada

 

naturaleza del hombre; pues por lo que toca a esa vergonzosa práctica de obtener altos cargos haciendo

 

volatines, o divisas de favor y distinción saltando por encima de varillas o arrastrándose bajo ellas, ha de

 

saber el lector que fue introducida por el abuelo del emperador hoy reinante, y ha prosperado a tal punto por

 

el incremento gradual de partidos y facciones.

 

 La ingratitud allí es un crimen capital, como leemos que lo ha sido en algunos otros países; porque -

 

razonan ellos- aquel que paga con maldad a su bienhechor ha de ser necesariamente un enemigo común

 

del resto de la Humanidad, que no le ha hecho beneficio ninguno, y, por lo tanto, tal hombre no es a

 

propósito para esta vida.

 

 Sus nociones respecto de los deberes de padres e hijos difieren extremadamente de las nuestras. De

 

ningún modo conceden que un niño está obligado a su padre por haberlo engendrado, ni a su madre por

 

haberlo traído al mundo; lo cual, teniendo en cuenta las miserias de la vida humana, no es un beneficio en

 

sí mismo, ni tampoco fue la intención de sus padres, cuyo pensamiento durante sus lides amorosas tenía

 

bien distinta ocupación. Por estos y otros parecidos razonamientos, es su opinión que los padres son los

 

últimos a quienes debe confiarse la educación de sus propios hijos, y, en consecuencia, hay en cada edad

 

establecimientos públicos, adonde todos los padres, con excepción de los aldeanos y los labradores, están

 

obligados a llevar a sus pequeños de uno y otro sexo para que los críen y eduquen así que llegan a la edad

 

de veinte lunas, tiempo en que ya se les suponen algunos rudimentos de docilidad. Estos seminarios son de

 

varias categorías, acomodadas a las diferentes clases, y para ambos sexos. Tienen profesores

 

especialmente hábiles en la educación de niños para la condición de vida conveniente a la alcurnia de sus

 

padres y a la propia capacidad de cada uno, así como a las particulares inclinaciones. Diré primero algo de

 

los establecimientos para varones, y luego de los de hembras.

 

 Los seminarios para niños varones de noble o eminente cuna cuentan con graves y cultos profesores y

 

sus correspondientes auxiliares. Las ropas y el alimento de los niños son sencillos y simples. Se educa a

 

éstos en los principios de honor, justicia, valor, modestia, clemencia, religión y amor de su país; se les tiene

 

siempre dedicados a algún quehacer, excepto en las horas de comer y dormir, que son muy pocas, y en las

 

dos que se destinan a recreo, que consiste en ejercicios corporales. Son vestidos por hombres hasta que

 

tienen cuatro años de edad, y a partir de entonces se les obliga a vestirse solos, por elevado que sea su

 

rango, y las mujeres ayudantes, que proporcionalmente tienen la edad de las nuestras de cincuenta años,

 

realizan sólo los trabajos serviles. No se tolera a los niños que hablen nunca con criados, sino que han de ir

 

juntos, en grupos mayores o menores, a esparcirse en sus recreos, y siempre en presencia de un profesor o

 

auxiliar; así se evitan esas tempranas perniciosas impresiones de insensatez y vicio a que nuestros niños

 

están sujetos. A los padres sólo se les tolera que los vean dos veces al año; la visita no dura más de una

 

hora. Se les consiente que besen al niño al llegar y al marcharse; pero un profesor, que siempre está

 

presente en tales ocasiones, no les tolera de ningún modo que cuchicheen, ni que usen de expresiones de

 

mimo ni que les lleven regalos de juguetes, dulces o cosa parecida.

 

 

 

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 La pensión para la educación y el mantenimiento de los niños se encargan de cobrarla a las familias, por

 

medio de embargo, los oficiales del emperador, en caso de no haber sido debidamente satisfecha.

 

 Los establecimientos para niños de familias de posición media, como comerciantes, traficantes y

 

menestrales, funcionan proporcionalmente según el mismo sistema, sólo que los que han de dedicarse a

 

oficio empiezan el aprendizaje a los once años, mientras los de las personas de calidad continúan sus

 

ejercicios hasta los quince, que corresponden a los veinticinco entre nosotros, aunque su reclusión va

 

perdiendo gradualmente en rigor durante los tres años últimos.

 

 En los seminarios para hembras, las niñas de c alidad son educadas casi lo mismo que los varones, sólo

 

que las viste reposada servidumbre de su mismo sexo, pero siempre en presencia de un profesor o auxiliar,

 

hasta que se visten ellas solas, que es cuando llegan a los cinco años. Si se descubre que estas niñeras

 

intentan alguna vez distraer a las niñas con cuentos terroríficos o estúpidos, o con alguno de los disparates

 

que acostumbran las doncellas entre nosotros, son públicamente paseadas con azotes tres vueltas a la

 

ciudad, encarceladas por un año y desterradas de por vida a la parte más desolada del país. De este modo

 

las señoritas sienten tanta vergüenza como los hombres, de ser cobardes y melindrosas, y desprecian todo

 

adorno personal que vaya más allá de lo decente y lo limpio; ni tampoco advierten en su educación

 

diferencia ninguna basada en la diferencia de sexo, a no ser que los ejercicios femeninos nunca llegan a ser

 

tan duros, que se les instruye en algunas reglas referentes a la vida doméstica, y que se les asigna un plan

 

menos amplio de estudios. Es allí una máxima que, entre gentes de calidad, la esposa debe ser siempre

 

una discreta y agradable compañía, ya que no puede ser siempre joven. Cuando las muchachas llegan a los

 

doce años, que es entre ellos la edad del matrimonio, sus padres o tutores se las llevan a casa con vivas

 

expresiones de gratitud para los profesores, y rara vez sin lágrimas de la señorita y de sus compañeras. En

 

los colegios para hembras de más baja categoría se enseña a las niñas toda clase de trabajos propios de su

 

sexo y de sus varios rangos. Las destinadas a aprendizajes salen a los siete años, y las demás siguen

 

hasta los once.

 

 Las familias modestas que tienen niños en estos colegios, además de la pensión anual, que es todo lo

 

más reducida posible, tienen que entregar al administrador del colegio una pequeña parte de sus entradas

 

mensuales, destinada a constituir un patrimonio para el niño, y, en consecuencia, la ley limita los gastos a

 

todos los padres, porque estiman los liliputienses que nada puede haber tan injusto como que las gentes, en

 

satisfacción de sus propios apetitos, traigan niños al mundo y dejen al común la carga de sostenerlos. En

 

cuanto a las personas de calidad, dan garantía de apropiar a cada niño una cantidad determinada, de

 

acuerdo con su condición, y estos fondos se administran siempre con buena economía y con la justicia más

 

rigurosa.

 

 Los aldeanos y labradores conservan a sus hijos en casa, ya que su ocupación ha de ser sólo labrar y

 

cultivar la tierra, y, por tanto, su educación, de poca consecuencia para el común. A los pobres y enfermos

 

se les recoge en hospitales, porque la mendicidad es un oficio desconocido en este imperio.

 

 Y ahora quizá pueda interesar al lector curioso que yo le dé alguna cuenta de mis asuntos particulares y

 

de mi modo de vivir en aquel país durante una residencia de nueve meses y trece días. Como tengo idea

 

para las artes mecánicas, y como también me forzaba la necesidad, me había hecho una mesa y una silla

 

bastante buenas valiéndome de los mayores árboles del parque real. Se dedicaron doscientas costureras a

 

hacerme camisas y lienzos para la cama y la mesa, todo de la más fuerte y basta calidad que pudo

 

encontrarse, y, sin embargo, tuvieron que reforzar este tejido dándole varios dobleces, porque el más

 

grueso era algunos puntos más fino que la batista. Las telas tienen generalmente tres pulgadas de ancho, y

 

tres pies forman una pieza. Las costureras me tomaron medida acostándome yo en el suelo y

 

subiéndoseme una en el cuello y otra hacia media pierna, con una cuerda fuerte, que sostenían extendida

 

una por cada punta, mientras otra tercera medía la longitud de la cuerda con una regla de una pulgada de

 

largo. Luego me midieron el dedo pulgar de la mano derecha, y no necesitaron más, pues por medio de un

 

cálculo matemático, según el cual dos veces la circunferencia del dedo pulgar es una vez la circunferencia

 

de la muñeca, y así para el cuello y la cintura, y con ayuda de mi camisa vieja, que extendí en el suelo ante

 

ellas para que les sirviese de patrón, me asentaron las nuevas perfectamente. Del mismo modo se

 

dedicaron trescientos sastres a hacerme vestidos; pero ellos recurrieron a otro expediente para tomarme

 

medida. Me arrodillé, y pusieron una escalera de mano desde el suelo hasta mi cuello; uno subió por esta

 

escalera y dejó caer desde el cuello de mi vestido al suelo una plomada cuya cuerda correspondía en largo

 

al de mi casaca, pero los brazos y la cintura, me los medí yo mismo. Cuando estuvo acabado mi traje, que

 

hubo que hacer en mi misma casa, pues en la mayor de las suyas no hubiera cabido, tenía el aspecto de

 

uno de esos trabajos de retacitos que hacen las señoras en Inglaterra, salvo que era todo de un mismo

 

color.

 

 Disponía yo de trescientos cocineros para que me aderezasen los manjares, alojados en pequeñas

 

barracas convenientemente edificadas alrededor de mi casa, donde vivían con sus familias. Me preparaban

 

dos platos cada uno. Cogía con la mano veinte camareros y los colocaba sobre la mesa, y un centenar más

 

me servían abajo en el suelo, unos llevando platos de comida y otros barriles de vino y diferentes licores,

 

cargados al hombro, todo lo cual subían los camareros de arriba, cuando yo lo necesitaba, en modo muy

 

ingenioso, valiéndose de unas cuerdas, como nosotros subimos el cubo de un pozo en Europa. Cada plato

 

de comida hacía por un buen bocado, y cada barril, por un trago razonable. Su cordero cede al nuestro,

 

pero su vaca es excelente. Una vez comí un lomo tan grande, que tuve que darle tres bocados; pero esto

 

 

 

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fue raro. Mis servidores se asombraban de verme comerlo con hueso y todo, como en nuestro país

 

hacemos con las patas de las calandrias. Los gansos y los pavos me los comía de un bocado por regla

 

general, y debo confesar que aventajan con mucho a los nuestros. De las aves más pequeñas podía coger

 

veinte o treinta con la punta de mi navaja.

 

 Un día, Su Majestad Imperial, informado de mi método de vida, expresó el deseo de tener él y de que

 

tuviera su real consorte, así como los jóvenes príncipes de la sangre de ambos sexos, el gusto -como él se

 

dignó decir- de comer conmigo. En consecuencia vinieron, y yo los coloqué en tronos dispuestos sobre mi

 

mesa, justamente frente a mí, rodeados de su guardia. Flimnap, gran tesorero, asistía allí de igual modo, en

 

la mano el blanco bastón, insignia de su cargo, y observé que frecuentemente me miraba con agrio

 

semblante, lo que hice ademán de no ver. Lejos de ello, comí más que de costumbre, en honor a mi querido

 

país, así como para llenar de admiración a la corte. Tengo mis razones particulares para creer que esta

 

visita de Su Majestad dio a Flimnap ocasión para hacerme malos oficios con su señor. Este ministro había

 

sido siempre mi secreto enemigo, aunque exteriormente me halagaba más de lo que era costumbre en la

 

aspereza de su genio. Pintó al monarca la triste situación de su tesoro: cómo se veía obligado a negociar

 

empréstitos con gran descuento; cómo los vales reales no circularían a menos de nueve por ciento bajo la

 

par; cómo, en fin, yo había costado a Su Majestad por encima de millón y medio de sprugs -la mayor

 

moneda de oro de ellos, aproximadamente del tamaño de una lentejuela-, y, en resumidas cuentas, cuán

 

prudente sería en el emperador aprovechar la primera ocasión favorable para deshacerse de mí.

 

 Debo aquí vindicar la reputación de u na distinguida dama que fue víctima inocente a costa mía. El

 

tesorero dio en sentirse celoso de su mujer, por culpa de ciertas malas lenguas que le informaron de que su

 

gracia había concebido una violenta pasión por mi persona, y durante algún tiempo cundió por la corte el

 

escándalo de que ella había venido una vez secretamente a mi alojamiento. Declaro solemnemente que

 

esto es una infame invención, sin ningún fundamento, fuera de que su gracia se dignaba tratarme con todas

 

las inocentes muestras de confianza y amistad. Confieso que venía a menudo a mi casa, pero siempre

 

públicamente y nunca sin tres personas más en el coche, que eran generalmente su hermana, su joven hija

 

y alguna amistad particular; pero lo mismo hacían otras muchas damas de la corte. Y además apelo a todos

 

mis criados para que digan si alguna vez vieron a mi puerta coche ninguno sin saber a qué personas

 

llevaba. En tales ocasiones, cuando un criado me pasaba el anuncio, era mi costumbre salir

 

inmediatamente a la puerta, y, luego de ofrecer mis respetos, tomar el coche y los dos caballos

 

cuidadosamente en mis manos -porque si los caballos eran seis, el postillón desenganchaba cuatro

 

siempre- y ponerlos encima de la mesa, donde había colocado yo un cerco desmontable todo alrededor, de

 

cinco pulgadas de alto, para evitar accidentes. Con frecuencia he tenido al mismo tiempo cuatro coches con

 

sus caballos sobre mi mesa, llena de visitantes, mientras yo, sentado en mi silla, inclinaba la cabeza hacia

 

ellos; y cuando yo departía con un grupo, el cochero paseaba a los otros lentamente alrededor de la mesa.

 

He pasado muchas tardes muy agradables en estas conversaciones; pero desafío al tesorero y a sus dos

 

espías -se me antoja citarlos por sus nombres y allá se las hayan después-, Clustril y Drunlo, a que prueben

 

que me visitó nunca nadie de incógnito, salvo el secretario Reldresal, que fue enviado por mandato expreso

 

de Su Majestad Imperial, como antes he referido. No me hubiese detenido tanto en este particular a no

 

tratarse de un punto que toca tan cerca a la reputación de una gran señora, para no decir nada de la mía

 

propia, aunque yo tenía entonces el honor de ser nardac, lo que no es el tesorero, pues todo el mundo sabe

 

que sólo es glumlum, titulo inferior en un grado, como el de marqués lo es al de duque en Inglaterra, aunque

 

esto no quita para que yo reconozca que él estaba por encima de mí en razón de su cargo. Estos falsos

 

informes, que llegaron después a mi conocimiento por un accidente de que no es oportuno hablar, hicieron

 

que Flimnap, el tesorero, pusiera durante algún tiempo mala cara a su señora, y a mí peor; y aunque al fin

 

se desengañó y se reconcilió con ella, yo perdí todo crédito con él y vi decaer rápidamente mi influencia con

 

el mismo emperador, quien, sin duda, se dejaba influir demasiado por aquel favorito.

 

Capítulo VII

 

El autor, informado de que se pretende acusarle de alta traición, huye a Blefuscu. -Su recibimiento allí.

 

 Ante s de proceder a dar cuenta de mi salida de este reino puede resultar oportuno enterar al lector de

 

una intriga secreta que durante dos meses estuvo urdiéndose contra mí.

 

 Yo, hasta entonces, había ignorado siempre lo que eran cortes, pues me inhabilita ba para relacionarme

 

con ellas lo modesto de mi condición. Desde luego, había oído hablar y leído bastante acerca de las

 

disposiciones de los grandes príncipes y los ministros; pero nunca esperé encontrarme con tan terribles

 

efectos de ellas en un país tan remoto y regido, a lo que yo suponía, por máximas muy diferentes de las de

 

Europa.

 

 Estaba disponiéndome yo para rendir homenaje al emperador de Blefuscu, cuando una persona

 

significada de la corte -a quien yo una vez había servido muy bien, con ocasión de haber ella incurrido en el

 

más profundo desagrado de Su Majestad Imperial- vino a mi casa muy secretamente, de noche, en una silla

 

de mano, y, sin dar su nombre, pidió ser recibida. Despedidos los silleteros, me metí la silla con su señoría

 

dentro, en el bolsillo de la casaca, y dando órdenes a un criado de confianza para que dijese que me sentía

 

 

 

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indispuesto y me había acostado, aseguré la puerta de mi casa, coloqué la silla de mano sobre la mesa,

 

según era mi costumbre, y me senté al lado. Una vez que hubimos cambiado los saludos de rigor, como yo

 

advirtiese gran preocupación en el semblante de su señoría y preguntase la razón de ello, me pidió que le

 

escuchase con paciencia sobre un asunto que tocaba muy de cerca a mi honor y a mi vida. Su discurso fue

 

así concebido, pues tomé notas de él tan pronto como quedé solo.

 

 -Habéis de saber -dijo- que recientemente se han reunido varias comisiones de consejo con el mayor

 

secreto y sois vos el motivo; y hace no más que dos días que Su Majestad ha tomado una resolución

 

definitiva. Sabéis muy bien que Skyresh Bolgolam, galvet -o sea almirante-, ha sido vuestro mortal enemigo

 

casi desde que llegasteis. No sé las razones en que se funde; pero su odio ha aumentado a partir de

 

vuestra gran victoria contra Blefuscu, con la cual su gloria como almirante está muy obscurecida. Este

 

señor, en unión de Flimnap, el gran tesorero -cuya enemiga contra vos es notoria a causa de su señora-;

 

Limtoc, el general; Lalcon, el chambelán, y Balmull, el gran justicia, han redactado en contra vuestra

 

artículos de acusación por traición y otros crímenes capitales.

 

 Este prefacio me alteró en tales términos, consciente como estaba yo de mis merecimientos y mi

 

inocencia, que estuve a punto de interrumpir, cuando él me suplicó que guardara silencio, y prosiguió de

 

esta suerte:

 

 -Llevado de la gratitud por los favores que me habéis dispensado, me procuré informes de todo el

 

proceso y una copia de los artículos, con lo cual arriesgué mi cabeza en servicio vuestro.

 

ARTÍCULOS DE ACUSACIÓN CONTRA QUINBUS FLESTRIN (EL HOMBRE-MONTAÑA)

 

Artículo I

 

 «Que el citado Quinbus Flestrin, habiendo traído la flota imperial de Blefuscu al puerto real, y habiéndole

 

después ordenado Su Majestad Imperial capturar todos los demás barcos del citado imperio de Blefuscu y

 

reducir aquel imperio a la condición de provincia, que gobernase un virrey nuestro, y destruir y dar muerte

 

no sólo a todos los desterrados anchoextremistas, sino asimismo a toda la gente de aquel imperio que no

 

abjurase inmediatamente de la herejía anchoextremista, él, el citado Flestrin, como un desleal traidor contra

 

Su Muy Benigna y Serena Majestad Imperial, pidió ser excusado del citado servicio bajo el pretexto de

 

repugnancia a forzar conciencias y a destruir las libertades y las vidas de pueblos inocentes.

 

Artículo II

 

 »Que siendo así que determinados embajadores llegaron de la corte de Blefuscu a pedir paz a la corte

 

de Su Majestad, el citado Flestrin, como un desleal traidor, ayudó, patrocinó, alentó y advirtió a los citados

 

embajadores, aunque sabía que se trataba de servidores de un príncipe que recientemente había sido

 

enemigo declarado de Su Majestad Imperial y estado en guerra declarada contra su citada Majestad.

 

Artículo III

 

 »Que el citado Quinbus Flestrin, en contr a de los deberes de todo súbdito fiel, se dispone actualmente a

 

hacer un viaje a la corte e imperio de Blefuscu, para lo cual sólo ha recibido permiso verbal de Su Majestad

 

Imperial, y so color del citado permiso pretende deslealmente y traidoramente emprender el citado viaje, y,

 

en consecuencia, ayudar, alentar y patrocinar al emperador de Blefuscu, tan recientemente enemigo y en

 

guerra declarada con Su Majestad Imperial antedicha.

 

 »Hay algunos otros artículos, pero éstos son los mas importantes, y de ellos os he leído un extracto.

 

 »En el curso de los varios debates habidos en esta acusación hay que reconocer que Su Majestad dio

 

numerosas muestras de su gran benignidad, invocando con frecuencia los servicios que le habíais prestado

 

y tratando de atenuar vuestros crímenes. El tesorero y el almirante insistieron en que se os debería dar la

 

muerte más cruel e ignominiosa, poniendo fuego a vuestra casa durante la noche y procediendo el general

 

con veinte mil hombres armados de flechas envenenadas a disparar contra vos, apuntando a la cara y a las

 

manos. Algunos servidores vuestros debían recibir orden secreta de esparcir en vuestras camisas y

 

sábanas un jugo venenoso que pronto os haría desgarrar vuestras propias carnes con vuestras manos y

 

morir en la más espantosa tortura. El general se sumó a esta opinión, así que durante largo plazo hubo

 

mayoría en contra vuestra; pero Su Majestad, resuelto a salvaros la vida si era posible, pudo por último

 

disuadir al chambelán.

 

 »Reldresal, secretario principal de Asuntos Privados, que siempre se proclamó vuestro amigo verdadero,

 

fue requerido por el emperador para que expusiera su opinión sobre este punto, como así lo hizo, y con ello

 

acreditó el buen concepto en que le tenéis. Convino en que vuestros crímenes eran grandes, pero que, no

 

obstante, había lugar para la gracia, la más loable virtud en los príncipes, y por la cual Su Majestad era tan

 

justamente alabado. Dijo que la amistad entre vos y él era tan conocida en todo el mundo, que quizá el

 

ilustrísimo tribunal tuviera su juicio por interesado. Sin embargo, obedeciendo al mandato que había

 

recibido, descubriría libremente sus sentimientos. Si Su Majestad, en consideración a vuestros servicios y

 

siguiendo su clemente inclinación, se dignara dejaros la vida y dar orden solamente de que os sacaran los

 

dos ojos, él suponía, salvando los respetos, que con esta medida la justicia quedaría en cierto modo

 

satisfecha y todo el mundo aplaudiría la benignidad del emperador, así como la noble y generosa conducta

 

de quienes tenían el honor de ser sus consejeros. La pérdida de vuestros ojos -argumentaba él- no serviría

 

de impedimento a vuestra fuerza corporal, con la que aun podíais ser útil a Su Majestad. La ceguera

 

aumenta el valor ocultándonos los peligros, y el miedo que tuvisteis por vuestros ojos os fue la mayor

 

dificultad para traer la flota enemiga. Y, finalmente, que os sería bastante ver por los ojos de los ministros,

 

ya que los más grandes príncipes no suelen hacer de otro modo.

 

 

 

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 »Esta proposición fue acogida con la desaprobación mas completa por toda la Junta. Bolgolam, el

 

almirante, no pudo contener su cólera, antes bien, levantándose enfurecido, dijo que se admiraba de cómo

 

un secretario se atrevía a dar una opinión favorable a que se respetase la vida de un traidor, que los

 

servicios que habíais hecho eran, según todas las verdaderas razones de Estado, la mayor agravación de

 

vuestros crímenes; que la misma fuerza que os permitió traer la flota enemiga podría serviros para

 

devolverla al primer motivo de descontento; que tenía firmes razones para pensar que erais un

 

estrechoextremista en el fondo de vuestro corazón, y que, como la traición comienza en el corazón antes de

 

manifestarse en actos descubiertos, él os acusaba de traidor con este motivo, e insistía, por tanto, en que

 

se os diera la muerte.

 

 »El tesorero fue de la misma opinión. Expuso a qué estrecheces se veían reducidas las rentas de Su

 

Majestad por la carga de manteneros, que pronto habría llegado a ser insoportable, y aun añadió que la

 

medida propuesta por el secretario, de sacaros los ojos, lejos de remediar este mal lo aumentaría, como lo

 

hace manifiesto la práctica acostumbrada de cegar a cierta clase de aves, que así comen más de prisa y

 

engordan más pronto. A su juicio, Su Sagrada Majestad y el Consejo, que son vuestros jueces, estaban en

 

conciencia plenamente convencidos de vuestra culpa, lo que era suficiente argumento para condenaros a

 

muerte sin las pruebas formales requeridas por la letra estricta de la ley.

 

 »Pero Su Majestad Imper ial, resueltamente dispuesto en contra de la pena capital, se dignó

 

graciosamente decir que, cuando al Consejo le pareciese la pérdida de vuestros ojos un castigo demasiado

 

suave, otros había que poderos infligir después. Y vuestro amigo el secretario, pidiendo humildemente ser

 

oído otra vez, en respuesta a lo que el tesorero había objetado en cuanto a la gran carga que pesaba sobre

 

su Majestad con manteneros, dijo que Su Excelencia, que por sí solo disponía de las rentas del emperador,

 

podía fácilmente prevenir este mal con ir aminorando vuestra asignación, de modo que, falto de

 

alimentación suficiente, fuerais quedándoos flojo y extenuado, perdierais el apetito y os consumierais en

 

pocos meses. Tampoco sería entonces -tan peligroso el hedor de vuestro cadáver, reducido como estaría a

 

menos de la mitad; e inmediatamente después de vuestra muerte, cinco o seis mil súbditos de Su Majestad

 

podían en dos o tres días quitar toda vuestra carne de vuestros huesos, transportarla a carretadas y

 

enterrarla en diferentes sitios para evitar infecciones, dejando el esqueleto como un monumento de

 

admiración para la posteridad.

 

 »De este modo, gracias a la gran amistad del secretario, quedó concertado el asunto. Se encargó

 

severamente que el proyecto de mataros de hambre poco a poco se mantuviera secreto; pero la sentencia

 

de sacaros los ojos había de trasladarse a los libros; no disintiendo ninguno, excepto Bolgolam, el almirante,

 

quien, hechura de la emperatriz, era continuamente instigado por ella para insistir en vuestra muerte.

 

 »En un plazo de tres días vuestro amigo el secretario recibirá el encargo de venir a vuestra casa y leeros

 

los artículos de acusación, y luego daros a conocer la gran clemencia y generosidad de Su Majestad y de su

 

Consejo, gracias a la cual se os condena solamente a la pérdida de los ojos, a lo que Su Majestad no duda

 

que os someteréis agradecida y humildemente. Veinte cirujanos de Su Majestad, para que la operación se

 

lleve a efecto de buen modo, procederán a descargaros afiladísimas flechas en las niñas de los ojos

 

estando vos tendido en el suelo.

 

 »Dejo a vuestra prudencia qué medidas debéis tomar; y, para evitar sospechas, me vuelvo

 

inmediatamente con el mismo secreto que he venido.»

 

 Así lo hizo su señoría, y yo quedé solo, sum ido en dudas y perplejidades.

 

 Era costumbre introducida por este príncipe y su Ministerio -muy diferente, según me aseguraron, de las

 

prácticas de tiempos anteriores- que una vez que la corte había decretado una ejecución cruel fuese para

 

satisfacer el resentimiento del monarca o la mala intención de un favorito-, el emperador pronunciase un

 

discurso a su Consejo en pleno exponiendo su gran clemencia y ternura, cualidades sabidas y confesadas

 

por el mundo entero. Este discurso se publicaba inmediatamente por todo el reino, y nada aterraba al

 

pueblo tanto como estos encomios de la clemencia de Su Majestad, porque se había observado que cuando

 

más se aumentaban estas alabanzas y se insistía en ellas, más inhumano era el castigo y más inocente la

 

víctima. Y en cuanto a mí, debo confesar que, no estando designado para cortesano ni por nacimiento ni por

 

educación, era tan mal juez en estas cosas, que no pude descubrir la clemencia ni la generosidad de esta

 

sentencia; antes bien, la juzgué -quizá erróneamente- más rigurosa que suave. A veces pensaba en tomar

 

mi defensa en el proceso; pues, aun cuando no podía negar los hechos alegados en los varios artículos,

 

confiaba en que pudieran admitir alguna atenuación. Pero habiendo examinado en mi vida atentamente

 

muchos procesos de Estado y visto siempre que terminaban según a los jueces convenía, no me atreví a

 

confiarme a tan peligrosa determinación en coyuntura tan crítica y frente a enemigos tan poderosos. En una

 

ocasión me sentí fuertemente inclinado a la resistencia, ya que, estando en libertad como estaba,

 

difícilmente hubiera podido someterme toda la fuerza de aquel imperio, y yo podía sin trabajo hacer trizas a

 

pedradas la metrópoli; pero en seguida rechacé este proyecto con horror al recordar el juramento que había

 

hecho al emperador, los favores que había recibido de él y el alto título de nardac que me había conferido.

 

No había aprendido la gratitud de los cortesanos tan pronto que pudiera persuadirme a mí mismo de que las

 

presentes severidades de Su Majestad me relevaban de todas las obligaciones anteriores.

 

 Por fin tomé una resolución que es probable que me valga algunas censuras, y no injustamente, pues

 

confieso que debo el conservar mis ojos, y por lo tanto mi libertad, a mi grande temeridad y falta de

 

experiencia; porque si yo hubiese conocido entonces la naturaleza de los príncipes y los ministros como

 

 

 

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luego la he observado en otras muchas cortes, y sus sistemas de tratar a criminales menos peligrosos que

 

yo, me hubiera sometido a pena tan suave con gran alegría y diligencia. Pero empujado por la precipitación

 

de la juventud y disponiendo del permiso de Su Majestad Imperial para rendir homenaje al emperador de

 

Blefuscu, aproveché esta oportunidad antes de que transcurriesen los tres días para enviar una carta a mi

 

amigo el secretario comunicándole mi resolución de partir aquella misma mañana para Blefuscu,

 

ateniéndome a la licencia que había recibido; y sin aguardar respuesta, marché a la parte de la isla donde

 

estaba nuestra flota. Cogí un gran buque de guerra, até un cable a la proa, y después de levar anclas me

 

desnudé, puse mis ropas -juntas con mi colcha, que me había llevado bajo el brazo- en el buque, y, tirando

 

de él, ya vadeando, ya nadando, llegué al puerto de Blefuscu, donde las gentes llevaban esperándome

 

largo tiempo.

 

 Me enviaron dos guías para que me encaminasen a la capital que lleva el mismo nombre. Los llevé en

 

las manos hasta que llegué a doscientas yardas de las puertas y les rogué que comunicasen mi llegada a

 

uno de los secretarios y le hiciesen saber que esperaba allí las órdenes de Su Majestad. Al cabo de una

 

hora obtuve respuesta de que Su Majestad, acompañado de la familia real y de los magnates de la corte,

 

salía a recibirme. Avancé cien yardas. El emperador y su comitiva se apearon de sus caballos, la emperatriz

 

y las damas de sus coches, y no advertí en ellos temor ni inquietud alguna. Me acosté en el suelo para

 

besar la mano de Su Majestad y de la emperatriz. Dije a Su Majestad que había ido en cumplimiento de mi

 

promesa y con permiso del emperador, mi dueño, a tener el honor de ver a un monarca tan poderoso y de

 

ofrecerle cualquier servicio de que yo fuese capaz y se aviniese con mis deberes hacia mi propio príncipe,

 

no diciendo una palabra acerca de la desgracia en que había caído, puesto que a la sazón no tenía yo

 

informes ofíciales de ella y podía fingirme por completo ignorante de tal designio. Ni tampoco podía

 

razonablemente pensar que el emperador descubriese el secreto estando yo fuera de su alcance, en lo que

 

no obstante, bien pronto pude echar de ver que me engañaba.

 

 No he de molestar al lector con la relación detallada de mi recibimiento en esta corte, que fue como

 

convenía a la generosidad de tan gran príncipe, ni las dificultades en que me encontré por falta de casa y

 

lecho, y que me redujeron a dormir en el suelo envuelto en mi colcha.

 

Capítulo VIII

 

El autor, por un venturoso accidente, encuentra modo de abandonar Blefuscu. -Después de varias

 

dificultades, vuelve sano y salvo a su país natal.

 

 Tres días después de mi llegada, paseando por curiosidad hacia la costa nordeste de la isla, descubrí,

 

como a media legua dentro del mar, algo que parecía como un bote volcado. Me quité los zapatos y las

 

medias, y, vadeando dos o trescientas yardas, vi que el objeto iba aproximándose por la fuerza de la marea,

 

y luego reconocí claramente ser, en efecto, un bote, que supuse podría haber arrastrado de un barco alguna

 

tempestad. Con esto, volví inmediatamente a la ciudad y supliqué a Su Majestad Imperial que me prestase

 

veinte de las mayores embarcaciones que le quedaron después de la pérdida de su flota y tres mil

 

marineros, bajo el mando del vicealmirante. Esta flota se hizo a la vela y avanzó costeando, mientras yo

 

volvía por el camino más corto al punto desde donde primero descubriera el bote; encontré que la marea lo

 

había acercado más todavía. Todos los marineros iban provistos de cordaje que yo de antemano había

 

trenzado para darle suficiente resistencia. Cuando llegaron los barcos me desnudé y vadeé hasta

 

acercarme como a cien yardas del bote, después de lo cual tuve que nadar hasta alcanzarlo. Los marineros

 

me arrojaron el cabo de la cuerda, que yo amarré a un agujero que tenía el bote en su parte anterior, y até

 

el otro cabo a un buque de guerra. Pero toda mi tarea había sido inútil, pues como me cubría el agua no

 

podía trabajar. En este trance me vi forzado a nadar detrás y dar empujones al bote hacia adelante lo más

 

frecuentemente que podía con una de las manos; y como la marea me ayudaba, avancé tan de prisa, que

 

en seguida hice pie y pude sacar la cabeza. Descansé dos o tres minutos y luego di al bote otro empujón, y

 

así continué hasta que el agua no me pasaba de los sobacos; y entonces, terminada ya la parte más

 

trabajosa, tomé los otros cables, que estaban colocados en uno de los buques, y los amarré primero al bote

 

y después a nueve de los navíos que me acompañaban. El viento nos era favorable, y los marineros

 

remolcaron y yo empujé hasta que llegamos a cuarenta yardas de la playa, y, esperando a que bajase la

 

marea, fuí a pie enjuto adonde estaba el bote, y con la ayuda de dos mil hombres con cuerdas y máquinas

 

me di traza para restablecerlo en su posición normal, y vi que sólo estaba un poco averiado.

 

 No he de molestar al lector relatando las dificultades en que me hallé para, con ayuda de ciertos

 

canaletes, cuya hechura me llevó diez días, conducir mi bote al puerto real de Blefuscu, donde se reunió a

 

mi llegada enorme concurrencia de gentes, llenas del asombro en presencia de embarcación tan colosal.

 

Dije al emperador que mi buena fortuna había puesto este bote en mi camino como para trasladarme a

 

algún punto desde donde pudiese volver a mi tierra natal, y supliqué de Su Majestad órdenes para que se

 

me facilitasen materiales con que alistarlo, así como su licencia para partir, lo que después de algunas

 

reconvenciones de cortesía se dignó concederme.

 

 En todo este tiempo se me hacía maravilla no tener noticia de que nuestro emperador hubiese enviado

 

algún mensaje referente a mí a la corte de Blefuscu; pero después me hicieron saber secretamente que Su

 

 

 

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Majestad Imperial, no imaginando que yo tuviera el menor conocimiento de su propósito, creía que sólo

 

había ido a Blefuscu en cumplimiento de mi promesa, de acuerdo con el permiso que él me había dado y

 

era notorio en nuestra corte, y que regresaría a los pocos días, cuando la ceremonia terminase. Mas

 

sintióse, al fin, inquietado por mi larga ausencia, y, luego de consultar con el tesorero y el resto de aquella

 

cábala, se despachó a una persona de calidad con la copia de los artículos dictados en contra mía. Este

 

enviado llevaba instrucciones para exponer al monarca de Blefuscu la gran clemencia de su señor, que se

 

contentaba con castigarme no más que a la pérdida de los ojos, así como que yo había huido de la justicia y

 

sería despojado de mi título de nardac y declarado traidor si no regresaba en un plazo de dos horas. Agregó

 

además el enviado que su señor esperaba que, a fin de mantener la paz y la amistad entre los dos imperios,

 

su hermano de Blefuscu daría orden de que me devolviesen a Liliput sujeto de pies y manos, para ser

 

castigado como traidor.

 

 El emperador de Blefuscu, que se tomó tres días para consultar, dio una respuesta consistente en

 

muchas cortesías y excusas. Decía que por lo que tocaba a enviarme atado, su hermano sabía muy bien

 

que era imposible; que aun cuando yo le había despojado de su flota, no obstante, él me estaba muy

 

obligado por los muchos buenos oficios que le había dispensado al concertarse la paz; que, sin embargo,

 

sus dos majestades podían quedar pronto tranquilas, por cuanto yo había encontrado en la costa una

 

colosal embarcación capaz de llevarme por mar, la cual había él dado orden de alistar con mi propia ayuda

 

y dirección, y así confiaba en que dentro de pocas semanas ambos imperios se verían libres de carga tan

 

insoportable.

 

 Con esta respuesta se volvió a Liliput el enviado. El monarca de Blefuscu me refirió todo lo acontecido,

 

ofreciéndome al mismo tiempo -pero en el seno de la más estrecha confianza- su graciosa protección si

 

quería continuar a su servicio. Pero en este punto, aun cuando yo creía sus palabras sinceras, resolví no

 

volver a depositar confianza en príncipes ni ministros mientras me fuera posible evitarlo; y así, con todo el

 

reconocimiento debido a sus generosas intenciones, le supliqué humildemente que me excusase. Le dije

 

que ya que la fortuna, por bien o por mal, había puesto una embarcación en mi camino, estaba resuelto a

 

aventurarme en el Océano antes que ser ocasión de diferencias entre dos monarcas tan poderosos.

 

Tampoco encontré que el emperador mostrase el menor disgusto, y descubrí, gracias a cierto incidente, que

 

estaba muy contento de mi resolución, lo mismo que la mayor parte de sus ministros.

 

 Estas consideraciones me movieron a apresurar mi marcha algo más de lo que yo tenía pensado; a lo

 

que la corte, impaciente por verme partir, contribuyó con gran diligencia. Se dedicaron quinientos obreros a

 

hacer dos velas para mi bote, según instrucciones mías, disponiendo en trece dobleces el más fuerte de sus

 

lienzos. Pasé grandes trabajos para hacer cuerdas y cables, trenzando diez, veinte o treinta de los más

 

fuertes de los suyos. Una gran piedra que vine a hallar después de larga busca por la playa me sirvió de

 

ancla. Me dieron el sebo de trescientas vacas para engrasar el bote y para otros usos. Pasé trabajos

 

increíbles para cortar algunos de los mayores árboles de construcción con que hacerme remos y mástiles,

 

tarea en que me auxiliaron mucho los armadores de Su Majestad, ayudándome a alisarlos una vez que yo

 

había hecho el trabajo más duro.

 

 Tran scurrido como un mes, cuando todo estuvo dispuesto, envié a ponerme a las órdenes del emperador

 

y a pedirle licencia para partir. El emperador y la familia real salieron del palacio; me acosté, juntando la

 

cara al suelo, para besar su mano, que él muy graciosamente me alargó, y otro tanto hicieron la emperatriz

 

y los jóvenes príncipes de la sangre. Su Majestad me obsequió con cincuenta bolsas de a doscientos

 

sprugs cada una, con más un retrato suyo de tamaño natural, que yo coloqué inmediatamente dentro de

 

uno de mis guantes para que no se estropeara. Las ceremonias que se celebraron a mi partida fueron

 

demasiadas para que moleste ahora al lector con su relato.

 

 Abastecí el bote con un centenar de bueyes y trescientos carneros muertos, pan y bebida en pr oporción

 

y tanta carne ya aderezada como pudieron procurarme cuatrocientos cocineros. Tomé conmigo seis vacas y

 

dos toros vivos, con otras tantas ovejas y moruecos, proyectando llevarlos a mi país y propagar la casta. Y

 

para alimentarlos a bordo cogí un buen haz de heno y un saco de grano. De buena gana me hubiese

 

llevado una docena de los pobladores pero ésta fue cosa que el emperador no quiso en ningún modo

 

permitir; y además de un diligente registro que en mis bolsillos se practicó, Su Majestad me hizo prometer

 

por mi honor que no me llevaría a ninguno de sus súbditos, a menos que mediase su propio consentimiento

 

y deseo.

 

 Preparado así todo lo mejor que pude, me di a la vela el 24 de septiembre de 1701, a las seis de la

 

mañana; y cuando había andado unas cuatro leguas en dirección Norte, con viento del Sudeste, a las seis

 

de la tarde divisé una pequeña isla, como a obra de media legua al Noroeste. Avancé y eché el ancla en la

 

costa de sotavento de la isla, que parecía estar inhabitada. Tomé algún alimento y me dispuse a descansar.

 

Dormí bien y, según calculé, seis horas por lo menos, pues el día empezó a clarear a las dos horas de

 

haberme despertado. Hacía una noche clara. Tomé mi desayuno antes de que saliera el sol, y levando

 

ancla, con viento favorable, tomé el mismo rumbo que había llevado el día anterior, en lo que me guié por

 

mi brújula de bolsillo. Era mi intención arribar, a ser posible, a una de las islas que yo tenía razones para

 

creer que había al Nordeste de la tierra de Van Dieme. En todo aquel día no descubrí nada; pero el

 

siguiente, sobre las tres de la tarde, cuando, según mis cálculos, había hecho veinticuatro leguas desde

 

Blefuscu, divisé una vela que navegaba hacia el Sudeste; mi rumbo era Levante. La saludé a la voz, sin

 

obtener respuesta; aprecié, no obstante, que le ganaba distancia, porque amainaba el viento. Tendí las

 

 

 

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velas cuanto pude, y a la media hora, habiéndome divisado, enarboló su enseña y disparé un cañonazo.No

 

es fácil de expresar la alegría que experimenté ante la inesperada esperanza de volver a ver a mi amado

 

país y a las prendas queridas que en él había dejado. Amainó el navío sus velas, y yo le alcancé entre cinco

 

y seis de la tarde del 26 de septiembre; el corazón me saltaba en el pecho viendo su bandera inglesa. Me

 

metí las vacas y los carneros en los bolsillos de la casaca y salté a bordo con todo mi pequeño cargamento

 

de provisiones. El navío era un barco mercante inglés que volvía del Japón por los mares del Norte y del

 

Sur, y su capitán, Mr. John Biddel, de Deptford, hombre muy amable y marinero excelente. Nos hallábamos

 

a la sazón a la latitud de 30 grados Sur; había unos cincuenta hombres en el barco y allí encontré a un

 

antiguo camarada mío, un tal Peter Williams, que me recomendó muy bien al capitán. Este caballero me

 

trató con toda cortesía y me rogó que le diese a conocer cuál era el sitio de donde venía últimamente y

 

adónde debía dirigirme, lo que yo hice en pocas palabras; pero él pensó que yo desvariaba y que los

 

peligros porque había pasado me habían vuelto el juicio. Entonces saqué del bolsillo mi ganado vacuno y

 

mis carneros, y por ellos, después de asombrarse grandemente, quedó del todo convencido de mi

 

veracidad. Le enseñé después el oro que me había dado el emperador de Blefuscu, así como el retrato de

 

tamaño natural de Su Majestad y algunas otras curiosidades de aquel país. Le di dos bolsas de doscientos

 

sprugs, y le prometí que en llegando a Inglaterra le regalaría una vaca y una oveja preñadas.

 

 No he de molestar al lector con la relación detalla da de este viaje, que fue en su mayor parte muy

 

próspero. Llegamos a las Dunas el 13 de abril de 1702. Sólo tuve una desgracia, y fue que las ratas de a

 

bordo me llevaron uno de los dos carneros; encontré sus huesos en un agujero, completamente mondados

 

de carne. El resto de mi ganado lo saqué salvo a tierra y le di a pastar en una calle de césped de los

 

jardines de Greenwich, donde la finura de la hierba les hizo comer con muy buena gana, en contra de lo que

 

yo había temido. Y tampoco me hubiera sido posible conservarlo durante tan largo viaje si el capitán no me

 

hubiese cedido parte de su mejor bizcocho, que, reducido a polvo y amasado con agua, fue su alimento

 

constante. El poco tiempo que estuve en Inglaterra, obtuve considerable provecho de enseñar mi ganado a

 

numerosas personas de calidad y a otras, y antes de emprender mi segundo viaje lo vendí por seiscientas

 

libras. A mi último regreso he encontrado que la casta ha aumentado considerablemente, especialmente los

 

carneros; y espero que ello será muy en ventaja de la manufactura lanera, a causa de la finura del vellón.

 

 Sólo estuve dos meses con mi mujer y mis hijos, pues mi deseo insaciable de ver países extraños no

 

podía permitirme continuar más. Dejé a mi mujer mil quinientas libras y la instalé en una buena casa de

 

Recriff. El resto de mis reservas lo llevé conmigo, parte en dinero, parte en mercancías, con esperanza de

 

aumentar mi fortuna. El mayor de mis tíos, Juan, me había dejado una hacienda en tierras, cerca de Epping,

 

de unas treinta libras al año, y yo tenía un buen arrendamiento del Black Bull en Fetter Lane, que me rendía

 

otro tanto; así que no corría el peligro de dejar mi gente a la caridad de la parroquia.

 

 Mi hijo Juanito, que se llamaba así por su tío, estaba en la Escuela de Gra mática y era aún muchacho.

 

Mi hija Betty -hoy casada y con hijos- aprendía entonces a bordar. Me despedí de mi mujer, mi niño y mi

 

niña, con lágrimas por ambas partes, y pasé a bordo del Adventure, barco mercante de trescientas

 

toneladas, destinado para Surat, mandado por el capitán John Nicholas, de Liverpool.

 

 Pero la relación de esta travesía debo remitirla a la segunda parte de mis viajes.

 

FINAL DE LA PRIMERA PARTE

 

Segunda parte

 

Un viaje a Brobdingnag

 

Capítulo primero

 

Descripción de una gran tempestad. -Envían la lancha en busca de agua: el autor va en ella a hacer

 

descubrimientos en el país. -Le dejan en la playa; es apresado por uno de los naturales y llevado a casa de

 

un labrador. -Su recibimiento allí, con varios incidentes que le acontecieron. -Descripción de los habitantes.

 

 Condenado por mi natu raleza y por mi suerte a una vida activa y sin reposo, dos meses después de mi

 

regreso volví a dejar mi país natal y me embarqué en las Dunas el 20 de junio de 1702, a bordo del

 

Adventure, navío mandado por el capitán John Nicholas, de Liverpool, y destinado para Surat. Tuvimos muy

 

buen viento hasta que llegamos al Cabo de Buena Esperanza, donde tomamos tierra para hacer aguada;

 

pero habiéndose abierto una vía de agua en el navío, desembarcamos nuestras mercancías e invernamos

 

allí, pues atacado el capitán de una fiebre intermitente, no pudimos dejar el Cabo hasta fines de marzo.

 

Entonces nos dimos a la vela, y tuvimos buena travesía hasta pasar los estrechos de Madagascar; pero ya

 

hacia el Norte de esta isla, y a cosa de cinco grados Sur de latitud, los vientos, que se ha observado que en

 

aquellos mares soplan constantes del Noroeste desde principios de diciembre hasta principios de mayo,

 

comenzaron el 9 de abril a soplar con violencia mucho mayor y más en dirección Oeste que de costumbre.

 

Siguieron así por espacio de veinte días, durante los cuales fuimos algo arrastrados al Este de las islas

 

Molucas y unos tres grados hacia el Norte de la línea, según comprobó nuestro capitán por observaciones

 

 

 

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hechas el 2 de mayo, tiempo en que el viento cesó y vino una calma absoluta, de la que yo me regocijé no

 

poco. Pero el patrón, hombre experimentado en la navegación por aquellos mares, nos previno para que

 

nos dispusiéramos a guardarnos de la tempestad, que, en efecto, se desencadenó al día siguiente, pues

 

empezó a formalizarse el viento llamado monzón del Sur.

 

 Creyendo que la borrasca pasaría, cargamos la cebadera y nos dispusimos para aferrar el trinquete;

 

pero, en vista de lo contrario del tiempo, cuidamos de sujetar bien las piezas de artillería y aferramos la

 

mesana. Como estábamos muy enmarados, creímos mejor correr el tiempo con mar en popa que no capear

 

o navegar a palo seco. Rizamos el trinquete y lo cazamos. El timón iba a barlovento. El navío se portaba

 

bravamente. Largamos la cargadera de trinquete; pero la vela se rajó y arriamos la verga; y una vez dentro

 

la vela, la desaparejamos de todo su laboreo. La tempestad era horrible; la mar se agitaba inquietante y

 

amenazadora. Se afirmaron los aparejos reales y reforzamos el servicio del timón. No calamos los

 

masteleros, sino que los dejamos en su lugar, porque el barco corría muy bien con mar en en popa y

 

sabíamos que con los masteleros izados el buque no sufría y surcaba el mar sin riesgo. Cuando pasó la

 

tempestad largamos el nuevo trinquete y nos pusimos a la capa; luego largamos la mesana, la gavia y el

 

velacho. Llevábamos rumbo Nordeste con viento Sudoeste. Amuramos a estribor, saltamos las brazas y

 

amantillos de barlovento, cazamos las brazas de sotavento, halamos de las bolinas y las amarramos; se

 

amuró la mesana y gobernamos a buen viaje en cuanto nos fue posible.

 

 Durante esta tempestad, a la que siguió un fuerte vendaval Oeste, fuimos arrastrados, según mi cálculo,

 

a unas quinientas leguas al Este; así, que el marinero más viejo de los que estaban a bordo no podía decir

 

en qué parte del mundo nos hallábamos. Teníamos aún bastantes provisiones, nuestro barco estaba sano

 

de quilla y costados y toda la tripulación gozaba de buena salud; pero sufríamos la más terrible escasez de

 

agua. Creímos mejor seguir el mismo rumbo que no virar más hacia el Norte, pues esto podría habernos

 

llevado a las regiones noroeste de la Gran Tartaria y a los mares helados.

 

 El 16 de junio de 1703 un grumete descubrió tierra desde el mastelero. El 17 dimos vista de lleno a una

 

gran isla o continente -que no sabíamos cuál de ambas cosas fuera-, en cuya parte sur había una pequeña

 

lengua detierra que avanzaba en el mar y una ensenada sin fondo bastante para que entrase un barco de

 

más de cien toneladas. Echamos el ancla a una legua de esta ensenada, y nuestro capitán mandó en una

 

lancha a una docena de hombres bien armados con vasijas para agua, por si pudieran encontrar alguna. Le

 

pedí licencia para ir con ellos, a fin de ver el país y hacer algún descubrimiento a serme posible. Al llegar a

 

tierra no hallamos río ni manantial alguno, así como tampoco señal de habitantes. En vista de ello, nuestros

 

hombres recorrieron la playa en varios sentidos para ver si encontraban algo de agua dulce cerca del mar, y

 

yo anduve solo sobre una milla por el otro lado, donde encontré el suelo desnudo y rocoso. Empecé a

 

sentirme cansado, y no divisando nada que despertase mi curiosidad, emprendí despacio el regreso a la

 

ensenada; como tenía a la vista el mar, pude advertir que nuestros hombres habían reembarcado en el bote

 

y remaban desesperadamente hacia el barco. Ya iba a gritarles, aunque de nada hubiera servido, cuando

 

observé que iba tras ellos por el mar una criatura enorme corriendo con todas sus fuerzas. Vadeaba con

 

agua poco más que a la rodilla y daba zancadas prodigiosas; pero nuestros hombres le habían tomado

 

media legua de delantera, y como el mar por aquellos contornos estaba lleno de rocas puntiagudas, el

 

monstruo no pudo alcanzar el bote. Esto me lo dijeron más tarde, porque yo no osé quedarme allí para ver

 

el desenlace de la aventura; antes al contrario, tomé a todo correr otra vez el camino que antes había

 

llevado y trepé a un escarpado cerro desde donde se descubría alguna perspectiva del terreno. Estaba

 

completamente cultivado; pero lo que primero me sorprendió fue la altura de la hierba, que en los campos

 

que parecían destinarse para heno alcanzaba unos veinte pies de altura.

 

 Fuí a dar en una carretera, que por tal la tuve yo, aunque a los habitantes les servía sólo de vered a a

 

través de un campo de cebada. Anduve por ella algún tiempo sin ver gran cosa por los lados, pues la

 

cosecha estaba próxima y la mies levantaba cerca de cuarenta pies. Me costó una hora llegar al final de

 

este campo, que estaba cercado con un seto de lo menos ciento veinte pies de alto; y los árboles eran tan

 

elevados, que no pude siquiera calcular su altura. Había en la cerca para pasar de este campo al inmediato

 

una puerta con cuatro escalones para salvar el desnivel y una piedra que había que trasponer cuando se

 

llegaba al último. Me fue imposible trepar esta gradería, porque cada escalón era de seis pies de alto, y la

 

piedra última, de más de veinte. Andaba yo buscando por el cercado algún boquete, cuando descubrí en el

 

campo inmediato, avanzando hacia la puerta, a uno de los habitantes, de igual tamaño que el que había

 

visto en el mar persiguiendo nuestro bote. Parecía tan alto como un campanario de mediana altura y

 

avanzaba de cada zancada unas diez yardas por lo que pude apreciar. Sobrecogido de terror y asombro,

 

corrí a esconderme entre la mies, desde donde le vi detenerse en lo alto de la escalera y volverse a mirar al

 

campo inmediato hacia la derecha, y le oí llamar con una voz muchísimo más potente que si saliera de una

 

bocina; pero el ruido venía de tan alto, que al pronto creí ciertamente que era un trueno. Luego de esto,

 

siete monstruos como él se le aproximaron llevando en las manos hoces, cada una del grandor de seis

 

guadañas. Estos hombres no estaban tan bien ataviados como el primero y debían de ser sus criados o

 

trabajadores, porque a algunas palabras de él se dirigieron a segar la mies del campo en que yo me

 

hallaba. Me mantenía de ellos a la mayor distancia que podía, aunque para moverme encontraba dificultad

 

extrema porque los tallos de la mies no distaban más de un pie en muchos casos, de modo que apenas

 

podía deslizar mi cuerpo entre ellos. No obstante, me di traza para ir avanzando hasta que llegué a una

 

parte del campo en que la lluvia y el viento habían doblado la mies. Aquí me fue imposible adelantar un

 

 

 

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paso, pues los tallos estaban de tal modo entretejidos, que no podía escurrirme entre ellos, y las aristas de

 

las espigas caídas eran tan fuertes y puntiagudas, que a través de las ropas se me clavaban en las carnes.

 

Al mismo tiempo oía a los segadores a no más de cien yardas tras de mí. Por completo desalentado en la

 

lucha y totalmente rendido por la pesadumbre y la desesperación, me acosté entre dos caballones,

 

deseando muy de veras encontrar allí el término de mis días. Lloré por mi viuda desolada y por mis hijos

 

huérfanos de padre; lamenté mi propia locura y terquedad al emprender un segundo viaje contra el consejo

 

de todos mis amigos y parientes. En medio de esta terrible agitación de ánimo, no podía por menos de

 

pensar en Liliput, cuyos habitantes me miraban como el mayor prodigio que nunca se viera en el mundo,

 

donde yo había podido llevarme de la mano una flota imperial y realizar aquellas otras hazañas que serán

 

recordadas por siempre en las crónicas de aquel imperio y que la posteridad se resistirá a creer, aunque

 

atestiguadas por millones de sus antecesores. Reflexionaba yo en la mortificación que para mí debía

 

representar aparecer tan insignificante en esta nación como un simple liliputiense aparecería entre nosotros;

 

pero ésta pensaba que había de ser la última de mis desdichas, pues si se ha observado en las humanas

 

criaturas que su salvajismo y crueldad están en proporción de su corpulencia, ¿qué podía yo esperar sino

 

ser engullido por el primero de aquellos enormes bárbaros que acertase a atraparme? Indudablemente los

 

filósofos están en lo cierto cuando nos dicen que nada es grande ni pequeño sino por comparación. Pudiera

 

cumplir a la suerte que los liliputienses encontrasen alguna nación cuyos pobladores fuesen tan diminutos

 

respecto de ellos como ellos respecto de nosotros. ¿Y quién sabe si aun esta enorme raza de mortales será

 

igualmente aventajada en alguna distante región del mundo ignorada por nosotros todavía?

 

 Amedrentado y confuso como estaba, no podía por menos de hacerme estas reflexiones, cuando uno de

 

los segadores, habiéndose acercado a diez yardas del caballón tras el que yo yacía, me hizo caer en que a

 

otro paso que diera me despachurraría con el pie o me dividiría en dos pedazos con su hoz, y, en

 

consecuencia, cuando estaba a punto de moverse, grité todo lo fuerte que el miedo podía hacerme gritar.

 

Entonces la criatura enorme se adelantó un poco, y, mirando por bajo y alrededor de sí algún tiempo, me

 

divisó tendido en el suelo por fin. Me consideró un rato, con la precaución de quien se propone echar mano

 

a una sabandija peligrosa de tal modo que no pueda arañarle ni morderle, como yo tengo hecho tantas

 

veces con las comadrejas en Inglaterra. Por último, se atrevió a alzarme, cogiéndome por la mitad del

 

cuerpo con el índice y el pulgar, y me llevó a tres yardas de los ojos para poder apreciar mi figura más

 

detalladamente. Adiviné su intención, y mi buena fortuna me dio tanta presencia de ánimo, que me resolví a

 

no resistirme lo más mínimo cuando me sostenía en el aire, a unos sesenta pies del suelo, aunque me

 

apretaba muy dolorosamente los costados por temor de que me escurriese de entre sus dedos. Todo lo que

 

me atreví a hacer fue levantar los ojos al cielo, juntar las manos en actitud suplicante y pronunciar algunas

 

palabras en tono humilde y melancólico, adecuado a la situación en que me hallaba, pues temía a cada

 

momento que me estrellase contra el suelo, como es uso entre nosotros cuando queremos dar fin de alguna

 

sabandija. Pero quiso mi buena estrella que pareciesen gustarle mi voz y mis movimientos y empezase a

 

mirarme como una curiosidad, muy asombrado de oírme pronunciar palabras articuladas, aunque no

 

pudiese entenderlas. En tanto, no dejaba yo de gemir y verter lágrimas, y, volviendo la cabeza hacia los

 

lados, darle a entender como me era posible cuán cruelmente me dañaba la presión de sus dedos. Pareció

 

que se daba cuenta de lo que quería decirle, porque levantándose un faldón de la casaca me colocó

 

suavemente en él e inmediatamente echó a correr conmigo en busca de su amo, que era un acaudalado

 

labrador y el mismo a quien yo había visto primeramente en el campo.

 

 El labrador, a quien, según deduje por los hechos, su servidor había dado acerca de mí las explicaciones

 

que había podido, tomó una pajita, del tamaño de un bastón aproximadamente, y con ella me alzó los

 

faldones, que parecía tener por una especie de vestido que la Naturaleza me hubiese dado. Me sopló los

 

cabellos hacia los lados, para mejor verme la cara. Llamó a sus criados y les preguntó -por lo que supe

 

después- si habían visto alguna vez en los campos bicho que se me pareciese. Luego me dejó blandamente

 

en el suelo, a cuatro pies; pero yo me levanté inmediatamente y empecé a ir y venir despacio, para que

 

aquella gente viese que no tenía intención de escaparme. Ellos se sentaron en círculo a mi alrededor a fin

 

de observar mejor mis movimientos. Yo me quité el sombrero e hice al labrador una inclinación profunda;

 

caí de rodillas, y alzando al cielo las manos y los ojos pronuncié varias palabras todo lo fuerte que pude, y

 

me saqué de la faltriquera una bolsa de oro, que le ofrecí humildemente. La recibió en la palma de la mano,

 

se la acercó al ojo para ver lo que era y luego la volvió varias veces con la punta de un alfiler que se había

 

quitado de la solapa, sin lograr nada con ello. Le hice entonces seña de que pusiera la mano en el suelo;

 

tomé la bolsa, y luego de abrirla le derramé todo el oro en la palma. Había seis piezas españolas de a

 

cuatro pistolas cada una, aparte de veinte o treinta monedas más pequeñas. Le vi humedecerse la punta del

 

dedo pequeño con la lengua y alzar una de las piezas más grandes y luego otra, pero aparentando ignorar

 

por completo lo que fuesen. Me hizo seña de que volviese de nuevo las monedas a la bolsa y la bolsa a la

 

faltriquera, partido que acabé por tomar después de renovar repetidas veces mi ofrecimiento.

 

 A la sazón debía de estar ya el hacendado convencido de que yo era un ser racional. Me hablaba a

 

menudo; pero el ruido de su voz me lastimaba los oídos como el de una aceña, aunque articulaba las

 

palabras bastante bien. Le respondí lo más fuerte que pude en varios idiomas, y él frecuentemente inclinaba

 

el oído hasta dos yardas de mí; pero todo fue en vano, porque éramos por completo ininteligibles el uno

 

para el otro. Mandó luego a los criados a su trabajo, y sacando su pañuelo del bolsillo lo dobló y se lo tendió

 

en la mano izquierda, que puso de plano en el suelo con la palma hacia arriba, al mismo tiempo que me

 

 

 

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hacía señas para que me subiese en ella, lo que pude hacer con facilidad porque no tenía más de un pie de

 

grueso. Entendí que mi único camino era obedecer, y por miedo a caerme me tumbé a la larga sobre el

 

pañuelo, con cuyo sobrante él me envolvió hasta la cabeza para mayor seguridad, y de este modo me llevó

 

a su casa. Una vez allí llamó a su mujer y me mostró a ella, que dio un grito y echó a correr como las

 

mujeres en Inglaterra a la presencia de un sapo o de una araña. No obstante, cuando hubo visto mi

 

comportamiento un rato y lo bien que obedecía a las señas que me hacía su marido, se reconcilió conmigo

 

pronto y poco a poco fue prodigándome los más solícitos cuidados.

 

 Eran sobre las doce del día y un criado trajo la comida. Consistía en un plato fuerte de carne -propio de

 

la sencilla condición de un labrador- servido en una fuente de veinticuatro pies de diámetro, poco más o

 

menos. Formaban la compañía el granjero y su mujer, tres niños y una anciana abuela. Cuando estuvieron

 

sentados, el granjero me puso a alguna distancia de él encima de la mesa, que levantaba treinta pies del

 

suelo. Yo tenía un miedo atroz y me mantenía todo lo apartado que me era posible del borde por temor de

 

caerme. La esposa picó un poco de carne, desmigajó luego algo de pan en un trinchero y me lo puso

 

delante. Le hice una profunda reverencia, saqué mi cuchillo y mi tenedor y empecé a comer, lo que les

 

causó extremado regocijo. La dueña mandó a su criada por una copita de licor capaz para unos dos galones

 

y me puso de beber; levantó la vasija muy trabajosamente con las dos manos y del modo más respetuoso

 

bebí a la salud de la señora, hablando todo lo más fuerte que pude en inglés, lo que hizo reír a la compañía

 

de tan buena gana, que casi me quedé sordo del ruido. El licor sabía como una especie de sidra ligera y no

 

resultaba desagradable. Después el dueño me hizo seña de que me acercase a su plato; pero cuando iba

 

andando por la mesa, como tan grande era mi asombro en aquel trance -lo que fácilmente comprenderá y

 

disculpará el indulgente lector-, me aconteció tropezar con una corteza de pan y caí de bruces, aunque no

 

me hice daño. Me levanté inmediatamente, y advirtiendo en aquella buena gente muestras de gran

 

pesadumbre, cogí mi sombrero -que llevaba debajo del brazo, como exige la buena crianza- y agitándolo

 

por encima de la cabeza di tres vivas en demostración de que no había recibido en la caída perjuicio

 

ninguno. Pero cuando en seguida avanzaba hacia mi amo -como le llamaré de aquí en adelante-, su hijo

 

menor, que se sentaba al lado suyo -un travieso chiquillo de unos diez años- me cogió por las piernas y me

 

alzó en el aire a tal altura, que las carnes se me despegaron de los huesos; el padre me arrebató de sus

 

manos y le dio un bofetón en la oreja derecha, con el que hubiera podido derribar un ejército de caballería

 

europea, al mismo tiempo que le mandaba retirarse de la mesa. Temeroso yo de que el muchacho me la

 

guardase, y recordando bien cuán naturalmente dañinos son los niños entre nosotros para los gorriones, los

 

conejos, los gatitos y los perritos, me dejé caer de rodillas, y, señalando hacia el muchacho, hice entender a

 

mi amo como buenamente pude que deseaba que perdonase a su hijo. Accedió el padre, el chiquillo volvió

 

a sentarse en su puesto, y en seguida yo me fui a él y le besé la mano, la cual mi amo le cogió e hizo que

 

con ella me acariciase suavemente.

 

 En medio de la comida, el gato favorito de mi ama le saltó al regazo. Oía yo detrás de mí un ruido como

 

si estuviesen trabajando una docena de tejedores de medias, y volviendo la cabeza, descubrí que procedía

 

del susurro que en su contento hacía aquel animal, que podría ser tres veces mayor que un buey, según el

 

cálculo que hice viéndole la cabeza y una pata mientras su dueña le daba de comer y le hacía caricias. El

 

aspecto de fiereza de este animal me descompuso totalmente, aunque yo estaba al otro lado de la mesa, a

 

más de cincuenta pies de distancia, y aunque mi ama le sostenía temiendo que diese un salto y me cogiese

 

entre sus garras. Pero resultó no haber peligro ninguno, pues el gato no hizo el menor caso de mí cuando

 

despues mi amo me puso a tres yardas de él; y como he oído siempre, y la experiencia me lo ha confirmado

 

en mis viajes, que huir o demostrar miedo ante un animal feroz es el medio seguro de que nos persiga o nos

 

ataque, resolví en esta peligrosa coyuntura no aparentar cuidado ninguno. Pasé intrépidamente cinco veces

 

o seis ante la misma cabeza del gato y me puse a media yarda de él, con lo cual retrocedió, como si tuviese

 

más miedo él que yo. Los perros me importaban menos. Entraron tres o cuatro en la habitación, como es

 

corriente en las casas de labradores; había un mastín del tamaño de cuatro elefantes, y un galgo un poco

 

más alto que el mastín, pero no tan corpulento.

 

 Cuando ya casi estaba terminada la comida entró el ama de cría con un niño de un año en brazos, el

 

cual me divisó inmediatamente y empezó a gritar -en el modo que todos habréis oído seguramente y que

 

desde London Bridge hasta Chelsea es la oratoria usual entre los niños- para que me entregasen a él en

 

calidad de juguete. La madre, llena de amorosa indulgencia, me levantó y me presentó al niño, que en

 

seguida me cogió por la mitad del cuerpo y se metió mi cabeza en la boca. Di yo un rugido tan fuerte, que el

 

bribonzuelo se asustó y me dejó caer, y me hubiera infaliblemente desnucado si la madre no hubiese puesto

 

su delantal. Para callar al nene, el ama hizo uso de un sonajero que era una especie de tonel lleno de

 

grandes piedras y sujeto con un cable a la cintura del niño; pero todo fue en vano; así, que se vio obligada a

 

emplear el último recurso dándole de mamar. Debo confesar que nada me causó nunca tan mala impresión

 

como ver su pecho monstruoso, que no encuentro con qué comparar para que el lector pueda formarse una

 

idea de su tamaño, forma y color. La veía yo de cerca, pues se había sentado cómodamente para dar de

 

mamar, y yo estaba sobre la mesa. Esto me hacía reflexionar acerca de los lindos cutis de nuestras damas

 

inglesas, que nos parecen a nosotros tan bellas sólo porque son de nuestro mismo tamaño y sus defectos

 

no pueden verse sino con una lente de aumento, aunque por experimentación sabemos que los cutis más

 

suaves y más blancos son ásperos y ordinarios y de feo color.

 

 

 

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 Recuerdo que cuando estaba yo en Liliput me parecían los cutis de aquellas gentes diminutas los más

 

bellos del mundo, y hablando sobre este punto con una persona de estudios de allá, que era íntimo amigo

 

mío, me dijo que mi cara le parecía mucho más blanca y suave cuando me miraba desde el suelo que

 

viéndola más de cerca, cuando le levantaba yo en la mano y le aproximaba. Al principio constituía para el,

 

según me confesó, un espectáculo muy desagradable. Me dijo que descubría en mi cutis grandes hoyos,

 

que los cañones de mi barba eran diez veces más fuertes que las cerdas de un verraco, y mi piel de varios

 

colores totalmente distintos. Y permítaseme que haga constar que yo soy tan blanco como la mayor parte

 

de los individuos de mi sexo y de mi país, y que el sol me ha tostado muy poco en mis viajes. Por otra parte,

 

cuando hablábamos de las damas que formaban la corte del emperador, solía decirme que la una tenía

 

pecas; la otra, una boca demasiado grande; una tercera, la nariz demasiado larga, nada de lo cual podía yo

 

distinguir. Reconozco que esta reflexión era bastante obvia, pero, sin embargo, no he querido omitirla

 

porque no piense el lector que aquellas inmensas criaturas eran feas, pues les debo la justicia de decir que

 

son una raza de gentes bien parecidas.

 

 Cuando la comida se hubo terminado, mi amo se volvió con sus trabajadore s, y, según pude colegir de

 

su voz y su gesto, encargó muy especialmente a su mujer que tuviese cuidado de mí. Estaba yo muy

 

cansado y con sueño, y advirtiéndolo mi ama me puso sobre su propio lecho y me cubrió con un pañuelo

 

blanco limpio, que era mayor y más basto que la vela mayor de un buque de guerra.

 

 Dormí unas dos horas y soñé que estaba en casa con mi mujer y mis hijos, lo que vino a gravar mis

 

cuitas cuando desperté y me vi solo en un vasto aposento de doscientos a trescientos pies de ancho y más

 

de doscientos de alto, acostado en una cama de veinte yardas de anchura. Mi ama se había ido a los

 

quehaceres de la casa, y dejádome encerrado. La cama levantaba ocho yardas del suelo. En tal situación

 

yo, treparon dos ratas por la cortina y se dieron a correr por encima del lecho, olfateando de un lado para

 

otro. Una de ellas llegó casi hasta mi misma cara, lo que me hizo levantarme aterrorizado y sacar mi alfanje

 

para defenderme. Estos horribles animales tuvieron el atrevimiento de acometerme por ambos lados y uno

 

de ellos llegó a echarme al cuello una de sus patas delanteras, pero tuve la buena fortuna de rajarle el

 

vientre antes que pudiera hacerme daño. Cayó a mis pies, y la otra, al ver la suerte que había corrido su

 

compañera, emprendió la huída, pero no sin una buena herida en el lomo que pude hacerle cuando

 

escapaba, y que dejó un rastro de sangre. Después de esta hazaña me puse a pasear lentamente por la

 

cama para recobrar el aliento y la tranquilidad. Aquellos animales eran del tamaño de un mastín grande,

 

pero infinitamente más ligeros y feroces; así que, de haberme quitado el cinto al acostarme, infaliblemente

 

me hubieran despedazado y devorado. Medí la cola de la rata muerta y encontré que tenía de largo dos

 

yardas menos una pulgada; mas no tuve estómago para tirar de la cama el cuerpo exánime, que yacía en

 

ella sangrando. Noté que tenía aún algo de vida; pero de una fuerte cuchillada en el pescuezo la despaché

 

enteramente.

 

 Poco después entró mi ama en la habitación, y viéndome todo lleno de sangre corrió hacia mí y me cogió

 

en la mano. Yo señalé a la rata muerta, sonriendo y haciendo otras señas para significar que no estaba

 

herido, de lo que ella recibió extremado contento. Llamó a la criada para que cogiese con unas tenazas la

 

rata muerta y la tirase por la ventana. Después me puso sobre una mesa, donde yo le enseñé mi alfanje

 

lleno de sangre, y limpiándolo en la vuelta de mi casaca lo volví a envainar.

 

 Espero que el paciente lector sabrá excusar que me detenga en detalles que, por i nsignificantes que se

 

antojen a espíritus vulgares de a ras de tierra, pueden ciertamente ayudar a un filósofo a dilatar sus

 

pensamientos y su imaginación y a dedicarlos al beneficio público lo mismo que a la vida privada. Tal es mi

 

intención al ofrecer estas y otras relaciones de mis viajes por el mundo, en las cuales me he preocupado

 

principalmente de la verdad, dejando aparte adornos de erudición y estilo. Todos los lances de este viaje

 

dejaron tan honda impresión en mi ánimo y están de tal modo presentes en mi memoria, que al trasladarlos

 

al papel no omití una sola circunstancia interesante. Sin embargo, al hacer una escrupulosa revisión, taché

 

varios pasajes de menos momento que figuraban en el primer original por miedo de ser motejado de

 

fastidioso y frívolo.

 

Capítulo II

 

Retrato de la hija del labrador. -Llevan al autor a un pueblo en día de mercado y luego a la metrópoli.-

 

Detalles de su viaje.

 

 Mi ama tenía una hija de nueve años, niña de excelentes prendas para su corta edad, muy dispuesta con

 

la aguja y muy mañosa para vestir su muñeca. Su madre y ella discurrieron arreglarme la cama del muñeco

 

para que pasase la noche. Pusieron la cama dentro de una gaveta colocada en un anaquel colgante por

 

miedo de las ratas. Éste fue mi lecho todo el tiempo que permanecí con aquella gente, y fue mejorándose

 

poco a poco, conforme yo aprendía el idioma y podía ir exponiendo mis necesidades. La niña de que hablo

 

era tan mañosa, que con sólo haberme despojado de mis ropas delante de ella una o dos veces ya sabía

 

vestirme y desnudarme, aunque yo nunca quise darle este trabajo cuando ella me permitía que me lo

 

tomase yo mismo. Me hizo siete camisas y alguna ropa blanca más de la tela más fina que pudo

 

encontrarse, y que era, ciertamente, más áspera que harpillera, y ella me las lavaba siempre con sus

 

 

 

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propias manos.Asimismo era mi maestra para la enseñanza del idioma. Cuando yo señalaba alguna cosa,

 

ella me decía el nombre en su lengua, y así en pocos días me encontré capaz de pedir lo que me era

 

preciso. Era muy bondadosa y no más alta de cuarenta pies, pues estaba muy pequeña para su tiempo. Me

 

dio el nombre de Grildrig, que la familia adoptó, y después todo el reino. La palabra vale tanto como la latina

 

Nanunculus, la italiana Homunceletino y la inglesa Mannikin. A esta niña debo principalmente mi salvación

 

en aquel país. Nunca nos separamos mientras estuve allá. Le llamaba yo mi Glumdalclitch, o sea mi

 

pequeña niñera; y cometería grave pecado de ingratitud si omitiese esta justa mención de su cuidado y su

 

afecto para mí, a los cuales quisiera yo que hubiese estado en mi mano corresponder como ella merecía, en

 

lugar de verme convertido en el inocente pero fatal instrumento de su desventura, como tengo demasiadas

 

razones para temer que haya sucedido.

 

 Por entonces empezaba ya a saberse y comentarse en las cercanías que mi a mo se había encontrado

 

en el campo un animal extraño, del grandor aproximado de un splacknuck, pero formado exactamente en

 

todas sus partes como un ser humano, al que asimismo imitaba en todas sus acciones. Parecía hablar una

 

especie de lenguaje peculiar; había aprendido ya varias palabras del de ellos; andaba en dos pies; era

 

manso y amable; acudía cuando le llamaban; hacía lo que le mandaban y tenía los más lindos miembros del

 

mundo y un cutis más fino que pudiera tenerlo la hija de un noble a los tres años de edad. Otro labrador que

 

vivía cerca y era muy amigo de mi amo pasó a hacerle una visita con la intención de averiguar lo que

 

hubiese de cierto en este rumor. Me sacaron inmediatamente y me colocaron sobre una mesa, donde paseé

 

según me ordenaron, saqué mi alfanje, lo volví a la vaina, hice una reverencia al huésped de mi amo, le

 

pregunté en su propia lengua cómo estaba y le di la bienvenida, todo del modo que me había enseñado mi

 

niñera. Este hombre, que era viejo y corto de vista, se puso los anteojos para observarme mejor, ante lo

 

cual no pude evitar el reírme a carcajadas, pues sus ojos parecían la luna llena resplandeciendo en una

 

habitación con dos ventanas. Mi gente, que descubrió la causa de mi regocijo, me acompañó en la risa, y el

 

pobre viejo fue lo bastante necio para enfurecerse y turbarse. Tenía aquel hombre fama de muy tacaño, y,

 

por mi desgracia, la merecía cumplidamente, a juzgar por el maldito consejo que dio a mi amo de que en

 

calidad de espectáculo me enseñase un día de mercado en la ciudad próxima, que distaba media hora de

 

marcha a caballo, o sea unas veintidós millas de nuestra casa. Adiviné que maquinaban algún mal cuando

 

advertí que mi amo y su amigo cuchicheaban una buena pieza, a veces señalando hacia mí, y el mismo

 

temor me hacía imaginar que entreoía y comprendía algunas palabras. Pero a la mañana siguiente

 

Glumdalclitch, mi niñera, me enteró de todo el asunto, que ella había sonsacado hábilmente a su madre. La

 

pobre niña me puso en su seno y rompió a llorar de vergüenza y dolor. Recelaba ella que me causara algún

 

daño el vulgo brutal, como, por ejemplo, oprimirme hasta dejarme sin vida, o romperme un miembro cuando

 

me cogiesen en las manos. Había advertido también cuán recatado era yo de mí y cuán cuidadoso de mi

 

honor y suponía lo indigno que había de parecerme ser expuesto por dinero como espectáculo público a las

 

gentes de más baja ralea. Decía que su papá y su mamá le habían prometido que Grildrig sería para ella;

 

pero que ahora veía que iba a sucederle lo mismo que el año pasado, que hicieron como que le regalaban

 

un corderito y tan pronto como estuvo gordo se lo vendieron a un carnicero.

 

 Por lo que a mí toca puedo sinceramente afirmar que la cosa me importaba mucho menos que a mi

 

niñera. Mantenía yo la firme esperanza, que nunca me abandonó, de que algún día podría recobrar la

 

libertad; y en cuanto a la ignominia de ser paseado como un fenómeno, consideraba que yo era

 

perfectamente extraño en el país y que tal desventura nunca podría achacárseme como reproche si alguna

 

vez regresaba a Inglaterra, ya que el mismo rey de la Gran Bretaña en mis circunstancias hubiese tenido

 

que sufrir la misma calamidad.

 

 Mi amo, siguiendo el consejo de su amigo, me condujo el primer día de mercado dentro de una caja a la

 

ciudad vecina y llevó conmigo a su hijita, mi niñera, sentada en una albarda detrás de mí. La caja era

 

cerrada por todos lados y tenía una puertecilla para que yo entrase y saliese y unos cuantos agujeros para

 

que no me faltase el aire. La niña había tenido el cuidado de meter en ella la colchoneta de la cama de su

 

muñeca para que me acostase. No obstante, quedé horriblemente zarandeado y molido del viaje, aunque

 

sólo duró media hora, pues el caballo avanzaba unos cuarenta pies de cada paso y levantaba tanto en el

 

trote, que la agitación equivalía al cabeceo de un barco durante una gran tempestad, pero mucho más

 

frecuente. Nuestra jornada fue algo más que de Londres a San Albano. Mi amo se apeó en la posada donde

 

solía parar, y luego de consultar durante un rato con el posadero y de hacer algunos preparativos

 

necesarios asalarió al grultond , o pregonero, para que corriese por la ciudad que en la casa del Águila

 

Verde se exhibía un ser extraño más pequeño que un splacknuck -bonito animal de aquel país, de unos seis

 

pies de largo-, y conformado en todo su cuerpo como un ser humano, que hablaba varias palabras y hacía

 

mil cosas divertidas.

 

 Me colocaron sobre una mesa en el cuarto mayor de la posada, que muy bien tendría trescientos pies en

 

cuadro. Mi niñera tomó asiento junto a la mesa, en una banqueta baja, para cuidar de mí e indicarme lo que

 

había de hacer. Mi amo, para evitar el agolpamiento, sólo permitía que entrasen a verme treinta personas

 

de cada vez. Anduve por encima de la mesa, obedeciendo las órdenes de la niña; me hizo ella varias

 

preguntas, teniendo en cuenta mis alcances en el conocimiento del idioma, y yo las respondí lo más alto

 

que me fue posible. Me volví varias veces a la concurrencia, le ofrecí mis humildes respetos, le di la

 

bienvenida y dije otras razones que se me habían enseñado. Alcé, lleno de licor, un dedal que Glumdalclitch

 

me había dado para que me sirviese de copa, y bebí a la salud de los espectadores. Saqué mi alfanje y lo

 

 

 

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blandí al modo de los esgrimidores de Inglaterra. Mi niñera me dio parte de una paja, y con ella hice

 

ejercicio de pica, pues había aprendido este arte en mi juventud. Aquel día me enseñaron a doce cuadrillas

 

de público, y otras tantas veces me vi forzado a volver a las mismas necedades, hasta quedar medio muerto

 

de cansancio y enojo, porque los que me habían visto daban tan maravillosas referencias, que la gente

 

parecía querer derribar las puertas para entrar. Mi amo, por su propio interés, no hubiera consentido que me

 

tocase nadie, excepto mi niñera; y para evitar riesgos, se dispusieron en torno de la mesa bancos a

 

distancia que me mantuviese fuera del alcance de todos. No obstante, un colegial revoltoso me asestó a la

 

cabeza una avellana que estuvo en muy poco que me diese; venía la tal además con tanta violencia, que

 

infaliblemente me hubiera saltado los sesos, pues casi era tan grande como una calabaza de poco tamaño.

 

Pero tuve la satisfacción de ver al bribonzuelo bien zurrado y expulsado de la estancia.

 

 Mi amo hizo público que me enseñaría otra vez el próximo día d e mercado, y entretanto me dispuso un

 

vehículo más conveniente, lo que no le faltaban razones para hacer, pues quedé tan rendido de mi primer

 

viaje y de divertir a la concurrencia durante ocho horas seguidas, que apenas podía tenerme en pie ni

 

articular una palabra. Lo menos tres días tardé en recobrar las fuerzas; y ni en casa tenía descanso, porque

 

todos los señores de las cercanías, en un radio de cien millas, noticiosos de mi fama, acudían a verme a la

 

misma casa de mi amo. No bajarían los que lo hicieron de treinta, con sus mujeres y sus niños -porque el

 

país es muy populoso-, y mi amo pedía el importe de una habitación llena cada vez que me enseñaba en

 

casa, aunque fuera a una sola familia. Así, durante algún tiempo apenas tuve reposo ningún día de la

 

semana -excepto el viernes, que es el sábado entre ellos-, aunque no me llevaron a la ciudad.

 

 Conociendo mi amo cuánto provecho podía sacar de mí, se resolvió a llevarme a las poblaciones de más

 

consideración del reino. Y después de proveerse de todo lo preciso para una larga excursión y dejar

 

resueltos los asuntos de su casa, se despidió de su mujer, y el 17 de agosto de 1703, a los dos meses

 

aproximadamente de mi llegada, salimos para la metrópoli, situada hacia el centro del imperio y a unas tres

 

mil millas de distancia de nuestra casa. Mi amo montó a su hija Glumdalclitch detrás de él y ella me llevaba

 

en su regazo dentro de una caja atada a la cintura. La niña había forrado toda la caja con la tela más suave

 

que pudo hallar, acolchándola bien por la parte de abajo, amoblándola con la cama de su muñeca,

 

provístome de ropa blanca y otros efectos necesarios y dispuesto todo lo más convenientemente que pudo.

 

No llevábamos otra compañía que un muchacho de la casa, que cabalgaba detrás con el equipaje.

 

 Era el designio de mi amo enseñarme en todas las ciudades que cogieran de camino y desviarse hasta

 

cincuenta o cien millas para visitar alguna aldea o la casa de alguna persona de condición, donde esperase

 

encontrar clientela. Hacíamos jornadas cómodas, de no más de ciento cincuenta a ciento setenta millas por

 

día, porque Glumdalclitch, con propósito de librarme a mí, se dolía de estar fatigada con el trote del caballo.

 

A menudo me sacaba de la caja, atendiendo mis deseos, para que me diese el aire y enseñarme el paisaje,

 

pero sujetándome siempre fuertemente con ayuda de unos andadores. Atravesamos cinco o seis ríos por

 

gran modo más anchos y más profundos que el Nilo o el Ganges, y apenas había algún riachuelo tan chico

 

como el Támesis por London Bridge. Empleamos diez semanas en el viaje, y fuí enseñado en dieciocho

 

grandes poblaciones, aparte de muchas aldeas y familias particulares.

 

 El 26 de octubre llegamos a la metrópoli, llamada en la lengua de ellos Lorbrulgrud, o sea Orgullo del

 

Universo. Mi amo tomó un alojamiento en la calle principal de la población, no lejos del palacio real, y

 

publicó carteles en la forma acostumbrada, con una descripción exacta de mi persona y mis méritos. Alquiló

 

un aposento grande, de tres o cuatrocientos pies de ancho. Puso una mesa de sesenta pies de diámetro,

 

sobre la cual debía yo desempeñar mi papel, y la cercó a tres pies del borde y hasta igual altura para evitar

 

que me cayese. Me enseñaban diez veces al día, con la maravilla y satisfacción de todo el mundo. A la

 

sazón hablaba yo el idioma regularmente y entendía a la perfección palabra por palabra todo lo que se me

 

decía. Además había aprendido el alfabeto y a las veces podía valerme para declarar alguna frase, pues

 

Glumdalclitch me había dado lección cuando estábamos en casa y en las horas de ocio durante nuestro

 

viaje. Llevaba en el bolsillo un librito, no mucho mayor que un Atlas de Sansón; era uno de esos tratados

 

para uso de las niñas, en que se daba una sucinta idea de su religión. Con él me enseñó las letras y el

 

significado de las palabras.

 

Capítulo III

 

El autor, enviado a la corte. -La reina se lo compra a su amo y se lo regala al rey. Éste discute con los

 

grandes eruditos de Su Majestad. -En la corte se dispone un cuarto para el autor. -Gran favor de éste con la

 

reina. -Defiende el honor de su país natal. -Sus riñas con el enano de la reina.

 

 Los frecuentes trabajos que cada día había de sufrir me produjeron en pocas semanas un

 

quebrantamiento considerable en la salud. Cuanto más ganaba mi amo conmigo era más insaciable. Yo

 

había perdido por completo el estómago y estaba reducido casi al esqueleto. El labrador lo notó, y

 

suponiendo que había de morirme pronto resolvió sacar de mí todo lo que pudiese. Mientras así razonaba y

 

resolvía consigo mismo, un slardral, o sea un gentilhombre de cámara, llegó de la corte y mandó a mi amo

 

que me llevase a ella inmediatamente para diversión de la reina y sus damas. Algunas de éstas habían

 

estado a verme ya y dado las más extraordinarias referencias de mi belleza, conducta y buen sentido. Su

 

 

 

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Majestad la reina y quienes la servían quedaron por demás encantadas de mi comportamiento. Yo me

 

arrodillé y solicité el honor de besar su imperial pie; pero aquella benévola princesa me alargó su dedo

 

pequeño -luego que me hubieron subido a la mesa-, que yo ceñí con ambos brazos y cuya punta llevé a mis

 

labios con el mayor respeto. Me hizo algunas preguntas generales acerca de mi país y de mis viajes, a las

 

que yo contesté tan claramente y en tan pocas palabras como pude. Me preguntó si me gustaría servir en la

 

corte. Yo me incliné hacia el tablero de la mesa y respondí humildemente que era el esclavo de mi amo,

 

pero, a poder disponer de mí mismo, tendría a gran orgullo dedicar mi vida al servicio de Su Majestad.

 

Entonces preguntó ella a mi amo si quería venderme a buen precio. Él, que temía que yo no viviera un mes,

 

se mostró bastante dispuesto a dehacerse de mí y pidió mil piezas de oro, que al instante se dio orden de

 

que le fuesen entregadas. Cada pieza venía a ser del tamaño de ochocientos moidores; pero estableciendo

 

la proporción de todo entre aquel país y Europa, y aun habida cuenta del alto precio del oro allí, no llegaba a

 

ser una suma tan importante como mil guineas en Inglaterra. Acto seguido dije a la reina que, puesto que ya

 

era la más humilde criatura y el más humilde vasallo de Su Majestad, me permitiese pedirle un favor, y era

 

que admitiese a su servicio a Glumdalclitch, que siempre había cuidado de mí con tanto esmero y

 

amabilidad y sabía hacerlo tan bien, y continuase siendo mi niñera y mi maestra. Su Majestad accedió a mi

 

petición y fácilmente obtuvo el consentimiento del labrador, a quien satisfacía que su hija fuera elevada a la

 

corte, y la pobre niña, por su parte, no pudo ocultar su contento. El que dejaba de ser mi amo se retiró y se

 

despidió de mi, añadiendo que me dejaba en una buena situación, a lo cual yo no respondí sino con una

 

ligera reverencia.

 

 Observó la reina mi frialdad, y cuando el labrador hubo salido de la estancia me preguntó la causa.

 

Claramente contesté a Su Majestad que yo no debía a mi antiguo amo otra obligación que la de no haber

 

estrellado los sesos a una pobre criatura inofensiva encontrada en su campo por acaso, obligación que

 

recompensaba ampliamente la ganancia que había alcanzado enseñándome por la mitad del reino y el

 

precio en que me había vendido. Añadí que la vida que había llevado desde entonces era lo bastante

 

trabajosa para matar a un ser diez veces más fuerte que yo; que mi salud se había quebrantado mucho con

 

aquella continua y miserable faena de divertir a la gentuza a todas las horas del día, y que si mi amo no

 

hubiera supuesto que mi vida estaba en peligro, quizá no hubiese encontrado Su Majestad tan buena

 

ganga. Pero libre ya de todo temor de mal trato, bajo la protección de tan grande y bondadosa emperatriz,

 

adorno de la Naturaleza, predilecta del mundo, delicia de sus vasallos, fénix de la creación, esperaba que

 

los recelos de mi antiguo amo aparecieran desprovistos de fundamento, pues ya sentía yo mis energías

 

revivir bajo el influjo de su muy augusta presencia.

 

 Éste fue, en resumen, mi discurso, pronunciado con grandes incorrecciones y titubeos. La última parte se

 

ajustaba por completo al estilo peculiar de aquella gente, del que Glumdalclitch me había enseñado algunas

 

frases cuando me llevaba a la corte.

 

 La reina, us ando de gran benevolencia para mi hablar defectuoso, quedó, sin embargo, sorprendida al

 

ver tanto entendimiento y buen sentido en animal tan diminuto. Me tomó en sus propias manos y me llevó al

 

rey, que estaba retirado en su despacho. Su Majestad, príncipe de mucha gravedad y austero continente,

 

no apreciando bien mi forma a primera vista, preguntó de modo frío a la reina desde cuándo se había

 

aficionado a un splacknuck, que tal debí de parecerle echado de boca en la mano derecha de Su Majestad.

 

Pero la princesa, que tenía grandísimas dotes de entendimiento y donaire, me puso suavemente de pie

 

sobre el escritorio y me mandó que diese a Su Majestad noticia de quién era, lo que hice en muy pocas

 

palabras, y Glumdalclitch -que aguardaba a la puerta del despacho, y, no pudiendo sufrir que me hurtaran a

 

su vista, fue autorizada para entrar- confirmó todo lo sucedido desde mi llegada a casa de su padre.

 

 El rey, aunque era persona instruida como la que más de sus dominios, y estaba educado en el estudio

 

de la Filosofía, y especialmente de las Matemáticas, cuando apreció mi forma exactamente y me vio andar

 

en dos pies, antes de que empezase a hablar, pensó que yo podía ser un aparato de relojería -arte que ha

 

llegado en aquel país a muy grande perfección-, ideado por algún ingenioso artista. Pero cuando oyó mi voz

 

y encontró lo que hablaba lógico y racional, no pudo ocultar su asombro. En ningún modo se dio por

 

satisfecho con la relación que le hice acerca de cómo fue mi llegada a su reino, sino que la juzgó una fábula

 

urdida entre Glumdalclitch y su padre, que me habrían enseñado una serie de palabras a fin de venderme a

 

precio más alto. En esta creencia me hizo otras varias preguntas, y de nuevo recibió respuestas racionales,

 

sin otros defectos que los nacidos de un acento extranjero y de un conocimiento imperfecto del idioma, con

 

algunas frases rústicas que había yo aprendido en casa del labrador, y que no se acomodaban al pulido

 

estilo de una corte.

 

 Su Majestad el rey envió a buscar a tres eminentes sabios que estaban de servicio semanal, conforme

 

es costumbre en aquel país. Estos señores, una vez que hubieron examinado mi figura con toda

 

minuciosidad, fueron de opiniones diferentes respecto de mí. Convinieron en que yo no podía haber sido

 

producido según las leyes regulares de la Naturaleza, porque no estaba constituido con capacidad para

 

conservar mi vida, ya fuese por ligereza, ya por trepar a los árboles, ya por cavar hoyos en el suelo. Por mis

 

dientes, que examinaron con gran detenimiento, dedujeron que era un animal carnívoro; sin embargo,

 

considerando que la mayoría de los cuadrúpedos era demasiado enemigo para mí, y el ratón silvestre, con

 

algunos otros, demasiado ágil, no podían suponer cómo pudiera mantenerme, a no ser que me alimentase

 

de caracoles y varios insectos, que citaron, para probar, con mil argumentos eruditos, que no me era posible

 

hacerlo. Uno de aquellos sabios se inclinaba a creer que yo era un embrión o un aborto; pero este juicio fue

 

 

 

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rechazado por los otros dos, que hicieron observar que mis miembros eran acabados y perfectos, y que yo

 

había vivido varios años, como lo acreditaba mi barba, cuyos cañones descubrieron claramente con ayuda

 

de una lente de aumento. No admitieron que fuese un enano, porque mi pequeñez iba más allá de toda

 

comparación posible, ya que el enano favorito de la reina, que era el más pequeño que jamás se conoció en

 

aquel reino, tenía cerca de treinta pies de altura. Después de mucho debatir, concluyeron, unánimes, que yo

 

era, sencillamente, un relplum scalcatch, lo que, interpretado literalmente, significa lusus naturæ,

 

determinación en todo conforme con la moderna filosofía de Europa, cuyos profesores, desdeñando el

 

antiguo efugio de las causas ocultas, con que los discípulos de Aristóteles trataban en vano de disfrazar su

 

ignorancia, han inventado esta solución para todas las dificultades que encuentra el imponderable avance

 

del humano conocimiento.

 

 Después de esta decisiva conclusión, se me rogó que hablase alguna cosa. Me aproximé al rey y

 

aseguré a Su Majestad que yo procedía de un país que contaba varios millones de personas de ambos

 

sexos, todas de mi misma estatura, donde los animales, los árboles y las casas estaban en proporción, y

 

donde, por tanto, yo era tan capaz de defenderme y de encontrar sustento como cualquier súbdito de Su

 

Majestad pudiera serlo allí; lo que me pareció cumplida respuesta a los argumentos de aquellos señores. A

 

esto, ellos replicaron sólo diciendo, con una sonrisa despreciativa, que el labrador me había enseñado la

 

lección muy bien. El rey, que tenía mucho mejor sentido, despidió a sus sabios y envió por el labrador, que,

 

afortunadamente, no había salído aún de la ciudad. Habiéndole primero interrogado a solas, y luego

 

confrontádole conmigo y con la niña, Su Majestad empezó a creer que podía ser verdad lo que yo le había

 

dicho. Encargó a la reina que mandase tener especial cuidado de mí y fue de opinión de que Glumdalclitch

 

continuara en su oficio de guardarme, porque advirtió el gran afecto que nos dispensábamos. Se dispuso

 

para ella en la corte un alojamiento conveniente y se le asignó una especie de aya que cuidase de su

 

educación, una doncella para vestirla y otras dos criadas para los menesteres serviles; pero mi cuidado se

 

le encomendó a ella enteramente. La reina encargó a su mismo ebanista que discurriese una caja tal que

 

pudiese servirme de dormitorio, de acuerdo con el modelo que conviniésemos Glumdalclitch y yo. Este

 

hombre era un ingeniosísimo artista, y, siguiendo mis instrucciones, en tres días me acabó un cuarto de

 

madera de dieciséis pies en cuadro y doce de altura, con ventanas de vidrieras, una puerta y dos retretes,

 

como un dormitorio de Londres. El tablero que formaba el techo podía levantarse y bajarse por medio de

 

dos bisagras para meter una cama dispuesta por el tapicero de Su Majestad la reina, y que Glumdalclitch

 

sacaba al aire todos los días, hacía con sus propias manos y volvía a entrar por la noche, después de lo

 

cual cerraba el tejado sobre mí. Un excelente artífice, famoso por sus caprichosas miniaturas, tomó a su

 

cargo el hacerme dos sillas, cuyos respaldos y palos eran de una materia parecida al marfil, y dos mesas,

 

con un escritorio para meter mis cosas. La habitación fue acolchada por todos sus lados, así como por el

 

suelo y el techo, a fin de evitar cualquier accidente causado por el descuido de quienes me transportasen y

 

de amortiguar la violencia de los vaivenes cuando fuese en coche. Pedí una cerradura para mi puerta, a fin

 

de impedir que entrasen las ratas y los ratones; el herrero, después de muchos ensayos, hizo la más

 

pequeña que nunca se había visto allí, pues yo mismo he encontrado una más grande en la puerta de la

 

casa de un caballero en inglaterra. Me di trazas para guardarme la llave en uno de los bolsillos, por miedo

 

de que Glumdalclitch la perdiese. Asimismo encargó la reina que se me hiciese ropa de las sedas más finas

 

que pudieran encontrarse, que no eran mucho más finas que una manta inglesa y que me incomodaron

 

mucho hasta que me acostumbré a llevarlas. Me vistieron a la usanza del reino, en parte semejante a la

 

persa, en parte a la china, y que es un vestido muy serio y decente.

 

 La reina se aficionó tanto a mi compañía, que no se hacían a comer sin mí. Me pusieron una mesa sobre

 

aquella misma en que comía Su Majestad y junto a su codo izquierdo, y una silla para sentarme.

 

Glumdalclitch se subía de pie en una banqueta puesta en el suelo para servirme y cuidar de mí. Yo tenía un

 

juego completo de platos y fuentes de plata y otros útiles, que en proporción a los de la reina no eran mucho

 

mayores que los que suelen verse del mismo género en cualquier tienda de juguetes de Londres para las

 

casas de muñecas. Todos los guardaba en su bolsillo mi pequena niñera dentro de una caja de plata, y ella

 

me los daba en las comidas conforme los necesitaba, siempre limpiándolos ella misma. Nadie comía con la

 

reina más que las dos princesas reales: la mayor, de dieciséis años, y la menor, de trece y un mes

 

entonces. Su Majestad solía poner en uno de mis platos un poquito de comida, del cual yo cortaba y me

 

servía, y era su diversión verme comer en miniatura. Porque la reina -que por cierto tenía un estómago muy

 

débil- tomaba de un bocado tanto como una docena de labradores ingleses pudiera comer en una asentada,

 

lo que para mi fue durante algún tiempo un espectáculo repugnante. Trituraba entre sus dientes el ala de

 

una calandria, con huesos y todo, aunque era nueve veces mayor que la de un pavo crecido, y se metía en

 

la boca un trozo de pan tan grande como dos hogazas de doce peniques. Bebía en una copa de oro sobre

 

sesenta galones de un trago. Sus cuchillos eran dos veces tan largos como una guadaña puesta derecha,

 

con su mango. Cucharas, tenedores y demás instrumentos guardaban la misma proporción. Recuerdo que

 

cuando Glumdalclitch, por curiosidad, me llevó a ver una de las mesas de la corte, donde se levantaban a la

 

vez diez o doce de aquellos enormes tenedores y cuchillos, pensé no haber asistido en mi vida a un

 

espectáculo tan terrible.

 

 Es costumbre que todos los viernes -que, como ya he advertido , son sus sábados-, la reina y el rey, con

 

su real descendencia de ambos sexos, coman juntos en la estancia de Su Majestad el rey, de quien yo era

 

ya gran favorito; y en estas ocasiones mi sillita y mi mesita eran colocadas a su izquierda, delante de uno de

 

 

 

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los saleros. Este príncipe gustaba de conversar conmigo preguntándome acerca de las costumbres, la

 

religión, las leyes, el gobierno y la cultura de Europa, de lo que yo le daba noticia lo mejor que podía. Su

 

percepción era tan clara y su discernimiento tan exacto, que hacía muy sabias reflexiones y observaciones

 

sobre todo lo que yo decía; pero no debo ocultar que cuando me hube excedido un poco hablando de mi

 

amado país, de nuestro comercio, de nuestras guerras por tierra y por mar y de nuestros partidos políticos,

 

los prejuicios de educación pesaron tanto en él, que no pudo por menos de cogerme en su mano derecha, y

 

acariciándome suavemente con la otra, después de un acceso de risa, preguntarme si yo era Whig o Tory.

 

Luego, volviéndose a su primer ministro -que detrás de él daba asistencia, en la mano su bastón blanco,

 

casi tan alto como el palo mayor del Royal Sovereign-, observó cuán despreciable cosa eran las grandezas

 

humanas, que podían imitarse por tan diminutos insectos como yo; «y aun apostaría -dijo- que estas

 

criaturas tienen sus títulos y distinciones, discurren nidos y madrigueras que llaman casas y ciudades, se

 

preocupan de vestidos y trenes, aman, luchan, disputan, defraudan y traicionan». Y así continuó, mientras a

 

mí, de indignación, un color se me iba y otro se me venía viendo a nuestra noble nación, maestra en las

 

artes y en las armas, azote de Francia, árbitro de Europa, asiento de la piedad, la virtud, el honor y la

 

verdad, orgullo y envidia del mundo, con tal desprecio tratada.

 

 Per o como yo no estaba en situación de sentir injurias, después de maduras reflexiones empecé a dudar

 

si había sido injuriado o no, pues, acostumbrado ya por varios meses de residencia a la vista y al trato de

 

aquellas gentes y encontrando todos los objetos que a mis ojos se ofrecían de magnitud proporcionada, el

 

horror que al principio me inspiraron tales seres por su corpulencia y aspecto desapareció hasta tal punto,

 

que si hubiera mirado entonces una compañía de lores y damas ingleses, con sus adornados vestidos de

 

fiesta, representando del modo más cortesano sus respectivos papeles, contoneándose, haciendo

 

reverencias y parloteando, en verdad digo que me hubiesen dado grandes tentaciones de reírme de ellos,

 

tanto como el rey y sus grandes se reían de mí. Y a buen seguro que tampoco podía evitar el reírme de mí

 

mismo cuando la reina, como solía, me colocaba sobre su mano ante un espejo, con lo que nuestras dos

 

personas se presentaban juntas a mi vista por entero; y no podía darse nada más ridículo que la

 

comparación, al extremo de que yo realmente comencé a imaginar que había disminuido con mucho por

 

bajo de mi tamaño corriente.

 

 Nada me enfurecía y mortificaba tanto como el enano de la reina, el cual, siendo de la más baja estatura

 

que nunca se vio en aquel país -pues, en verdad, creo que no llegaba a los treinta pies-, se tornó insolente

 

al ver una criatura tan por bajo de él, de modo que siempre hacía el baladrón y el buen mozo al pasar por mi

 

lado en la antecámara cuando yo estaba de pie en alguna mesa hablando con los caballeros y las damas de

 

la corte, y rara vez dejaba de soltar alguna palabra punzante a propósito de mi pequeñez, de lo cual sólo

 

podía vengarme llamándole hermano, desafiándole a luchar y con las agudezas acostumbradas en labios

 

de los pajes de corte. Un día, durante la comida, este cachorro maligno estaba tan amostazado por algo que

 

le había dicho yo, que, subiéndose al palo de la silla de Su Majestad la reina, me cogió por mitad del

 

cuerpo, conforme yo estaba sentado, totalmente desprevenido, y me echó dentro de un gran bol de plata

 

lleno de crema, y luego escapó a todo correr. Caí de cabeza, y a no ser un buen nadador lo hubiera pasado

 

muy mal, pues Glumdalclitch estaba en aquel momento al otro extremo de la habitación, y la reina se

 

aterrorizó de modo que le faltó presencia de ánimo para auxiliarme. Pero mi pequeña niñera corrió en mi

 

auxilio y me sacó cuando ya había tragado más de media azumbre de crema. Me llevaron a la cama, y se

 

vio que, por mi fortuna, no había recibido otro daño que la pérdida de un traje, que quedó completamente

 

inservible. El enano fue bravamente azotado y, como añadidura, obligado a beberse el bol de crema en que

 

me había arrojado, y nunca más recobró su favor, pues poco después la reina lo regaló a una dama de

 

mucha calidad. Así que no volví a verle, con gran satisfacción mía, pues no sé decir a qué extremo hubiese

 

llevado su resentimiento este bribón endemoniado.

 

 Ya antes me había jugado una mala pasada, que hizo reir a la reina, aunque al mismo tiempo s e

 

disgustó tan profundamente que estuvo a punto de despedirle, y sin duda lo hubiese hecho a no ser yo lo

 

bastante generoso para interceder. Su Majestad la reina se había servido un hueso de tuétano, y cuando

 

hubo sacado éste volvió a poner el hueso en la fuente derecho como antes estaba. El enano, acechando

 

una oportunidad, mientras Glumdalclitch iba al aparador, se subió en la banqueta en que ella se ponía de

 

pie para cuidar de mí durante las comidas, me levantó con las dos manos y, apretándome las piernas una

 

contra otra, me las encajó dentro del hueso de tuétano, donde entré hasta más arriba de la cintura y quedé

 

como hincado un rato, haciendo muy ridícula figura. Supongo que pasó cerca de un minuto primero que

 

nadie supiese adónde había ido a parar, porque gritar entendí que hubiera sido rebajamiento. Pero como los

 

príncipes casi nunca toman la comida caliente, no se me escaldaron las piernas, y sólo mis medias y mis

 

calzones quedaron en poco limpia condición. El enano, gracias a mis súplicas, no sufrió otro castigo que

 

unos buenos azotes.

 

 La reina se reía frecuentemente de mí por causa de mi cobardía, y acostumbraba preguntarme si la

 

gente de mi país era toda tan cobarde como yo. Uno de los motivos fue éste: el reino se infesta de

 

mosquitos en verano, y estos odiosos insectos, cada uno del tamaño de una calandria de Dunstable, no me

 

daban punto de reposo cuando estaba sentado a la mesa, con su continuo zumbido alrededor de mis

 

orejas. A veces se me paraban en la comida; otras se me ponían en la nariz o en la frente, donde su

 

picadura me llegaba a lo vivo, despidiendo malísimo olor, y me era fácil seguir el trazo de esa materia

 

viscosa, que, según nos enseñan nuestros naturalistas, permite a estos animales andar por el techo con las

 

 

 

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patas hacia arriba. Pasaba yo gran trabajo para defenderme de estos bichos detestables y no podía dejar

 

de estremecerme cuando se me venían a la cara. El enano había cogido la costumbre de cazar con la mano

 

cierto número de estos insectos, como hacen nuestros colegiales, y soltármelos de repente debajo de la

 

nariz, de propósito para asustarme y divertir a la reina. Mi remedio era destrozarlos con mi navaja conforme

 

iban volando por el aire, ejercicio en que se admiraba mucho mi destreza.

 

 Recuerdo que una mañana en que Gl umdalclitch me había puesto dentro de mi caja en una ventana,

 

como tenía costumbre de hacer los días buenos, para que me diese el aire -pues yo no me atrevía a

 

consentir que colgaran la caja en un clavo por fuera de la ventana, al modo en que nosotros colgamos las

 

jaulas en Inglaterra-, cuando había corrido una de mis vidrieras y sentádome a mi mesa para comer un

 

pedazo de bollo como desayuno, más de veinte avispas, atraídas por el olor, entraron en mi cuarto volando

 

con zumbido más fuerte que el que hicieran los roncones de otras tantas gaitas. Algunas me cogieron el

 

bollo y se lo llevaron a pedazos; otras me revoloteaban alrededor de la cabeza y la cara, aturdiéndome con

 

sus ruidos y poniendo en mi ánimo el mayor espanto con sus aguijones. Sin embargo, tuve valor para

 

levantarme y sacar el alfanje y atacarlas en su vuelo. Despaché cuatro; las demás huyeron y yo cerré en

 

seguida la ventana. Estos insectos eran grandes como perdices; les arranqué los aguijones, que hallé ser

 

de pulgada y media de largo y agudos como agujas. Los conservé cuidadosamente, y después de haberlos

 

enseñado con algunas otras curiosidades en diferentes partes de Europa, cuando volví a Inglaterra hice

 

donación de tres al Colegio de Gresham y guardé el cuarto para mí.

 

Capítulo IV

 

Descripción del país. -Una proposición de que se corrijan los mapas modernos. -El palacio del rey y alguna

 

referencia de la metrópoli. -Modo de viajar del autor. -Descripción del templo principal.

 

 Quiero ofrecer al lector ahora una corta descripción de este país, en cuanto yo viajé por él, que no pasó

 

de dos mil millas en contorno de Lorbrulgrud, la metrópoli; pues la reina, a cuyo servicio seguí siempre,

 

nunca iba más lejos cuando acompañaba al rey en sus viajes, y allí permanecía hasta que Su Majestad

 

volvía de visitar las fronteras. La total extensión de los dominios de este príncipe alcanzaba unas seis mil

 

millas de longitud y de tres a cinco mil de anchura, por donde no tengo más remedio que deducir que

 

nuestros geógrafos de Europa están en un gran error al suponer que sólo hay mar entre el Japón y

 

California. Siempre fuí de opinión de que debía de haber un contrapeso de tierra que hiciese equilibrio con

 

el gran continente de Tartaria; y ahora deben corregirse los mapas y cartas añadiendo esta vasta región de

 

tierra a la parte noroeste de América, para lo cual yo estoy dispuesto a prestar mi ayuda.

 

 El reino es una península limitada al Norte por una cade na de montañas de treinta millas de altura, que

 

son por completo infranqueables a causa de los volcanes que hay en las cimas. No sabe el más culto qué

 

clases de mortales viven del otro lado de aquellas montañas, ni si hay o no habitantes. Por los otros tres

 

lados, la península confina con el mar. No hay un solo puerto en todo el litoral, y aquellas partes de las

 

costas por donde vierten los ríos están de tal modo cubiertas de rocas puntiagudas, y el mar tan alborotado

 

de ordinario, que aquellas gentes no pueden arriesgarse en el más pequeño de sus botes, y, así, viven

 

imposibilitadas de todo comercio con el resto del mundo. Pero los grandes ríos están llenos de

 

embarcaciones y abundan en pesca excelente. Rara vez pescan en el mar, porque los peces marinos tienen

 

el mismo tamaño que en Europa, y, por lo tanto, no merecen para ellos la pena de cogerlos. Por donde

 

resulta indudable que la Naturaleza ha limitado por completo la producción de plantas y animales de

 

volumen tan extraordinario a este continente, por razones cuya determinación dejo a los filósofos. Sin

 

embargo, alguna que otra vez cogen una ballena que aconteció estrellarse contra las rocas y que la gente

 

ordinaria come con deleite. He visto algunas de estas ballenas tan grandes que apenas podía llevarlas a

 

costillas un hombre, y a veces, como curiosidad, las transportan a Lorbrulgrud en cestos. He visto una en

 

una fuente en la mesa del rey, que se tenía por excepcionalmente grande; pero a él no pareció gustarle

 

mucho, sin duda porque le desagradaba su grandeza, aunque yo he visto una algo mayor en Groenlandia.

 

 El país está bastante poblado, pues contiene cincuenta y una ciudades, cerca de cien poblaciones

 

amuralladas y gran número de aldeas. Para satisfacer al lector curioso bastará con que describa

 

Lorbrulgrud. Esta ciudad se asienta sobre dos extensiones casi iguales, una a cada lado del río que la

 

atraviesa. Tiene más de ocho mil casas y unos seiscientos mil habitantes. Mide a lo largo tres glamglus -que

 

viene a ser unas cincuenta y cuatro millas inglesas- y dos y media a lo ancho, según medí yo mismo sobre

 

el mapa real hecho por orden del rey, y que, para mi servicio, fue extendido en el suelo, que cubría en un

 

centenar de pies; anduve varias veces descalzo el diámetro y la circunferencia, y haciendo el debido

 

cómputo por medio de la escala lo medí con bastante exactitud.

 

 El palacio del rey no es un edificio regular, sino un conjunto de edificaciones que abarcan unas siete

 

millas en redondo. Las habitaciones principales tienen, por regla general, doscientos cincuenta pies de alto,

 

y anchura y longitud proporcionadas. Se nos asignó un coche a Glumdalclitch y a mí, en el cual su aya la

 

sacaba frecuentemente a ver la población o recorrer los comercios, y yo siempre era de la partida, metido

 

en mi caja, aunque la niña, a petición mía, me sacaba a menudo y me tenía en la mano, para que pudiese

 

mirar mejor las casas y la gente cuando íbamos por las calles. Calculé que nuestro coche sería como una

 

 

 

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nave de Westminster Hall, pero algo menos alto, aunque no respondo de que el cálculo sea muy puntual.

 

Un día, el aya mandó al cochero que se detuviese frente a varios comercios, donde los mendigos, que

 

acechaban la oportunidad, se agolparon a los lados del coche y presentaron ante mí el espectáculo más

 

horrible que se haya ofrecido a ojos europeos.

 

 Además de la caja grande en que me llevaban corrientemente, la reina encargó que se me hiciese otra

 

más pequeña, de unos doce pies en cuadro y diez de altura, para mayor comodidad en los viajes, pues la

 

otra resultaba algo grande para el regazo de Glumdalclitch y embarazosa en el coche. La hizo el mismo

 

artista, a quien yo dirigí en todo el proyecto. Este gabinete de viaje era un cuadrado perfecto, con una

 

ventana en medio de cada uno de tres de los lados, y las ventanas enrejadas con alambre por fuera, a fin

 

de evitar accidentes en los viajes largos. En el lado que no tenía ventana se fijaron dos fuertes colgaderos,

 

por los cuales la persona que me llevaba, cuando me ocurría ir a caballo, pasaba un cinturón de cuero, que

 

luego se ceñía. Éste era siempre menester encomendado a algún criado juicioso y fiel en quien se pudiese

 

confiar, tanto que yo acompañase al rey y a la reina en sus excursiones, como que fuese a ver los jardines o

 

a visitar a alguna dama principal o algún ministro, si acaso Glumdalclitch no se encontraba bien; pues

 

advierto que muy pronto empecé a ser conocido y estimado de los más altos funcionarios, supongo que

 

más por razón del favor que me dispensaban Sus Majestades que por mérito propio alguno. En los viajes,

 

cuando me cansaba del coche, un criado a caballo sujetaba mi caja a la cintura y la descansaba en un cojín

 

delante de él, y desde allí gozaba yo una amplia perspectiva del terreno por los tres lados que tenía

 

ventana. Llevaba en este cuartito una cama de campaña y una hamaca pendiente del techo, y dos sillas y

 

una mesa fuertemente atornilladas al suelo, para impedir que las sacudiese el movimiento del caballo o del

 

coche. Y como estaba de tiempo acostumbrado a las travesías, esta agitación, aunque muy violenta a

 

veces, no me descomponía gran cosa.

 

 Siempre que sentía deseo de ver la población, me llevaba en mi cuarto de viaje, puesto en su regazo,

 

Glumdalclitch, quien iba en una especie de silla de mano descubierta, al uso del país, transportada por

 

cuatro hombres y asistida por otros dos con la librea de la reina. La gente, que con frecuencia oía hablar de

 

mí, se agolpaba curiosa en torno de la silla, y la niña era lo bastante complaciente para detener a los

 

portadores y tomarme en la mano a fin de que se me pudiera ver con más comodidad.

 

 Tenía yo mucha gana de conocer el templo principal, y particularmente su torre que pasaba por la más

 

alta del reino. En consecuencia, me llevó un día mi niñera; pero puedo en verdad decir que volví

 

desencantado, porque la altura no excede de tres mil pies, contando desde el suelo al último chapitel, lo

 

que, dada la diferencia de tamaño entre aquellas gentes y nosotros los europeos, no es motivo de gran

 

asombro, ni llega, en proporción, si no recuerdo mal, a la torre de Salisbury. Mas, para no desprestigiar una

 

nación a la que por toda mi vida me reconoceré obligado en extremo, he de conceder que esta famosa

 

torre, lo que no tiene de altura lo tiene de belleza y solidez, pues los muros son de cerca de cien pies de

 

espesor, y están hechos de piedra tallada -cada una de las cuales tiene unos cuarenta pies en cuadro-, y

 

adornados por todas partes con estatuas de dioses y emperadores, esculpidas en mármol, de más que

 

tamaño natural. Medí un dedo meñique que se le había caído a una de las estatuas y pasaba inadvertido

 

entre un poco de broza, y encontré que tenía justamente cuatro pies y una pulgada de longitud.

 

Glumdalclitch lo envolvió en su pañuelo y se lo llevó a casa en el bolsillo, para guardarlo con otras

 

chucherías a las que la niña era muy aficionada, como es corriente en los chicos de su edad.

 

 La cocina del rey es, a no dudar, un hermoso edificio, terminado en bóveda y de unos seiscientos pies de

 

alto. El horno grande no llega en anchura a la cúpula de San Pablo, que es diez pasos mayor, pues de

 

propósito medí ésta a mi regreso. Pero si fuese a describir aquellas parrillas, aquellas prodigiosas marmitas

 

y calderas, aquellos cuartos de carne dando vueltas en los asadores, y otros muchos detalles, es posible

 

que no se me diera crédito, o, por lo manos, una crítica severa se inclinaría a pensar que yo exageraba un

 

poco, como se sospecha que hacen frecuentemente los viajeros. Por evitar esta censura, creo haber

 

incurrido excesivamente en el extremo contrario, y que si el presente estudio viniera a ser traducido al

 

idioma de Brobdingnag -que éste es el nombre de aquel reino-, y llevado allí, lo mismo el rey que su pueblo

 

tendrían razón para quejarse de que yo les había ofendido con una pintura falsa y diminutiva.

 

 Su Majestad rara vez guarda en sus caballerizas más de seiscientos caballos, que tienen, por regla

 

general, de cincuenta y cuatro a sesenta pies de altura. Pero cuando sale en días solemnes le da escolta

 

una guardia miliciana de quinientos caballos, que yo tuve, sin duda, por el más espléndido espectáculo que

 

pudiera presenciarse, hasta que vi a parte de su ejército en orden de batalla. De lo que ya tendré ocasión de

 

hablar.

 

Capítulo V

 

Varias aventuras sucedidas al autor. -La ejecución de un criminal. -El autor descubre su conocimiento de la

 

navegación.

 

 Hubiera vivido bastante feliz en aquella tierra si mi pequeñez no me hubiese expuesto a diversos

 

accidentes molestos y ridículos, algunos de los cuales me atreveré a relatar. Glumdalclitch me llevaba a

 

menudo a los jardines de palacio en mi caja pequeña, y a veces me sacaba de ella y me tenía en la mano o

 

 

 

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me bajaba al suelo para que paseara. Recuerdo que un día el enano, antes de perder la privanza de la

 

reina, nos seguía por aquellos jardines, y habiéndome dejado mi niñera en el suelo y estando juntos él y yo

 

cerca de unos manzanos enanos, quise hacer gala de mi ingenio con una alusión inocente al parecido entre

 

él y los árboles, cuyas denominaciones se relacionan entre sí en aquel idioma, como sucede en el nuestro.

 

Por este motivo, acechando el desalmado bribón la oportunidad cuando pasaba yo por debajo de uno de los

 

árboles lo sacudió sobre mi cabeza, con lo que una docena de manzanas, del tamaño de un barril de Brístol

 

cada una, se vinieron abajo, saludándome los oídos. Una de ellas me alcanzó en las espaldas cuando

 

estaba inclinado y me derribó de boca cuan largo soy; pero no recibí mayor daño, y el enano obtuvo el

 

perdón a ruego mío, ya que la provocación había partido de mí.

 

 Otro día Glumdalclitch me dejó en un césped suave para que me es parciese, mientras ella paseaba con

 

su aya a alguna distancia. En esto se desencadenó de repente tan violenta granizada, que su fuerza me

 

derribó en tierra; y, ya caído, los granizos me molieron todo el cuerpo tan cruelmente como si me hubieran

 

lanzado pelotas de tennis ; me las arreglé, sin embargo, para arrastrarme a cuatro pies y resguardarme,

 

acostándome boca abajo a lo largo de la banda de sotavento de un lomo cubierto de tomillo; pero tan

 

maltrecho de pies a cabeza, que no pude salir en diez días. Y no hay que asombrarse de ello, porque la

 

Naturaleza en aquel país observa proporción en todas sus manifestaciones; un granizo de aquéllos es casi

 

dieciocho veces más grande que uno de Europa, lo que puedo afirmar apoyado en la experiencia, ya que

 

tuve la curiosidad de pesarlos y medirlos.

 

 Pero aun me aconteció un accidente más peligroso en aquel mismo jardín, en ocasión de haberse

 

retirado mi niñera a otra parte de él con su aya y algunas damas amigas, creyendo dejarme en lugar seguro

 

-lo que con frecuencia le suplicaba que hiciese, para recrearme a solas con mis pensamientos- y de

 

haberse dejado en casa mi caja para evitarse la molestia de llevarla. Lejos Glumdalclitch, donde yo no la

 

veía ni podía llegar hasta ella mi voz, un sabuesillo blanco, propiedad del jardinero, que por casualidad

 

había entrado en el jardín, acertó a pasar cerca del sitio en que me hallaba. El perro, siguiendo el rastro, se

 

vino derecho a mí, y cogiéndome con la boca corrió a su amo moviendo la cola y me dejó suavemente en el

 

suelo. Por suerte le habían adiestrado tan bien, que fuí transportado entre sus dientes sin sufrir el daño más

 

ligero, ni siquiera desgarramiento de ropa; pero el infeliz jardinero, que me conocía sobradamente y sentía

 

gran afecto por mí, se llevó un susto terrible. Me levantó suavemente en ambas manos y me preguntó si me

 

había pasado algo; pero estaba yo tan pasmado y sin aliento, que no le pude responder palabra. A los

 

pocos minutos volví en mí y él me llevó indemne a mi niñera, quien, en tanto, había vuelto al sitio en que me

 

dejara, y, no hallándome ni obteniendo respuesta a sus llamadas, estaba en mortales angustias. Amonestó

 

al jardinero severamente por lo que su perro había hecho; mas la cosa se ocultó y jamás se supo en la

 

corte, pues la niña temía el enfado de la reina, y en cuanto a mí he de decir francamente que pensé que no

 

haría ningún provecho a mi fama que se extendiera semejante historia.

 

 Este accidente determinó a Glumdalclitch a no perderme de vista en lo sucesivo cuando saliésemos.

 

Llevaba yo mucho tiempo temiendo esta resolución, y, en consecuencia, le había ocultado a ella algunas

 

pequeñas aventuras desgraciadas que me habían ocurrido en aquellos tiempos en que me abandonaban a

 

mí mismo. Una vez, un gatito que rondaba por el jardín saltó sobre mí, y, a no haber yo sacado

 

resueltamente mi alfanje y precipitádome bajo una tupida espaldera, de seguro que me hubiera arrebatado

 

en sus garras. En otra ocasión, subiendo por el montoncillo de arena que un topo acababa de formar

 

escarbando, caí de cabeza en el hoyo que el animal había cavado, y tuve que inventar una mentira, que no

 

merece la pena de recordar, para disculparme de haberme estropeado el vestido. También me rompí la

 

espinilla derecha contra la concha de un caracol con que tropecé un día que paseaba solo, pensando en la

 

pobre Inglaterra.

 

 No sé qué era más grande, si mi complacencia o mi mortificación al observar en aquellos paseos

 

solitarios que los pájaros más pequeños no mostraban miedo ninguno de mí; antes bien, brincaban a mi

 

alrededor a una yarda de distancia, buscando gusanos y otras cosas que comer, con la misma indiferencia y

 

seguridad que si no hubiera ser ninguno junto a ellos. Recuerdo que un tordo se tomó la libertad de

 

arrebatarme de la mano con el pico un trozo de bollo que Glumdalclitch acababa de darme para desayuno.

 

Cuando intentaba coger alguno de estos pájaros, se me revolvían fieramente, tirándome picotazos a los

 

dedos, que yo cuidaba de no poner a su alcance, y luego, con toda despreocupación, seguían saltando a

 

caza de gusanos y caracoles, como antes. Un día, sin embargo, cogí un buen garrote y se lo tiré con toda

 

mi fuerza y tan certeramente a un pardillo, que lo tumbé del golpe, y,cogiéndole por el cuello con las dos

 

manos, corrí a mi niñera llevándolo en triunfo. Pero el pájaro que sólo había quedado aturdido, se recobró y

 

me dio tantos golpes con las alas a ambos lados de la cabeza y del cuerpo, que, aun cuando lo mantenía

 

apartado con los brazos extendidos y estaba fuera del alcance de sus garras, veinte veces estuve por

 

dejarle escapar. Mas pronto vino en mi auxilio uno de nuestros criados, que retorció al pájaro el pescuezo, y

 

al día siguiente me lo dieron para almorzar por orden de la reina. Este pardillo, por lo que recuerdo, venía a

 

ser algo mayor que un cisne de Inglaterra.

 

 Un día, un joven caballero, sobrino del aya de mi niñera, vino e invitó a las dos insistentemente a que

 

fuesen a ver una ejecución: la de un hombre que había asesinado precisamente a uno de los amigos

 

íntimos de aquel caballero. A Glumdalclitch la convencieron para que fuese de la partida, muy contra su

 

inclinación, porque era naturalmente compasiva; y por lo que a mí toca, aunque aborrezco esta naturaleza

 

de espectáculos, me tentaba la curiosidad de ver una cosa que suponía que debía de ser extraordinaria. El

 

 

 

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malhechor fue sujeto a una silla en un cadalso levantado al efecto y le cortaron la cabeza de un tajo con una

 

espada de cuarenta pies de largo aproximadamente. Las venas y arterias arrojaron tan prodigiosa cantidad

 

de sangre y a tal altura, que el gran jeu d’eau de Versalles no se le igualaba mientras duró; y la cabeza, al

 

caer, dio contra el piso del cadalso un golpazo tan grande, que me hizo estremecer, aunque estaba yo, por

 

lo menos, a media milla inglesa de distancia.

 

 La reina, que solía oírme hablar de mis viajes marítimos y no dejaba ocasión de divertirme cuando me

 

veía melancólico, me preguntó si sabía manejar una vela o un remo y si no me sería conveniente para la

 

salud un poco de ejercicio de boga. Le respondí que ambas cosas se me entendían muy bien, pues aunque

 

mi verdadera profesión había sido la de médico o doctor del barco, muchas veces, en casos de apuro, me

 

había visto obligado a trabajar como un marinero más. Pero no veía yo cómo podría hacer esto en su país,

 

donde el más pequeño esquife era igual que uno de nuestros buques de guerra de primera categoría, y en

 

cuyos ríos no podría resistir un bote tal como yo lo necesitaba para manejarlo. Su Majestad dijo que si yo

 

ideaba un bote, su propio carpintero lo haría y ella buscaría un sitio donde yo pudiese navegar. El hombre

 

era obrero hábil, y, siguiendo mis instrucciones, en diez días acabó un bote de recreo con todo su aparejo

 

muy suficiente para ocho europeos. Cuando estuvo acabado le gustó tanto a la reina, que lo llevó corriendo

 

en su falda al rey, quien ordenó que lo pusieran en una cisterna llena de agua, conmigo dentro, a manera de

 

ensayo; no pude usar mis remos cortos allí por falta de espacio. Pero la reina había de antemano forjado

 

otro proyecto; mandó al carpintero que hiciese una artesa de madera de trescientos pies de largo, cincuenta

 

de ancho y ocho de fondo, la cual, bien embreada para que no se saliese el agua, fue puesta en el suelo,

 

pegada a la pared, en una habitación exterior del palacio. Tenía la artesa cerca del fondo un grifo para sacar

 

el agua cuando llevaba echada mucho tiempo, y dos criados podían llenarla sin trabajo en media hora. Allí

 

solía yo remar para mi propia distracción, así como para la de la reina y sus damas, que se complacían

 

mucho en mi destreza y agilidad. A veces largaba la vela, y entonces mi tarea consistía solamente en

 

gobernar cuando las damas me mandaban viento fresco con los abanicos, y cuando se cansaban ellas,

 

algún paje me empujaba la vela con su aliento, mientras yo mostraba mi arte gobernando a babor, o a

 

estribor, según quería. Cuando terminaba, Glumdalclitch volvía a llevarse el bote a su gabinete y allí lo

 

colgaba de un clavo para que se secase.

 

 Practicando este ejercicio me ocurrió una vez un accidente que en nada estuvo que me costara la vida.

 

Fue que, habiendo echado uno de los pajes mi bote en la artesa, el aya que cuidaba de Glumdalclitch, muy

 

oficiosamente, me levantó para meterme en el bote; pero me aconteció escurrirme de entre sus dedos, e

 

infaliblemente hubiese dado contra el suelo desde cuarenta pies de altura si, por la más venturosa

 

casualidad del mundo, no me hubiese detenido un alfiler que la buena señora llevaba prendido en el peto; la

 

cabeza del alfiler vino a metérseme entre la camisa y la pretina de los calzones, y así quedé suspendido en

 

el aire por la mitad del cuerpo hasta que Glumdalclitch acudió en mi socorro.

 

 Otra vez, uno de los criados, cuyo oficio era llenar mi artesa de agua limpia cada tres días, tuvo el

 

descuido de dejar que una rana enorme, por no haberla visto, se deslizase en el cubo. La rana estuvo oculta

 

hasta que me pusieron en el bote; pero entonces, advirtiendo un lugar de descanso, trepó a él, y lo hizo

 

inclinarse tanto de un costado, que tuve que contrabalancear echando al otro todo el peso de mi cuerpo

 

para impedir el vuelco. Cuando la rana estuvo dentro, saltó de primera intención la mitad del largo del bote,

 

y luego, por encima de mi cabeza, de atrás adelante y al contrario, ensuciándome la cara y las ropas con

 

repugnante lodo. El grandor de sus miembros la hacía aparecer como el animal más disforme que pueda

 

concebirse. No obstante, pedí a Glumdalclitch que me dejase habérmelas con ella solo. Durante un buen

 

rato le sacudí con uno de los remos, y, por fin, la forcé a saltar del bote.

 

 Pero el mayor peligro en que me vi durante mi estancia en aquel reino fue debido a un mono, propiedad

 

de uno de los ayudantes de cocina. Me había encerrado Glumdalclitch en su gabinete mientras ella salía a

 

compras o de visita. Como hacía mucho calor, la ventana del gabinete estaba abierta de par en par, así

 

como las ventanas y puertas de mi caja grande, en la cual ya habitaba frecuentemente a causa de su

 

comodidad y amplitud. Estaba sentado a la mesa meditando tranquilamente, cuando vi que algo se entraba

 

de un salto por la ventana de la habitación y daba brincos de un lado para otro. Aunque ello me alarmó en

 

extremo, me atreví a mirar hacia fuera, bien que sin moverme de mi asiento; y entonces vi al revoltoso

 

animal retozando y saltando de aquí para allí, hasta que por último se vino a mi caja y la examinó con gran

 

curiosidad y regocijo, atisbando por las puertas y las ventanas. Me separé al ángulo más apartado de mi

 

habitación, o sea de mi caja; pero el mono, mirando el interior por todas partes, me aterró de tal modo que

 

me faltó presencia de ánimo para esconderme debajo de la cama, como hubiera podido hacer fácilmente.

 

Después de un rato de husmeo, gesticulación y charla, me descubrió al fin, y metiendo por la puerta una de

 

las garras, como haría un gato que jugase con un ratón, aunque yo corría de un sitio a otro para huirle,

 

acabó por cogerme de la vuelta de la casaca -que, hecha de la seda de aquel país, era muy gruesa y

 

resistente- y me sacó. Me alzó con la mano derecha y me sujetó como las nodrizas sujetan a los niños

 

cuando van a darles de mamar y exactamente lo mismo que yo había visto hacer en Europa a un animal de

 

la misma clase con un gatito pequeño. Intenté resistir; pero entonces me apretó tan fuerte, que tuve por lo

 

más prudente entregarme. Su frecuente acariciarme la cara con la mano de muy suave manera me hace

 

fundadamente suponer que me tomaba por un pequeño de su misma especie. Vino a interrumpirle en estas

 

diversiones un ruido hecho en la puerta del gabinete como por alguien que la abriese, lo que le obligó a

 

saltar bruscamente a la ventana por donde había entrado, y de allí, a canalones y cañerías andando en tres

 

 

 

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pies y llevándome a mí en la otra mano, hasta que se encaramó a un tejado próximo al nuestro. Yo oí que

 

Glumdalclitch daba un grito en el momento de sacarme el mono del cuarto. La pobre muchacha casi perdió

 

el sentido. Aquella parte del palacio era todo confusión; los criados corrieron a buscar escaleras; cientos de

 

personas de la corte miraban al mono, que, instalado en lo alto de un edificio, me tenía como a un niño en

 

una de sus patas delanteras y me daba de comer con la otra, metiéndome a la fuerza en la boca comida

 

que iba sacándose de una de las bolsas que tienen a los lados de las quijadas estos animales, y cuando no

 

quería comerlo me pegaba. A la vista de esto no podía contener la risa mucha de la gente que había abajo,

 

ni yo creo que en realidad pueda censurársele por ello, pues, sin disputa, el espectáculo tenía que ser

 

bastante grotesco para cualquiera que no fuese yo. Algunas personas tiraron piedras con la intención de

 

hacer bajar al mono; pero se prohibió hacerlo rigurosamente, pues de otro modo es casi seguro que me

 

hubiesen destrozado la cabeza.

 

 Se dispusieron las escaleras y subieron por ell as muchos hombres; el mono, en vista de ello y

 

encontrándose ya casi rodeado e incapaz de correr lo suficiente en tres pies, me soltó en una teja

 

acanalada y se puso en fuga. Allí quedé un rato, a quinientas yardas del suelo, esperando a cada instante

 

que el viento me echara abajo o caer desvanecido e ir a parar, dando tumbos, desde el caballete al alero;

 

pero un buen muchacho, lacayo de mi niñera, trepó, y, metiéndome en la faltriquera de sus calzones, me

 

bajó indemne.

 

 Yo estaba casi ahogado con aquel la asquerosidad que el mono me había embutido en la garganta; pero

 

mi querida niñera me lo sacó de la boca con una aguja fina y luego me vino un vómito que me sirvió de gran

 

alivio. Sin embargo, quedé tan débil y tan molido de pies a cabeza con los estrujones que me dio aquel

 

repugnante animal, que tuve que guardar cama una quincena. El rey, la reina y toda la corte enviaban cada

 

día a preguntar por mi salud, y la reina me hizo durante mi enfermedad varias visitas. Se mató al mono y se

 

dio orden de que no se pudieran tener en todo el palacio semejantes animales.

 

 Cuando, una vez restablecido, me presenté al rey para darle las gracias por sus favores, él se dignó

 

bromear grandemente con motivo de la aventura. Me preguntó qué pensamientos y cálculos eran los míos

 

cuando estaba en la garra del mono, qué tal me supo la comida que me dio y si el aire fresco que corría por

 

el tejado me había abierto el apetito. Me interrogó también qué hubiera hecho en mi propio país en ocasión

 

semejante. Yo dije a Su Majestad que en Europa no teníamos monos, aparte de los que se llevaban de

 

otros sitios por curiosidad, y éstos eran tan pequeños, que yo podía habérmelas con una docena a la vez si

 

acaso se les ocurriera atacarme. Y en cuanto a aquel monstruoso animal con quien había tenido que

 

vérmelas recientemente -y que era, sin duda, tan grande como un elefante-, si el temor no me hubiese

 

impedido caer en la cuenta de que podía utilizar mi alfanje -dije esto con expresión fiera y golpeando con la

 

mano la guarnición- cuando metió la garra en mi cuarto, quizá le hubiese hecho herida tal que se hubiera

 

tenido por muy contento con poder retirarla más aprisa de lo que la había metido. Pero mi discurso no

 

produjo otro efecto que una fuerte risotada, que todo el respeto debido a Su Majestad no pudo contener en

 

aquellos que le daban asistencia. Esto me hizo reflexionar cuán vano intento es en un hombre el de hacerse

 

honor a sí mismo entre aquellos que están fuera de todo grado de igualdad o de comparación con él. Y, sin

 

embargo, he visto con gran frecuencia la moral de mi conducta de entonces a mi regreso a Inglaterra, donde

 

un belitre despreciable cualquiera, sin el menor título por nacimiento, calidad, talento ni aun sentido común,

 

se hace el importante y pretende ser uno con las personas más altas del reino.

 

 Cada día proporcionaba yo a la corte alguna historia ridícula, y Glumdalclitch, aunque me quería hasta el

 

exceso, era lo bastante pícara para enterar a la reina de cualquier despropósito que yo hiciese si creía que

 

podía servir de diversión a Su Majestad.

 

Capítulo VI

 

El autor se da maña por agradar al rey y a la reina. -Muestra su habilidad en la música. -El rey se informa

 

del estado de Europa, que el autor le expone. -Observaciones del rey.

 

 Asistía yo una o dos veces en la semana al acto de levantarse el rey, y con frecuencia le veía en manos

 

de su barbero, lo que en verdad constituía al principio un espectáculo terrible, pues la navaja era casi doble

 

de larga que una guadaña corriente. Su Majestad, según la costumbre del país, se afeitaba solamente dos

 

veces a la semana. En una ocasión pude convencer al barbero para que me diese parte de las jabonaduras,

 

de entre las cuales saqué cuarenta o cincuenta de los cañones más fuertes. Cogí luego un trocito de

 

madera fina y lo corté dándole la forma del lomo de un peine e hice en él varios agujeros a distancias

 

iguales con la aguja más delgada que pudo proporcionarme Glumdalclitch. Me di tan buen arte para fijar en

 

él los cañones, rayéndolos y afilándolos por la punta con mi navaja, que hice un peine bastante bueno.

 

Refuerzo muy del caso, porque el mío tenía las púas rotas hasta el punto de ser casi inservible, y no

 

conocía en el país artista tan delicado que pudiera encargarse de hacerme otro.

 

 Al mismo tiempo aquello me sugirió una diversión en que pasé muchas de mis horas de ocio. Pe dí a la

 

dama de la reina que me guardara el pelo que Su Majestad soltase cuando se la peinaba, y pasado algún

 

tiempo tuve cierta cantidad. Consulté con mi amigo el ebanista, que tenía orden de hacerme los trabajillos

 

que necesitase, y le encargué la armadura de dos sillas no mayores que las que tenía en mi caja y que

 

 

 

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practicara luego unos agujeritos con una lezna fina alrededor de lo que había de ser respaldo y asiento. Por

 

estos agujeros pasé los cabellos más fuertes que pude hallar, al modo que se hace en las sillas de mimbres

 

en Inglaterra. Cuando estuvieron terminadas las regalé a Su Majestad la reina, quien las puso en su

 

gabinete y las mostraba como una curiosidad; y, en efecto, eran el asombro de todo el que las veía. Quiso

 

la reina que yo me sentase en una de aquellas sillas; pero me negué resueltamente a obedecerla,

 

protestando que mejor moriría mil veces que colocar mi cuerpo en aquellos cabellos preciosos que en otro

 

tiempo adornaron la cabeza de Su Majestad. De estos cabellos -como siempre tuve gran disposición para

 

los trabajos manuales- hice también una bonita bolsa de unos cinco pies de largo, con el nombre de Su

 

Majestad en letras de oro; bolsa que di a Glumdalclitch con permiso de la reina. A decir verdad, más era de

 

capricho que para uso, pues no era lo bastante fuerte para resistir el peso de las monedas grandes, y, de

 

consiguiente, Glumdalclitch sólo guardaba en ella algunas de esas chucherías a que las niñas son tan

 

aficionadas.

 

 El rey, que amaba la música en extremo, daba frecuentes c onciertos en la corte, a los cuales me

 

llevaban algunas veces. Me ponían dentro de mi caja, sobre una mesa, para que la oyese; pero el ruido era

 

tan grande, que apenas podía distinguir los tonos. Estoy seguro de que todos los tambores y trompetas de

 

un ejército real, batidos y tocadas al mismo tiempo junto a las orejas no igualarían aquello. Mi práctica era

 

hacer que quitasen la caja del sitio en que estuvieran los ejecutantes y la llevasen lo más lejos posible,

 

cerrar luego las puertas y las ventanas de ella y echar las persianas; después de todo lo cual, encontraba

 

aquella música no del todo desagradable.

 

 Yo había aprendido de joven a tocar un poco la espineta. Glumdalclitch tenía una en su cuarto y dos

 

veces por semana iba a enseñarle un profesor. Llamo a aquello una espineta porque en cierto modo se

 

parecía a este instrumento y se tocaba de la misma manera. Se me ocurrió que yo podría entretener al rey y

 

a la reina tocando en este instrumento una tonada inglesa. Pero ello parecía extremadamente difícil porque

 

la espineta tenía cerca de seis pies de largo y cada tecla uno de anchura casi; así, con los brazos

 

extendidos, no podía yo abarcar arriba de cinco teclas, y para pulsarlas necesitaba dar un buen puñetazo, lo

 

que hubiera sido un trabajo demasiado grande y de ninguna utilidad. El método que imaginé fue éste: hice

 

dos palos redondos, del tamaño de dos buenos garrotes, más gruesos por un extremo que por otro, y cubrí

 

el lado más grueso con un trozo de piel de ratón, de modo que al golpear con ellos no pudiese estropear las

 

teclas ni apagar el sonido. Se colocó frente a la espineta un banco que quedaba unos cuatro pies más bajo

 

que el teclado, y sobre el banco me pusieron a mí. Corría yo por encima, de costado, de acá para allá tan

 

velozmente como era posible, y de este modo me ingenié para tocar una jiga, con gran satisfacción de Sus

 

Majestades. Pero fue el ejercicio más violento a que me he entregado en mi vida, y aun así no pude golpear

 

más de dieciséis teclas, ni, desde luego, tocar a la vez los bajos y la voz cantante, como hacen otros

 

artistas, lo que fue en gran daño de mi ejecución.

 

 El rey, que, como ya he consignado, era un príncipe de muy buen entendimiento, ordenaba

 

frecuentemente que me llevasen en mi caja y me pusieran sobre la mesa de su gabinete; me mandaba

 

luego que sacase de la caja una de las sillas y me sentase a unas tres yardas de distancia en lo más alto

 

del escritorio, con lo que me encontraba casi al nivel de su cara. De este modo sostuve varias

 

conversaciones con él. Un día me tomé la libertad de decir a Su Majestad que el desprecio que mostraba

 

hacia Europa y el resto del mundo no parecía responder a las excelentes prendas de discreción que le

 

distinguían; que la razón no crece con el tamaño del cuerpo, sino, antes al contrario, se había observado en

 

nuestro país que las personas más altas están peor dotadas en este respecto. Añadí que, entre otros

 

animales, las abejas y las hormigas tenían fama de más industriosas, hábiles y sagaces que muchos de las

 

especies mayores, y que, por insignificante que yo le pareciese, tenía la esperanza de encontrar en mi vida

 

ocasión de prestar a Su Majestad algún señalado servicio. El rey me oyó con atención y empezó a concebir

 

de mí un juicio mucho mejor del que había tenido hasta entonces. Me pidió que le diese una referencia tan

 

exacta como me fuera posible del gobierno de Inglaterra; pues, aun siendo los príncipes, por regla general,

 

amantes de sus propias costumbres -así lo suponía el respeto de otros monarcas por anteriores

 

razonamientos míos-, le gustaría conocer alguna cosa que mereciera ser imitada.

 

 Imagina por ti, cortés lector, las veces que deseé la lengua de Cicerón o de Demóstenes para poder

 

celebrar la fama de mi querido país natal en un estilo correspondiente a sus méritos y bienaventuranzas.

 

Empecé mi discurso por informar a Su Majestad de que nuestros dominios consistían en dos islas que

 

formaban tres poderosos reinos bajo un soberano, aparte de nuestras colonias de América. Me detuve en

 

ponderar la fertilidad de nuestro suelo y la temperatura de nuestro clima. Hablé luego extensamente de la

 

constitución del Parlamento inglés, formado en parte por un cuerpo ilustre, llamado la Cámara de los Pares,

 

personas de sangre noble y de patrimonios los más antiguos e importantes. Pinté el extraordinario cuidado

 

que siempre se pone en su educación para las artes y las armas, a fin de capacitarlos para ser consejeros a

 

la vez del rey y del reino, participar en la legislación, ser miembros del más alto tribunal de justicia -de cuyas

 

sentencias no puede apelarse- y ejercer de campeones siempre dispuestos a la defensa de su príncipe y de

 

su patria con su valor, conducta y fidelidad. Añadí que ellos eran el adorno y el baluarte del reino, digna

 

descendencia de sus afamados antecesores, que en ella veían honradas las virtudes que siempre

 

practicaron y de cuyo culto jamás sucedió que su posteridad se apartase. A éstos se unían, como parte de

 

la Asamblea, varios santos varones que llevaban el título de obispos, y cuya misión particular era cuidar de

 

la religión y de quienes instruyen en ella a las gentes. Éstos eran buscados y descubiertos de un extremo a

 

 

 

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otro de la nación por el príncipe y sus consejeros más sabios entre aquellos sacerdotes que más

 

merecidamente se hubiesen distinguido por la santidad de su vida y la profundidad de su erudición, los

 

cuales, por derecho indiscutible, eran los padres espirituales del clero y del pueblo.

 

 La otra parte del Parlamento la constituía una asamblea llamada Cámara de los Comunes, cuyos

 

miembros eran todos caballeros principales, libremente designados y escogidos por el mismo pueblo, en

 

razón de sus grandes talentos y de su amor al país, para representar la sabiduría de la nación entera. Y

 

ambos cuerpos constituían la más augusta Asamblea de Europa, a la cual, en unión del rey, estaba

 

encomendada la legislación.

 

 Pasé luego a hablar de los tribunales de justicia, donde los jueces, aquellos venerables sabios e

 

intérpretes de la ley, presidían la determinación de los derechos de propiedad disputados entre los hombres,

 

así como el castigo del vicio y la protección de la inocencia. Mencioné la prudente administración de nuestro

 

tesoro; el valor y las hazañas de nuestras fuerzas de mar y tierra. Hice un cómputo de nuestro número de

 

habitantes, expresando cuántos millones vienen a corresponder a cada secta y a cada partido político de los

 

nuestros. No omití siquiera nuestros deportes y pasatiempos, ni detalle ninguno que, a mi juicio, pudiese

 

redundar en honor de mi país. Terminé con una breve relación histórica de los asuntos y acontecimientos de

 

Inglaterra durante los últimos cien años.

 

 Esta conversación no llegó a su término en menos de cinco audiencias, de varias horas cada una, y el

 

rey lo oyó todo con gran atención, tomando con frecuencia notas de lo que yo decía, así como memoranda

 

de varias preguntas que se servía hacerme.

 

 Cuando di fin a estos largos discursos, Su Majestad, en una sexta audiencia, consultando sus notas,

 

expuso numerosas dudas, preguntas y objeciones respecto de cada artículo. Me interrogó qué métodos

 

empleábamos para cultivar la inteligencia y el cuerpo de nuestros jovenes de la nobleza y a qué clase de

 

trabajos solían dedicarse durante aquel período de la vida apropiado para la instrucción. Qué partido

 

tomábamos para integrar aquella Asamblea cuando se extinguía una familia noble. Qué condiciones eran

 

necesarias a aquellos que se nombraban nuevos lores, y si el humor de un príncipe, una cantidad de dinero

 

dada a una dama de la corte o a un primer ministro, o el propósito de reforzar un partido opuesto al interés

 

público, no venían nunca a ser motivos para estos ascensos. Hasta dónde llegaba el conocimiento que

 

tenían aquellos señores de las leyes de su país y cómo lo adquirían para hacerlos capaces de decidir sobre

 

las propiedades de sus compatriotas en último recurso. Si vivían siempre tan libres de avaricia,

 

parcialidades y ambiciones que el soborno o cualquier otro designio siniestro no pudiera tener entre ellos

 

lugar. Si aquellos santos varones de que yo hablaba eran siempre elevados a tal rango por razón de sus

 

conocimientos en materia religiosa y de la santidad de su vida, y no habían sido nunca condescendientes

 

con los tiempos cuando eran simples sacerdotes, ni serviles y prostituidos capellanes de algún noble cuyas

 

opiniones siguieran, obedeciendo ruinmente después de admitidos en la Asamblea.

 

 Quiso conocer después qué sistemas empleábamos para elegir a aquellos a quienes yo designaba por el

 

nombre de Comunes; si un extraño con la bolsa llena no podría influir sobre los votantes del vulgo para que

 

le escogiesen por encima de su propio señor o del caballero más importante del vecindario. Cómo era que

 

la gente se sentía tan poderosamente inclinada a entrar en esa asamblea aun a costa de las molestias y los

 

gastos enormes que yo había señalado, y que a menudo llegaban a arruinar a las familias respectivas, sin

 

recibir por ello salario ni pensión ninguna, pues esto suponía tan exaltado extremo de virtud y espíritu

 

público, que Su Majestad parecía temer que no siempre fuese sincero. Y quería saber si tan celosos

 

caballeros podían calcular indemnizarse de los gastos y las molestias a que se entregaban sacrificando el

 

bien público a los caprichos de un príncipe vicioso en connivencia con un ministerio corrompido. Multiplicó

 

su interrogatorio y me sondeó y sonsacó en cada una de las partes de este capítulo, haciéndome

 

innumerables preguntas y objeciones que no juzgo discreto ni conveniente repetir.

 

 En cuanto a lo que dije respecto a nuestros tribunales de justicia, Su Majestad solicitó información sobre

 

varios puntos, la que estaba yo tanto más capacitado para dar, cuanto que en otro tiempo me había visto

 

casi arruinado por un proceso en la chancillería, del que tuve que pagar las costas. Me preguntó cuánto

 

tiempo se tardaba generalmente en discernir la razón de la sinrazón y qué gasto suponía; si los abogados y

 

suplicantes eran libres de defender causas manifiesta y reconocidamente injustas, vejatorias u opresivas; si

 

se había observado que algún partido, ya político, ya religioso, fuera de algún peso en la balanza de la

 

justicia; si los tales defensores eran personas instruidas en el general conocimiento de la equidad o sólo en

 

el derecho consuetudinario de la provincia, la nación o la localidad que fuese; si ellos o sus jueces tenían

 

alguna parte en la elaboración de aquellas leyes que se atribulan la libertad de interpretar y glosar a su

 

antojo; si alguna vez habían sido, en ocasiones distintas, defensores y acusadores de una misma causa y

 

citado precedentes en prueba de opiniones contradictorias; si constituían una corporación rica o pobre; si

 

recibían alguna recompensa pecuniaria por pleitear y exponer sus opiniones, y particularmente si alguna

 

vez eran admitidos como miembros en la baja Cámara.

 

 La tomó luego con la admi nistración de nuestro tesoro, y dijo que, sin duda, a mí me había flaqueado la

 

memoria, por cuanto calculé nuestras rentas en unos cinco o seis millones al año, y cuando hice mención

 

de los gastos se encontró con que en ocasiones ascendían a más del doble de esa cantidad, pues sobre

 

este punto había tomado notas muy detalladas, con la esperanza, según me dijo, de que pudiera serle útil el

 

conocimiento de nuestra conducta, y no podía engañarse en sus cálculos. Pero, dado que fuera verdad lo

 

que yo le había dicho, se sorprendía grandemente de cómo un reino podía gastar más de su hacienda como

 

 

 

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un simple particular. Me preguntó quiénes eran nuestros acreedores y dónde encontrábamos dinero para

 

pagarles. Se maravilló oyéndome hablar de tan dispendiosas guerras, pues sin duda habíamos de ser un

 

pueblo muy pendenciero, o vivir entre muy malos vecinos, y nuestros generales tendrían que ser más ricos

 

que nuestro rey. Me preguntó qué asuntos teníamos fuera de nuestras propias islas, si no eran el comercio

 

y los tratados o la defensa de las costas con nuestra flota. Sobre todo, se asombró al oírme hablar de un

 

ejército mercenario permanente en medio de la paz y entre un pueblo libre. Decía que si nos gobernaban

 

por nuestro propio consentimiento las personas que tenían nuestra representación no podía alcanzársele de

 

quién teníamos temor ni contra quién teníamos que pelear, y me consultaba si la casa de un hombre

 

particular no está mejor defendida por él, sus hijos y su familia que por media docena de bribones cogidos a

 

la ventura en medio de la calle, escasamente pagados y que no tendrían inconveniente en degollar a todos

 

si les ofrecían por ello cien veces su soldada.

 

 Se rió de mi extraña especie de aritmética -como se dignó llamarla-, que computaba nuestro número de

 

habitantes, haciendo un cálculo sobre las varias sectas de religión y política que existen entre nosotros. Dijo

 

que no conocía razón ninguna para que a aquellos que mantienen opiniones perjudiciales al interés público

 

se les obligue a cambiar ni para que se les obligue a ocultarlas. Y así como en un Gobierno fuera tiranía

 

pedir lo primero, es debilidad no exigir lo segundo; que un hombre puede guardar venenos en su casa, mas

 

no venderlos por cordiales.

 

 Observó que entre las diversiones de nuestros nobl es y gentes principales había yo mencionado la caza.

 

Quiso saber a qué edad comenzaban por regla general este entretenimiento y cuándo lo abandonaban;

 

cuánto tiempo dedicaban a él; si alguna vez iba tan lejos que afectase las fortunas; si gentes indignas y

 

viciosas no podrían por su destreza en este arte llegar a hacer grandes capitales, y aun en ocasiones a

 

colocar a los nobles mismos en un plano de dependencia, así como a habituarles a compañías indignas,

 

apartarlos completamente del cultivo de su inteligencia y forzarlos con la pérdida sufrida a ejercitar y

 

practicar esa habilidad infame por encima de todas las otras.

 

 Se asombró grandemente cuando le hice la reseña histórica de nuestros asuntos durante el último siglo,

 

e hizo protestas de que aquello era sólo un montón de conjuras, rebeliones, asesinatos, matanzas,

 

revoluciones y destierros, justamente los efectos peores que pueden producir la avaricia, la parcialidad, la

 

hipocresía, la perfidia, la crueldad, la ira, la locura, el odio, la envidia, la concupiscencia, la malicia y la

 

ambición.

 

 En otra audiencia recapituló Su Majestad con gran trabajo todo lo que yo le había referido; comparó las

 

preguntas que me hiciera con las respuestas que yo le había dado, y luego, tomándome en sus manos y

 

acariciándome con suavidad, dio curso a las siguientes palabras, que no olvidaré nunca, como tampoco el

 

modo en que las pronunció: «Mi pequeño amigo Grildrig: habéis hecho de vuestro país el más admirable

 

panegírico. Habéis probado claramente que la ignorancia, la pereza y el odio son los ingredientes

 

apropiados para formar un legislador; que quienes mejor explican, interpretan y aplican las leyes son

 

aquellos cuyos intereses y habilidades residen en pervertirlas, confundirlas y eludirlas. Descubro entre

 

vosotros algunos contornos de una institución que en su origen pudo haber sido tolerable; pero están casi

 

borrados, y el resto, por completo manchado y tachado por corrupciones. De nada de lo que habéis dicho

 

resulta que entre vosotros sea precisa perfección ninguna para aspirar a posición ninguna; ni mucho que los

 

hombres sean ennoblecidos en atención a sus virtudes, ni que los sacerdotes asciendan por su piedad y

 

sus estudios, ni los soldados por su comportamiento y su valor, ni los jueces por su integridad, ni los

 

senadores por el amor a su patria, ni los consejeros por su sabiduría. En cuanto a vos -continuó el rey-, que

 

habéis dedicado la mayor parte de vuestra vida a viajar, quiero creer que hasta el presente os hayáis librado

 

de muchos de los vicios de vuestro país. Pero por lo que he podido colegir de vuestro relato y de las

 

respuestas que con gran esfuerzo os he arrancado y sacado, no puedo por menos de deducir que el

 

conjunto de vuestros semejantes es la raza de odiosos bichillos más perniciosa que la Naturaleza haya

 

nunca permitido que se arrastre por la superficie de la tierra.»

 

Capítulo VII

 

El cariño del autor a su país. -Hace al rey una proposición muy ventajosa, que es rechazada. -La gran

 

ignorancia del rey en política. -Imperfección y limitación de la cultura en aquel país. -Leyes, asuntos

 

militares y partidos en aquel país.

 

 Sólo un amor extremado a la verdad ha podido disuadirme de ocultar esta parte de mi historia. Era en

 

vano que descubriese mis resentimientos, de los cuales se hacía burla siempre; así, tuve que sufrir con

 

paciencia que mi noble y amantísimo país fuese tan injuriosamente tratado. Estoy tan profundamente

 

apenado como pueda estarlo cualquiera de mis lectores de que tal ocasión se presentase; pero este

 

príncipe se mostró tan curioso y preguntón sobre cada punto, que no se hubiese compadecido con la

 

gratitud ni con las buenas formas el que yo le negara cualquier explicación que pudiera darle. Aun siendo

 

así, debe permitírseme que diga en mi defensa que eludí hábilmente muchas de las preguntas y di a cada

 

extremo un giro mas favorable, con mucho, de lo que permitiría la estricta verdad, pues siempre he tenido

 

para mi país esta laudable parcialidad que Dionysius Halicarnassensis recomendaba con tanta justicia al

 

 

 

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historiador. Oculté las flaquezas y deformidades de mi madre patria y coloqué sus virtudes y belleza a la luz

 

más conveniente y ventajosa. Éste fue mi verdadero conato en cuantas conversaciones mantuve con aquel

 

poderoso monarca, aunque, por desdicha, tuvo mal éxito.

 

 Pero también ha de tenerse toda clase de excusas para un rey que vive por completo apartado del resto

 

del mundo, y, por consiguiente, tiene que estar en absoluto ignorante de las maneras y las costumbres que

 

deben prevalecer en otras naciones; falta de conocimiento que siempre determinará numerosos prejuicios, y

 

una cierta estrechez de pensamiento, de que nosotros y los más civilizados países de Europa estamos

 

enteramente libres. Y, sin duda, sería contrario a la razón que se quisieran presentar las nociones de virtud

 

y vicio de un príncipe tan lejano como modelo para toda la Humanidad.

 

 Para confirmar esto que acabo de decir, y mostrar además los desdichados efectos de una educación

 

limitada, referiré un episodio que apenas será creído. Con la esperanza de congraciarme más con Su

 

Majestad, le hablé de un descubrimiento, realizado hacía de trescientos a cuatrocientos años, para fabricar

 

una especie de polvo tal, que si en un montón de él caía la chispa más pequeña todo se inflamaba, así

 

fuese tan grande como una montaña, y volaba por los aires, con ruido y estremecimiento mayores que los

 

que un trueno produjera. Le añadí que una cantidad de este polvo, ajustada en el interior de un tubo de

 

bronce o hierro proporcionada al tamaño, lanzaba una bola de hierro o plomo con tal violencia y velocidad,

 

que nada podía oponerse a su fuerza; que las balas grandes así disparadas no sólo tenían poder para

 

destruir de un golpe filas enteras de un ejército, sino también para demoler las murallas más sólidas y

 

hundir barcos con mil hombres dentro al fondo del mar; y si se las unía con una cadena, dividían mástiles y

 

aparejos, partían centenares de cuerpos por la mitad y dejaban la desolación tras ellas. Añadí que nosotros

 

muchas veces llenábamos de este polvo largas bolas huecas de hierro y las lanzábamos por medio de una

 

máquina dentro de una ciudad a la que tuviésemos puesto sitio, y al caer destrozaba los pavimentos,

 

derribaba en ruinas las casas y estallaba, arrojando por todos lados fragmentos que saltaban los sesos a

 

quienes estuvieran cerca. Díjele además que yo conocía muy bien los ingredientes, comunes y baratos;

 

sabía hacer la composición y podía dirigir a los trabajadores de Su Majestad en la tarea de construir

 

aquellos tubos de un tamaño proporcionado a todas las demás cosas del reino. Los mayores no tendrían

 

que exceder de cien pies de longitud, y veinte o treinta de estos tubos, cargados con la cantidad adecuada

 

de polvo y balas, podrían batir en pocas horas los muros de la ciudad más fuerte de los dominios de Su

 

Majestad, y aun destruir la metrópoli entera si alguna vez se resistiera a cumplir sus órdenes absolutas.

 

Humildemente ofrecí esto al rey como pequeño tributo de agradecimiento por las muchas muestras que

 

había recibido de su real favor y protección.

 

 El rey quedó horrorizado por la descripción que yo le había hech o de aquellas terribles máquinas y por la

 

proposición que le sometía. Se asombró de que tan impotente y miserable insecto -son sus mismas

 

palabras- pudiese sustentar ideas tan inhumanas y con la familiaridad suficiente para no conmoverse ante

 

las escenas de sangre y desolación que yo había pintado como usuales efectos de aquellas máquinas

 

destructoras, las cuales -dijo- habría sido sin duda el primero en concebir algún genio maléfico enemigo de

 

la Humanidad. Por lo que a él mismo tocaba, aseguró que, aun cuando pocas cosas le satisfacían tanto

 

como los nuevos descubrimientos en las artes o en la Naturaleza, mejor querría perder la mitad de su reino

 

que no ser consabidor de este secreto, que me ordenaba, si estimaba mi vida, no volver a mencionar nunca.

 

 ¡Extraño efecto de los cortos principios y los horizontes limitados! ¡Un príncipe adornado de todas las

 

cualidades que inspiran estima, veneración y amor, de excelentes partes, gran sabiduría y profundos

 

estudios, dotado de admirables talentos para gobernar y casi adorado por sus súbditos, dejando escapar,

 

por un supremo escrúpulo, del cual no podemos tener en Europa la menor idea, una oportunidad puesta en

 

sus manos, y cuyo aprovechamiento le hubiera hecho dueño absoluto de la vida, la libertad y la fortuna de

 

sus gentes! No digo esto con la más pequeña intención de disminuir las muchas virtudes de aquel excelente

 

rey, cuyos méritos, sin embargo, temo que habrán de quedar muy mermados a los ojos del lector inglés con

 

este motivo; pero juzgo que este defecto tiene por origen la ignorancia de aquel pueblo, que todavía no ha

 

reducido la política a una ciencia, como en Europa han hecho ya entendimientos despiertos. Recuerdo muy

 

bien que en una conversación que mantuve con el rey un día, como yo le dijera que nosotros habíamos

 

escrito varios millares de libros sobre el arte de gobernar, él formó -en contra de lo que yo pretendía- un

 

concepto muy pobre de nuestra inteligencia. Declaró abiertamente que detestaba, a la vez que despreciaba,

 

todo misterio, refinamiento e intriga en un príncipe o en un ministro. No podía comprender lo que designaba

 

yo con el nombre de secreto de Estado, siempre que no se tratase de algún enemigo o alguna nación rival.

 

Reducía el conocimiento del gobierno a límites estrechísimos de sentido común y razón, justicia y lenidad,

 

diligencia en rematar las causas civiles y criminales, con algunos otros tópicos sencillos que no merecen ser

 

consignados. Y afirmó que cualquiera que hiciese nacer dos espigas de grano o dos briznas de hierba en el

 

espacio de tierra en que naciera antes una, merecía más de la Humanidad y hacía más esencial servicio a

 

su país que toda la casta de políticos junta.

 

 Los estudios de este pueblo son muy defectuosos, pues consisten únicamente en moral, historia, poesía

 

y matemáticas, aunque hay que reconocer que en estas materias descuella. Pero la última se aplica tan

 

sólo a aquello que puede ser útil en la vida, como es el progreso de la agricultura y de las artes mecánicas;

 

así que entre nosotros no merecía gran aprecio. En cuanto a ideas trascendentales, abstracciones y

 

trascendencias, jamás pude meterles en la cabeza la más elemental concepción.

 

 

 

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 Ninguna ley de aquel país debe exceder en palabras el número de las letras del alfabeto, que es allí de

 

veintidós; pero, en verdad, son muy pocas las que alcanzan esta extensión. Están redactadas con los

 

términos más claros y sencillos, y aquellas gentes no son lo bastante perspicaces para descubrir en ellas

 

más de una interpretación, y escribir un comentario a una ley es un crimen capital. En cuanto a los fallos en

 

las causas civiles y los procedimientos contra los criminales, tienen allí tan pocos precedentes, que mal

 

podrían jactarse de pericia ninguna en ellos.

 

 Conocen el arte de la imprenta, como los chinos, desde tiempo inmemorial; pero sus bibliotecas no son

 

muy grandes. La del rey, considerada como la mayor, no excede de mil volúmenes, colocados en una

 

galería de doce mil pies de longitud, de la cual yo tenía licencia para sacar los libros que deseara. El

 

carpintero de la reina había ideado y construído en una de las habitaciones de Glumdalclitch una especie de

 

aparato de madera de veinticinco pies de alto, formado como una escalera puesta en pie, cuyos peldaños

 

tenían cincuenta pies de largo; era, en fin, una escalera portátil, cuya parte inferior quedaba a unos diez pies

 

de la pared del cuarto. El libro que yo quería leer se apoyaba en la pared; subía yo luego hasta el último

 

peldaño de la escalera, y volviéndome hacia el libro empezaba por la parte superior de la página, y así

 

continuaba, andando a la derecha y a la izquierda unos diez pasos, según la longitud de las líneas, hasta

 

que llegaba un poco más abajo del nivel de mis ojos, y de este modo bajaba gradualmente hasta el final;

 

luego subía de nuevo y empezaba la otra página de la misma manera, e igualmente volvía la hoja, lo que

 

podía hacer fácilmente con las dos manos, porque era nada mas de gruesa y dura como un cartón, y en los

 

folios mayores no pasaba de dieciocho a veinte pies de largo.

 

 El estilo de aquellas gentes es claro, masculino y cuidado, pero no florido, pues nada evitan con tanto

 

escrúpulo como multiplicar palabras innecesarias o emplear para el mismo fin varias expresiones. He leído

 

atentamente muchos de aquellos libros, especialmente de historia y de moral. Entre los demás me divirtió

 

mucho un pequeño tratado antiguo que estaba siempre en el dormitorio de Glumdalclitch y pertenecía al aya

 

de ésta: una dama de alcurnia, grave y entrada en años, que mantenía estrecho comercio con los textos de

 

moral y devoción. El libro trata de la debilidad de la condición humana, y no goza de gran estima, salvo

 

entre las mujeres y el vulgo. Era, sin embargo, curioso para mí ver lo que un autor de aquel país podía decir

 

sobre tal materia. El escritor recorría todos los tópicos corrientes en los moralistas europeos mostrando

 

cuán diminuto, despreciable e indefenso animal es el hombre por su propia naturaleza; cuán incapaz de

 

defenderse por sí mismo de la inclemencia del aire y de los ataques de las bestias feroces; cómo un ser le

 

aventaja en fuerza, otro en ligereza, un tercero en previsión, un cuarto en industria. Añadía que la

 

Naturaleza había degenerado en estas decadentes edades últimas del mundo y hoy sólo producía

 

pequeñas criaturas abortivas en comparación con las nacidas en los tiempos antiguos. Decía que era lógico

 

pensar no sólo que las especies de hombres eran en su origen mucho mayores, sino también que en

 

lejanas épocas debió de haber gigantes, así como la tradición y la historia lo atestiguan y ha sido

 

confirmado por los enormes huesos desenterrados por casualidad en diversas partes del reino, y que pasan

 

en mucho los de la mermada raza del hombre de nuestros días. Argumentaba que las mismas leyes de la

 

Naturaleza exigían, sin dejar lugar a duda, que en un principio hubiésemos sido creados de más alto y

 

robusto talle, no tan sujetos a ser destruídos por cualquier pequeño accidente, como el desprendimiento de

 

una teja desde una casa, o el lanzamiento de una piedra por la mano de un niño, o la caída en cualquier

 

arroyuelo donde perecer ahogado. De esta índole de razones sacaba el autor varias normas morales útiles

 

para conducirse en la vida, pero que no es necesario copiar aquí. Por mi parte, no pude dejar de reflexionar

 

en lo universalmente extendido que está el talento de hacer discursos de moral, o más bien de descontento

 

y condolencia por las contiendas que con la Naturaleza nos empeñamos en imaginar. Y creo que con una

 

seria averiguación quedaría evidenciado que esas contiendas son tan infundadas por lo que toca a nosotros

 

como por lo que toca a aquel pueblo.

 

 En cuanto a cuestiones militares, se hace gala allí de que el ejército del rey consiste en ciento setenta y

 

seis mil infantes y treinta y dos mil caballos, si es que puede llamarse ejército el formado por comerciantes

 

en varias ciudades y por agricultores en los campos, bajo el único mando de la nobleza y de las gentes

 

principales, que no reciben paga ni recompensa ninguna. Cierto que alcanzan bastante perfección en el

 

ejército y observan muy buena disciplina. Pero yo no veo en ello gran mérito; porque ¿cómo podría ser de

 

otro modo en un sitio donde cada campesino está bajo el mando del propio señor de las tierras y cada

 

ciudadano bajo el de un hombre principal de su misma edad elegido por votación, a la manera de Venecia?

 

 He visto muchas veces a la milicia de Lorbrulgrud salir a ejercitarse en un gran campo próximo a la

 

ciudad, de unas veinte millas en cuadro. No eran en conjunto más de veinticinco mil infantes y seis mil

 

caballos; pero a mí me era imposible calcular el número a causa del mucho terreno que ocupaban. Un jinete

 

montado en un caballo de buena alzada levantaba del suelo unos noventa pies. Yo he visto a todo aquel

 

cuerpo de caballería sacar a la voz de mando las espadas y blandirlas. La imaginación no puede concebir

 

nada tan grande, tan sorprendente, tan asombroso. Parecía como si diez mil llamaradas de relámpagos

 

fuesen lanzados a la vez de todo el ámbito de los cielos.

 

 Tuve curiosidad de saber cómo este príncipe, a cuyos dominios no puede llegarse desde ningún otro

 

país, había podido pensar en ejércitos ni instruir a su pueblo en la práctica de la disciplina militar. Pero

 

pronto quedé informado, tanto por conversaciones que sostuve como por las historias que leí; pues supe

 

que por espacio de largas épocas aquel pueblo había sufrido la enfermedad a que está sujeta toda la

 

especie humana: la lucha frecuente de la nobleza por el poder, del pueblo por la libertad y del rey por el

 

 

 

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dominio absoluto. Todo lo cual, aunque felizmente moderado por las leyes de aquel reino, había sido

 

violado a veces por cada una de las tres partes y había provocado en una o varias ocasiones guerras

 

civiles. A la última puso término venturoso el abuelo de este príncipe con un acomodamiento general, y la

 

milicia, establecida entonces por común acuerdo, se ha mantenido siempre dentro de su más estricto deber.

 

Capítulo VIII

 

El rey y la reina hacen una excursión a las fronteras. -El autor les acompaña. -Muy detallada relación del

 

modo en que sale del país. -Regreso a Inglaterra.

 

 Tenía yo siempre una firme conf ianza en que recobraría la libertad alguna vez, aunque me era imposible

 

conjeturar por qué medios, ni formar proyecto ninguno que tuviese probabilidad de salir bien. El barco en

 

que yo navegaba fue el único del que supiese que hubiera llegado a la vista de aquellas costas, y el rey

 

había dado rigurosas órdenes para que, si algún otro apareciera, lo sacaran del agua y en un carro lo

 

llevaran a Lorbrulgrud. Tenía él grandes deseos de procurarme una mujer de mi mismo tamaño con quien

 

pudiera propagar la casta; pero yo creo que hubiese consentido morir antes que sufrir la desventura de

 

dejar una descendencia para ser enjaulada como canarios domésticos, y quizá alguna vez vendida por todo

 

el reino a las personas de condición, en calidad de rareza. Cierto que se me trataba con mucha amabilidad

 

y que era el favorito de unos poderosos reyes y el deleite de toda la corte; pero todo ello bajo un pie que

 

resultaba en desdoro de la dignidad humana. Nunca podía olvidarme de los cariños domésticos que había

 

dejado detrás de mí. Deseaba estar entre gentes con quienes pudiese conversar en términos llanos y

 

pasear por las calles y los campos sin miedo a ser muerto de un pisotón, como una rana o un perrillo

 

faldero. Pero mi liberación vino más pronto de lo que yo esperaba y por caminos nada comunes. Relataré

 

fielmente la completa historia y las circunstancias de ella.

 

 Llevaba ya dos años en aquel país, y hacia el principio del tercero, Glumdalclitch y yo acompañábamos

 

al rey y a la reina en un viaje a la costa Sur del reino. A mí me llevaban, según costumbre, en mi caja de

 

viaje, que, como ya he referido, era un muy cómodo gabinete de doce pies de anchura. Yo había mandado

 

que me colgaran una hamaca con cuerdas de seda sujetas a los cuatro ángulos superiores a fin de

 

amortiguar los vaivenes cuando un criado me llevaba delante de él en el caballo, como muchas veces

 

solicité, y con frecuencia dormía en ella cuando estábamos en camino. En el techo de mi gabinete,

 

justamente sobre el centro de la hamaca, abrió el carpintero por encargo mío un agujerito de un pie

 

cuadrado para que me entrara aire en tiempo caluroso mientras dormía, agujero que yo cerraba y abría a

 

voluntad con un tablero que se deslizaba por una muesca.

 

 Cuando llegamos al término de nuestro viaje, el rey encon tró de su gusto pasar unos días en un palacio

 

que tenía cerca de Flanfasnic, ciudad enclavada a unas dieciocho millas inglesas del mar. Glumdalclitch y

 

yo estábamos muy fatigados. Yo me había enfriado un poco, y en cuanto a la pobre niña, estaba tan

 

delicada, que no salía de su habitación. Yo ansiaba ver el océano, que había de ser el único escenario de

 

mi escapatoria, si era que alguna vez llegaba. Fingía yo estar más enfermo de lo que estaba realmente y

 

pedí licencia para tomar el aire fresco del mar con un paje a quien yo apreciaba mucho y a quien algunas

 

veces me habían confiado. Nunca olvidaré con qué mala gana consintió Glumdalclitch, ni el severo encargo

 

que hizo al paje para que tuviese cuidado conmigo, al mismo tiempo que se deshacía en lágrimas, como si

 

tuviese algún presentimiento de lo que había de ocurrir. El joven me llevó en mi caja durante una media

 

hora de camino desde el palacio hacia las rocas de la costa. Le ordené que me pusiera en el suelo, y

 

levantando una de las vidrieras miré melancólica y atentamente hacia el mar. No me encontraba bueno del

 

todo y dije al paje que iba a echar en la hamaca una siesta, que esperaba que me hiciese bien. Entré y el

 

muchacho cerró la ventana para preservarme del frío. Me dormí pronto, y todo lo que puedo deducir es que

 

mientras yo dormía, el paje, pensando que nada podría ocurrirme, iría a buscar entre las rocas huevos de

 

pájaros, pues antes le había visto desde la ventana coger uno o dos de las hendeduras. Sea lo que fuere,

 

me despertó de pronto un violento tirón del anillo que tenía la caja en la parte superior para facilitar el

 

transporte. Sentí mi caja levantada por los aires a gran altura y luego llevada hacia adelante con velocidad

 

prodigiosa. La primera sacudida casi me lanzó de la hamaca; pero luego el movimiento se hizo bastante

 

suave. Grité varias veces tan alto como pude, pero no me sirvió de nada. Miré hacia las ventanas y no vi

 

sino nubes y cielo. Oía sobre mi cabeza un ruido como de batir de alas, y entonces empecé a darme cuenta

 

de la espantosa situación en que me veía: alguna águila había cogido sin duda en el pico mi caja por la

 

anilla con la intención de dejarla caer sobre una peña, como una tortuga dentro de su concha, y sacar luego

 

mi cuerpo y devorarlo. Sabido es que la sagacidad y el olfato de esta ave le permiten descubrir su presa a

 

gran distancia y aunque esté más escondida que pudiera yo estar bajo una tabla de dos pulgadas,

 

 A poco advertí que el ruido y el aleteo aumentaban rápidamente, al tiempo que mi caja era agitada de

 

arriba abajo como poste de señales en un día de viento. Oí como si diesen de puñadas al águila -pues estoy

 

cierto de que tal debía de ser la que llevaba mi caja en el pico cogida por la anilla-, y de pronto me sentí

 

caer perpendicularmente por espaco de un minuto y con tan increíble celeridad, que casi me faltó el aliento.

 

Mi caída terminó en un choque terrible contra un cuerpo blando, que sonó en mis oídos más fuerte que las

 

cataratas del Niágara; después quedé durante otro minuto en obscuridad completa, y luego mi caja empezó

 

 

 

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a subir hasta una altura que me permitía ver la luz por la parte superior de las ventanas. Me di cuenta

 

entonces de que había caído en el mar. La caja, por el peso de mi cuerpo, de los objetos que en ella había y

 

de las anchas láminas de hierro puestas como refuerzo en las cuatro esquinas de la tapa y del fondo,

 

flotaba sumergida más de cinco pies en el agua. Supuse entonces y supongo ahora que el águila que se

 

llevó mi caja en el pico se vio perseguida por otras dos o tres y obligada a soltarme para defenderse de las

 

que se llamaban a la parte en la rapiña. Las planchas de hierro fijadas en el fondo de la caja, como eran las

 

más gruesas, impidieron el vuelco durante la caída y el destrozo contra la superficie de las aguas.Las

 

ensambladuras de la caja estaban bien ajustadas y la puerta no se volvía sobre goznes, sino que subía y

 

bajaba como una ventana corrediza; así, mi gabinete quedaba tan bien cerrado, que entró muy poca agua.

 

Con gran dificultad pude abandonar la hamaca después de haberme aventurado a correr el tablero del

 

techo dispuesto para dejar entrada al aire, de que he hecho mención ya, pues me sentía casi asfixiado.

 

 ¡Cuántas veces deseé verme al lado de mi querida Glumdalclitch, de quien tanto me había separado el

 

espacio de una sola hora! Y debo decir que en medio de todas mis desdichas no dejaba de entristecerme

 

por mi pobre niñera y por el daño que de mi pérdida pudiera venirle con el disgusto de la reina y el

 

consiguiente arruinamiento de su fortuna. Probablemente pocos viajeros se habían encontrado en

 

dificultades y desventuras mayores de las que yo sufrí en este trance, temiendo a cada momento que mi

 

caja se estrellase e hiciera pedazos o al menos se volcara con la primera ráfaga de aire. La simple rotura de

 

un cristal hubiera significado la muerte inmediata, y nada hubiese librado las ventanas a no llevar el

 

enrejado de alambre fuerte puesto por fuera a fin de evitar accidentes de viaje. Veía yo filtrarse el agua por

 

diversas hendeduras, aunque no eran muy grandes las goteras, y traté de taparlas como pude. No podía

 

levantar el techo de mi gabinete, lo que hubiera hecho ciertamente, de serme posible, para sentarme

 

encima, donde, cuando menos, hubiera podido defenderme algunas horas más que encerrado en lo que

 

podríamos llamar la bodega. Por otro lado, si lograba evitar estos peligros un día o dos, ¿qué podía esperar

 

sino una miserable muerte de hambre y frío? Pasé cuatro horas en estas circunstancias aguardando y

 

deseando en verdad que cada momento fuese el último de mi vida.

 

 Ya he referido al lector que en el lado de mi caja que no tenía ventana había dos fuertes colgaderos, por

 

los cuales el criado que me llevaba a caballo pasaba su cinto de correa que se ceñía luego al cuerpo.

 

Cuando estaba en aquella desconsoladora situación oí, o al menos me pareció oír, en el lado de la caja

 

donde estaban los colgaderos, una especie de ruido como si rasparan; poco después experimenté la

 

sensación de que empujaran o remolearan la caja mar adelante, pues de vez en cuando sentía como un

 

tirón que levantaba las olas cerca del filo de las ventanas, dejándome casi en la obscuridad. Esto me dio

 

alguna débil esperanza de socorro, aunque no podía imaginar por dónde había de llegarme. Me decidí a

 

destornillar una de mis sillas, que iban sujetas al suelo; y habiendo logrado con gran esfuerzo atornillarla

 

nuevamente debajo de la corredera que antes había abierto, me subí en la silla, y, con la boca lo más cerca

 

que pude de la abertura, pedí socorro a grandes voces y en todos los idiomas que conocía. Luego até el

 

pañuelo a un bastón que de ordinario llevaba, y pasándolo por el agujero, lo ondeé repetidamente, a fin de

 

que si algún bote o barco estuviera cerca pudiesen deducir los marinos que dentro de aquella caja estaba

 

encerrado un infeliz mortal.

 

 No saqué provecho ninguno de nada de lo que hice. Pero yo advertía claramente que empujaban mi

 

gabinete; y al cabo de una hora, o más, el lado de la caja donde estaban los colgaderos y no había ventana

 

chocó contra alguna cosa dura. Calculé que fuese una roca y me vi más sacudido y agitado que me había

 

visto hasta entonces. Oí claramente un ruido en la tapa de mi gabinete, como el que hiciese un cable, y el

 

roce de él al pasar por la anilla. Luego me sentí levantado poco a poco, al menos tres pies de donde estaba.

 

A esto saqué nuevamente el pañuelo y el bastón, pidiendo auxilio hasta casi quedarme ronco, y en

 

respuesta oí un fuerte grito, repetido por tres veces, que me produjo transportes de alegría que sólo podría

 

concebir quien los hubiese experimentado iguales. Oí entonces pasos por encima de mi cabeza y que

 

alguien en voz alta y en lengua inglesa decía por el agujero que si había alguna persona abajo, hablase.

 

Respondí que yo era un inglés arrojado por la mala suerte a la mayor calamidad que nunca sufriera humana

 

criatura y rogué en los términos más lastimeros que me sacasen del calabozo en que estaba. Replicó la voz

 

que estaba a salvo, porque mi caja estaba sujeta al barco suyo, y que inmediatamente llegaría el carpintero

 

y abriría un agujero en la cubierta lo bastante grande para poder sacarme. Contesté que era innecesario y

 

llevaría demasiado tiempo, y que no había que hacer más sino que uno de la tripulación metiera el dedo por

 

la anilla y llevase la caja del mar al barco y luego al camarote del capitán.

 

 Algunos, oyéndome hablar tan disparatadamente, pensaron que estaba loco; otros se echaron a reír;

 

pues era el caso que no me daba yo cuenta de que estaba ya entre gentes de mi misma fuerza y estatura.

 

Llegó el carpintero y en pocos minutos abrió con la sierra una abertura de unos cuatro pies, por la que salí,

 

y de allí me llevaron al barco en estado de debilidad extremada.

 

 Los marineros eran todo asombro y me hacían a millares preguntas que yo no tenía maldita la gana de

 

contestar. Estaba igualmente confundido a la vista de tantos pigmeos, pues tales parecían a mis ojos, por

 

tanto tiempo acostumbrado a los monstruosos objetos que acababa de dejar. El capitán, Mr. Thomas

 

Wilcocks, un digno y honrado habitante de Shropshire, observando que yo estaba a punto de desmayarme

 

me llevó a su camarote, me dio un cordial que me confortara y me hizo acostar en su propio lecho, con la

 

recomendación de que descansara un poco, lo que bien había menester. Antes de dormirme le di a conocer

 

que en mi caja tenía moblaje de algún valor, que sería lástima que se perdiese: una bonita hamaca, una

 

 

 

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hermosa cama de campaña, dos sillas, una mesa y un escritorio; que el gabinete estaba tapizado y aun

 

acolchado con seda y algodón, y que si hacía que uno de la tripulación lo entrase en su camarote lo abriría

 

y le enseñaría mis muebles. El capitán, al oírme tales absurdos, pensó que yo deliraba. No obstante, me

 

prometió -supongo que para serenarme- que daría órdenes según mis deseos, y subiendo a cubierta mandó

 

a algunos hombres que entrasen en mi gabinete, de donde -según vi después- sacaron todos los muebles y

 

arrancaron todo el acolchado; pero las sillas, el escritorio y la cama, como estaban atornillados al suelo,

 

sufrieron gran daño por la ignorancia de los marineros que los arrancaron por la fuerza. Quitaron después a

 

golpes algunas tablas para emplearlas en el barco, y cuando hubieron cogido todo lo que les vino en gana,

 

tiraron al mar el armatoste, que a causa de las numerosas brechas que le habían abierto en el fondo y en

 

los costados, se hundió rápidamente. Y por cierto que tuve a ventura no haber sido espectador del estrago

 

que hicieron, pues tengo la seguridad de que me hubiera impresionado profundamente recordándome

 

episodios que prefería olvidar.

 

 Dormí algu nas horas, aunque intranquilizado continuamente con sueños que me devolvían al país de

 

donde acababa de salir y me representaban los riesgos de que había escapado. Sin embargo, al despertar

 

me sentí muy aliviado. Eran sobre las ocho de la noche y el capitán mandó disponer la cena

 

inmediatamente suponiendo que yo llevaría demasiado tiempo en ayunas. Me habló con gran cortesía y

 

observó que yo no tenía aspecto extraviado ni hablaba sin fundamento, y cuando quedamos solos me pidió

 

que le hiciese relación de mi viaje y del accidente en virtud del cual me había visto flotando a la ventura en

 

aquella extraordinaria barca de madera. Me dijo que a eso de las doce del día estaba mirando con el

 

anteojo y la divisó a alguna distancia, y suponiendo que fuese una vela formó propósido de acercarse -ya

 

que no estaba muy apartado de su ruta-, con la esperanza de comprar algo de galleta, que empezaba a

 

faltarle. Al aproximarse descubrió su error, y entonces envió la lancha para que averiguase lo que era. Sus

 

hombres volvieron asustados, jurando que habían visto una casa que nadaba; se rió de la simpleza y entró

 

él mismo en el bote, dando a sus hombres orden de que llevasen un cable fuerte con ellos. Aprovechando el

 

tiempo de calma que hacía, remó a mi alrededor varias veces y observó mis ventanas y los enrejados de

 

alambre que las protegían. Descubrió dos colgaderos en un costado, que era todo de madera, sin paso

 

ninguno para la luz. Entonces mandó a sus hombres remar hacia aquel lado, y, atando el cable a uno de los

 

colgaderos, les ordenó remolcar mi arca -como él decía- en dirección al barco. Cuando estuvo allí dispuso

 

que atasen otro cable a la anilla de la tapa y que se guindase mi arca por medio de poleas, lo que entre

 

todos los marineros no lograron en más de dos o tres pies. Añadió que había visto mi bastón y mi pañuelo

 

salir por la abertura, y juzgó que algún desventurado debía de estar encerrado en el interior.

 

 Le pregunté si él o la tripulación habían visto en los aires alguna gigantesca ave por el tiempo en que

 

echaron de ver la caja por primera vez. A ello me contestó que hablando de este asunto con sus marineros,

 

mientras yo dormía, dijo uno de ellos que había visto tres águilas que volaban hacia el Norte; pero no hizo

 

observación ninguna en cuanto a que fuesen mayores del tamaño normal, lo cual supongo yo que ha de

 

atribuirse a la gran altura a que estaban. No acertaba el capitán a comprender la razón de mi pregunta; le

 

interrogué entonces a qué distancia de tierra calculaba que estaríamos. Me dijo que, según su cómputo más

 

exacto, estábamos por lo menos a cien leguas. Le aseguré que debía de estar equivocado casi en una

 

mitad, puesto que yo no había salido del país de que procedía más de dos horas antes de mi caída en el

 

mar. Con esto él empezó a creer nuevamente que mi cabeza no estaba firme, lo cual me sugirió en cierto

 

modo, y me aconsejó que me fuese a acostar a un camarote que me había preparado. Le aseguré que su

 

buen trato y compañía me habían reconfortado mucho y que estaba tan en mi juicio como toda mi vida

 

había estado. Se puso serio entonces y me preguntó francamente si no estaría yo perturbado por el

 

sentimiento interior de algún enorme crimen que fuese la causa de que, por mandato de algún príncipe, se

 

me hubiera castigado poniéndome en aquella arca, al modo que en otros países se ha lanzado a grandes

 

criminales al mar en un barco agujereado, sin provisiones; pues aunque sentiría haber recogido en su barco

 

a hombre tan perverso, comprometería su palabra de dejarme salvo en tierra en el primer puerto a que

 

llegásemos. Añadió que habían aumentado sus sospechas algunos razonamientos absurdos de todo punto

 

que yo había hecho a los marineros primero, y luego a él mismo, en relación con mi gabinete o caja, así

 

como mi conducta y mis miradas extrañas durante la cena.

 

 Le supliqué que tuviese paciencia para oírme referir mi historia, lo que hice puntualmente, desde mi

 

última salida de Inglaterra hasta el momento en que me encontró. Y como la verdad siempre se abre camino

 

en entendimientos racionales, este honrado y digno caballero, que tenía sus puntas de instruido y un criterio

 

excelente quedó en seguida convencido de mi franqueza y veracidad. Pero para confirmar mejor cuanto le

 

había dicho le rogué que diese orden de que llevaran mi escritorio, cuya llave tenía yo en el bolsillo -pues ya

 

me había contado en qué modo habían los marinos usado de mi gabinete-. Lo abrí en su presencia y le

 

mostré la pequeña colección de curiosidades que yo había reunido en el país de donde tan extrañamente

 

me había libertado. Estaba el peine que yo había hecho con cañones de la barba de Su Majestad, y otro del

 

mismo material, pero sujeto a una cortadura de uña del pulgar de Su Majestad la reina, que me servía como

 

batidor. Había una colección de agujas y alfileres de un pie a media yarda de longitud; cuatro aguijones de

 

avispas como tachuelas de carpintero; algunos cabellos de los que se le desprendían a la reina cuando la

 

peinaban; un anillo de oro que ella me regaló un día de la manera más delicada, quitándoselo del dedo

 

pequeño y pasándomelo por la cabeza a modo de collar. Rogué al capitán que aceptase este anillo en

 

correspondencia a sus amabilidades; pero rehusó en absoluto. Le mostré un callo que había cortado con

 

 

 

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mis propias manos del pie de una dama de honor; venía a tener el tamaño de una manzana de Kent y

 

estaba tan duro que a mi vuelta a Inglaterra lo hice ahuecar en forma de copa y lo monté en plata. Por

 

último, le invité a que mirase los calzones que llevaba puestos, y que estaban hechos con la piel de un

 

ratón.

 

 No consintió en quedarse más que con un diente de un lacayo, que advertí que examinaba con gran

 

curiosidad y comprendí que tenía capricho por él. Lo recibió con abundancia de palabras de agradecimiento,

 

muchas más de las que tal chuchería pudiese merecer. Se lo había sacado un cirujano ignorante a uno de

 

los servidores de Glumdalclitch que padecía dolor de muelas, pero estaba tan sano como cualquiera otro de

 

su boca. Lo hice limpiar y lo guardé en mi escritorio. Tenía como un pie de largo y cuatro pulgadas de

 

diámetro.

 

 Quedó el capitán muy satisfecho de la sencilla relación que le hice, y me dijo que confiaba en que a mi

 

regreso a Inglaterra haría al mundo la merced de escribirla y publicarla. Mi respuesta fue que, a mi juicio,

 

teníamos ya demasiados libros de viaje, y apenas sucedía nada en la época que no fuese extraordinario, de

 

donde sospechaba yo que algunos autores consultaban más que a la verdad, a su vanidad, a su interés o a

 

la diversión de los lectores ignorantes. Y añadí que en mi historia casi no habría otra cosa que

 

acontecimientos vulgares, sin aquellas ornamentales descripciones de extraños árboles, plantas, pájaros y

 

otros animales, o de las costumbres bárbaras y la idolatría de pueblos salvajes, en que abundan la mayor

 

parte de los escritores. No obstante, le di las gracias por la buena opinión en que me tenía y le ofrecí pensar

 

el asunto.

 

 Una cosa dijo que le había llamado mucho la atención, y era oírme hablar tan alto, y me preguntó si el

 

rey o la reina de aquel país eran duros de oídos. Le contesté que me había acostumbrado a ello por más de

 

dos años, y que yo me admiraba no menos de su voz y la de sus hombres, que me parecía solamente un

 

murmullo, aunque la oía bastante bien. Cuando yo hablaba en aquel país lo hacía en el tono que lo haría un

 

hombre que desde la calle hablase con otro a lo alto de un campanario, a menos que me tuviesen colocado

 

sobre una mesa o en la mano de alguna persona. Le dije que también habla observado otra cosa, y era que

 

cuando al entrar en el barco se pusieron a mi alrededor todos los marinos, me parecieron las más pequeñas

 

e insignificantes criaturas que hubiese visto en la vida; pues a buen seguro que mientras estuve en los

 

dominios de aquel príncipe jamás consentí mirarme a un espejo una vez que mis ojos se acostumbraron a

 

objetos tan descomunales, porque la comparación me inspiraba un lamentable concepto de mí mismo. Me

 

dijo el capitán que mientras cenábamos observó que yo lo miraba todo con una especie de asombro y que

 

muchas veces apenas pude contener la risa, lo que no sabía a qué atribuir, como no fuese a algún barrunto

 

de desequilibrio mentaI. Le respondí que era cierto; que me maravillaba de cómo había podido contenerme

 

viendo sus fuentes del tamaño de una moneda de tres peniques, un pernil de puerco con que apenas había

 

para un bocado, una taza más chica que una cáscara de nuez, y así continué describiendo el resto de su

 

menaje y sus provisiones en parecidos términos. Pues he de advertir que aunque la reina me había

 

encargado una pequeña recámara de todas las cosas precisas para mí cuando estuve a su servicio, se

 

había apoderado de mis ideas completamente lo que por todas partes me rodeaba, y pasaba por alto mi

 

propia pequeñez, como es corriente en cada uno hacer con sus defectos. El capitán comprendió

 

perfectamente mis burlas, y alegremente contestó, empleando el antiguo proverbio inglés, que sospechaba

 

que mis ojos eran mayores que mi barriga, pues no había notado que mi estómago estuviese con muchos

 

ánimos, aunque había ayunado todo el día; y prosiguiendo en su tono regocijado, aseguró que hubiese de

 

muy buena gana dado cien libras por ver mi gabinete en el pico del águila y después su caída en el mar

 

desde tan grande altura, lo que, sin duda, hubiera sido un espectáculo de lo más maravilloso, y su

 

descripción digna de ser transmitida a las edades venideras. El recuerdo de Faetón era tan obvio, que no

 

pudo privarse de aplicarlo, aunque yo no admiré mucho la ingeniosidad.

 

 El capitán, que había estado en Tonquín, fue empujado a su regreso a Inglaterr a hacia el Nordeste,

 

hasta los 44 grados de latitud y los 143 de longitud. Pero habiendo encontrado un viento general dos días

 

después de estar yo a bordo, navegamos al Sur largo tiempo, y costeando Nueva Holanda guardamos

 

nuestra ruta Oeste-sudoeste, y luego Sur-sudoeste hasta que doblamos el Cabo de Buena Esperanza. La

 

travesía fue muy próspera, y no molestaré al lector con un diario de ella. El capitán hizo escala en uno o dos

 

puertos y mandó la lancha en busca de provisiones y agua dulce; pero yo no salí del barco hasta que

 

llegamos a Las Dunas, lo que sucedió el 3 de junio de 1706, nueve meses después de mi escapatoria.

 

Ofrecí dejar mis muebles en prenda del pago de mi viaje; pero el capitán protestó que no consentiría en

 

tomar un céntimo. Nos despedimos amablemente y le pedí promesa de que iría a visitarme a mi casa de

 

Recriff. Alquilé un caballo y un guía por cinco chelines que pedí prestados al capitán.

 

 Conforme iba de camino, viendo la pequeñez de las casas, los árboles, el ganado y las personas , se me

 

venía a las mientes mi estancia en Liliput. Tenía miedo de pisar a los caminantes que tropezaba, y muchas

 

veces les grité que se apartasen del camino, impertinencia con que por poco hago que se rompan la cabeza

 

dos o tres.

 

 Cuando llegué a mi c asa, por la que tuve que preguntar, un criado abrió la puerta y yo me bajé para

 

entrar, temeroso de darme en la cabeza. Mi mujer salió corriendo a besarme, pero yo me agaché hasta más

 

abajo de sus rodillas creyendo que de otro modo no podría alcanzarme a la boca. Mi hija se puso de rodillas

 

para que le diese mi bendición, pero yo no la vi hasta que se hubo levantado, hecho como estaba de tanto

 

tiempo a dirigir la cabeza y los ojos para mirar a más de sesenta pies, y luego fuí a levantarla cogiéndola

 

 

 

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con una mano por la cintura. Miraba de arriba abajo a los criados y a dos o tres amigos que había en casa,

 

como si ellos fuesen pigmeos y yo un gigante. Dije a mi esposa que se había mostrado económica en

 

demasía, pues apreciaba que ella y su hija estaban consumidas de hambre. En suma, me comporté de

 

modo tan inexplicable, que todos fueron de la opinión que formó el capitán al principio de verme y dieron por

 

cierto que había perdido el juicio. Cito esto como ejemplo de la gran fuerza de la costumbre y el prejuicio.

 

 En poco tiempo llegué con mi familia y mis amigos a buena inteligencia; pero mi mujer protestó que

 

nunca volvería al mar en mi vida, aunque mi destino desgraciado dispuso de modo que ella no pudo

 

estorbarlo, como verá el lector más adelante. En tanto, doy aquí por concluída la parte segunda de mis

 

desventurados viajes.

 

Tercera parte

 

Un viaje a Laputa, Balnibarbi, Luggnagg, Glubbdubdrib y el Japón.

 

Capítulo I

 

El autor sale en su tercer viaje y es cautivado por piratas. -La maldad de un holandés. -El autor llega a una

 

isla. -Es recibido en Laputa.

 

 No llevaba en casa arriba de diez días, cuando el capi tán William Robinson, de Cornwall, comandante

 

del Hope Well, sólido barco de trescientas toneladas, se presentó a verme. Yo había sido ya médico en otro

 

barco que él patroneaba, y navegado a la parte, con un cuarto del negocio, durante una travesía a

 

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Levante.

 

Me había tratado siempre más como a hermano que como a subordinado, y, enterado de mi llegada, quiso

 

hacerme una visita, puramente de amistad por lo que pensé, ya que en ella sólo ocurrió lo que es natural

 

después de largas ausencias. Pero repetía sus visitas, expresando su satisfacción por encontrarme con

 

buena salud, preguntando si me había establecido ya por toda la vida y añadiendo que proyectaba una

 

travesía a las Indias orientales para dentro de dos meses; viniendo, por último, a invitarme francamente,

 

aunque con algunas disculpas, a que fuese yo el médico del barco. Díjome que tendría otro médico a mis

 

órdenes, aparte de nuestros dos ayudantes; que mi salario sería doble de la paga corriente, y que, como

 

sabía que mis conocimientos, en cuestiones de mar por lo menos, igualaban los suyos, se avendría a

 

cualquier compromiso de seguir mi consejo en iguales términos que si compartiésemos el mando.

 

 Me dijo tantas amables cosas, y yo le conocía como hombre tan honrado, que no pude rechazar su

 

propuesta; tanto menos cuanto que el deseo de ver mundo seguía en mí tan vivo como siempre. La única

 

dificultad que quedaba era convencer a mi esposa, cuyo consentimiento, sin embargo, alcancé al fin, con la

 

perspectiva de ventajas que ella expuso a los hijos.

 

 Emprendimos el viaje el 5 de agosto de 1706, y llegamos a Fort St. George el 11 de abril de 1707.

 

Permanecimos allí tres semanas para descanso de la tripulación, de la cual había algunos hombres

 

enfermos. De allá fuimos a Tonquín, donde el capitán decidió seguir algún tiempo, pues muchas de las

 

mercancías que quería comprar no estaban listas, ni podía esperar que quedasen despachadas en varios

 

meses. En consecuencia, para compensar en parte los gastos que había de hacer, compró una balandra y

 

me dio autorización para traficar mientras él concertaba sus negocios en Tonquín.

 

 No habíamos navegado arriba de tres días, cuando se desencadenó una gran tempestad, que nos

 

arrastró cinco días al Nornordeste, y luego al Este; después de lo cual tuvimos tiempo favorable, aunque

 

todavía con viento bastante fuerte por el Oeste. En el décimo día nos vimos perseguidos por dos barcos

 

piratas, que no tardaron en alcanzarnos, pues la balandra iba tan cargada que navegaba muy despacio, y

 

nosotros tampoco estábamos en condiciones de defendernos.

 

 Fuimos abordados casi a un tiempo por los dos piratas, que entraron ferozmente a la cabeza de sus

 

hombres; pero hallándonos postrados con las caras contra el suelo -lo que di orden de hacer-, nos

 

maniataron con gruesas cuerdas y, después de ponernos guardia, marcharon a saquear la embarcación.

 

 Advertí entre ellos a un holandés que parecía tener alguna autoridad, aunque no era comandante de

 

ninguno de los dos barcos. Notó él por nuestro aspecto que éramos ingleses, y hablándonos

 

atropelladamente en su propia lengua juró que nos atarían espalda con espalda y nos arrojarían al mar. Yo

 

hablaba holandés bastante regularmente; le dije quién era y le rogué que, en consideración a que éramos

 

cristianos y protestantes, de países vecinos unidos por estrecha alianza, moviese a los capitanes a que

 

usaran de piedad con nosotros. Esto inflamó su cólera; repitió las amenazas y, volviéndose a sus

 

 

 

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compañeros, habló con gran vehemencia, en idioma japonés, según supongo, empleando frecuentemente

 

la palabra cristianos .

 

 El mayor de los dos barcos piratas iba mandado por un capitán japonés que hablaba el holandés algo,

 

pero muy imperfectamente. Se me acercó, y después de varias preguntas, a las que contesté con gran

 

humildad, dijo que no nos matarían. Hice al capitán una profunda reverencia, y luego, volviéndome hacia el

 

holandés, dije que lamentaba encontrar más merced en un gentil que en un hermano cristiano. Pero pronto

 

tuve motivo para arrepentirme de estas palabras, pues aquel malvado sin alma, después de pretender en

 

vano persuadir a los capitanes de que debía arrojárseme al mar -en lo que ellos no quisieron consentir

 

después de la promesa que se me había hecho de no matarnos-, influyó, sin embargo, lo suficiente para

 

lograr que se me infligiese un castigo peor en todos los humanos aspectos que la muerte misma. Mis

 

hombres fueron enviados, en número igual, a ambos barcos piratas, y mi balandra, tripulada por nuevas

 

gentes. Por lo que a mí toca, se dispuso que sería lanzado al mar, a la ventura, en una pequeña canoa con

 

dos canaletes y una vela y provisiones para cuatro días -éstas tuvo el capitán japonés la bondad de

 

duplicarlas de sus propios bastimentos-, sin permitir a nadie que me buscase. Bajé a la canoa, mientras el

 

holandés, de pie en la cubierta, me atormentaba con todas las maldiciones y palabras injuriosas que su

 

idioma puede dar de sí.

 

 Como una hora antes de ver a los piratas había hecho yo observaciones y hallado que estábamos a una

 

latitud de 46º N. y una longitud de 183. Cuando estuve a alguna distancia de los piratas descubrí con mi

 

anteojo de bolsillo varias islas al Sudeste. Largué la vela con el designio de llegar, aprovechando el viento

 

suave que soplaba, a la más próxima de estas islas, lo que conseguí en unas tres horas. Era toda

 

peñascosa; encontré, no obstante, muchos huevos de pájaros, y haciendo fuego prendí algunos brezos y

 

algas secas y en ellos asé los huevos. No tomé otra cena, resuelto a ahorrar cuantas provisiones pudiese.

 

Pasé la noche al abrigo de una roca, acostado sobre un poco de brezo, y dormí bastante bien.

 

 Al día siguiente navegué a otra isla, y luego a una tercera y una cuarta, unas veces con la vela y otras

 

con los remos. Pero, a fin de no molestar al lector con una relación detallada de mis desventuras, diré sólo

 

que al quinto día llegué a la última isla que se me ofrecía a la vista, y que estaba situada al Sursudeste de la

 

anterior. Estaba esta isla a mayor distancia de la que yo calculaba, y no llegué a ella en menos de cinco

 

horas. La rodeé casi del todo, hasta que encontré un sitio conveniente para tomar tierra, y que era una

 

pequeña caleta como de tres veces la anchura de mi canoa. Encontré que la isla era toda peñascosa, con

 

sólo pequeñas manchas de césped y hierbas odoríferas. Saqué mis exiguas provisiones, y, luego de

 

haberme reconfortado, guardé el resto en una cueva, de las que había en gran número. Cogí muchos

 

huevos por las rocas y reuní una cierta cantidad de algas secas y hierba agostada, que me proponía

 

prender al día siguiente para con ella asar los huevos como pudiera -pues llevaba conmigo pedernal,

 

eslabón, mecha y espejo ustorio-. Descansé toda la noche en la cueva donde había metido las provisiones.

 

Fueron mi lecho las mismas algas y hierbas secas que había cogido para hacer fuego. Dormí muy poco,

 

pues la intranquilidad de mi espíritu pudo más que mi cansancio y me tuvo despierto. Consideraba cuán

 

imposible me sería conservar la vida en sitio tan desolado y qué miserable fin había de ser el mío. Con todo,

 

me sentía tan indiferente y desalentado, que no tenía ánimo para levantarme, y primero que reuní el

 

suficiente para arrastrarme fuera de la cueva, el día era muy entrado ya.

 

 Paseé un rato entre las rocas; el cielo estaba raso completamente, y el sol quemaba de tal modo, qu e

 

me hizo desviar la cara de sus rayos; cuando, de repente, se hizo una obscuridad, muy distinta, según me

 

pareció, de la que se produce por la interposición de una nube. Me volví y percibí un vasto cuerpo opaco

 

entre el sol y yo, que se movía avanzando hacia la isla. Juzgué que estaría a unas dos millas de altura, y

 

ocultó el sol por seis o siete minutos; pero, al modo que si me encontrase a la sombra de una montaña. no

 

noté que el aire fuese mucho más frío ni el cielo estuviese más obscuro. Conforme se acercaba al sitio en

 

que estaba yo, me fue pareciendo un cuerpo sólido, de fondo plano, liso y que brillaba con gran intensidad

 

al reflejarse el mar en él. Yo me hallaba de pie en una altura separada unas doscientas yardas de la costa, y

 

vi que este vasto cuerpo descendía casi hasta ponerse en la misma línea horizontal que yo, a menos de una

 

milla inglesa de distancia. Saqué mi anteojo de bolsillo y pude claramente divisar multitud de gentes

 

subiendo y bajando por los bordes, que parecían estar en declive; pero lo que hicieran aquellas gentes no

 

podía distinguirlo.

 

 El natural cariño a la vida despertó en mi interior algunos movimientos de alegría, y me veía pronto a

 

acariciar la esperanza de que aquel suceso viniese de algún modo en mi ayuda para librarme del lugar

 

desolado y la triste situación en que me hallaba. Pero, al mismo tiempo, difícilmente podrá concebir el lector

 

mi asombro al contemplar una isla en el aire, habitada por hombres que podían -por lo que aparentaba-

 

hacerla subir o bajar, o ponerse en movimiehto progresivo, a medida de su deseo. Pero, poco en

 

disposición entonces de darme a filosofías sobre este fenómeno, preferí más bien observar qué ruta tomaba

 

la isla, que parecía llevar quieta un rato. Al poco tiempo se acercó más, y pude distinguir los lados de ella

 

circundados de varias series de galerías y escaleras, con determinados intervalos, como para bajar de unas

 

a otras. En la galería inferior advertí que había algunas personas pescando con caña y otras mirando. Agité

 

la gorra -el sombrero se me había roto hacía mucho tiempo- y el pañuelo hacia la isla; cuando se hubo

 

acercado más aún, llamé y grité con toda la fuerza de mis pulmones, y entonces vi, mirando atentamente,

 

que se reunía gentío en aquel lado que estaba enfrente de mí. Por el modo en que me señalaban y en que

 

me indicaban unos a otros conocí que me percibían claramente, aunque no daban respuesta ninguna a mis

 

 

 

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voces. Después pude ver que cuatro o cinco hombres corrían apresuradamente escaleras arriba, a la parte

 

superior de la isla, y desaparecían luego. Supuse inmediatamente que iban a recibir órdenes de alguna

 

persona con autoridad para proceder en el caso.

 

 Aumentó el número de gente, y en menos de media hora la isla se movió y elevó, de modo que la galería

 

más baja quedaba paralela a la altura en que me encontraba yo, y a menos de cien yardas de distancia.

 

Adopté entonces las actitudes más suplicantes y hablé con los más humildes acentos, pero no obtuve

 

respuesta. Quienes estaban más próximos, frente por frente conmigo, parecían personas de distinción, a

 

juzgar por sus trajes. Conferenciaban gravemente unos con otros, mirándome con frecuencia. Por fin, uno

 

de ellos me gritó en un dialecto claro, agradable, suave, no muy diferente en sonido del italiano; de

 

consiguiente, yo contesté en este idioma, esperando, al menos que la cadencia seria más grata a los oídos

 

de quien se me dirigía. Aunque no nos entendimos, el significado de mis palabras podía comprenderse

 

fácilmente, pues la gente veía el apuro en que me encontraba.

 

 Me hicieron seña de que descendiese de la roca y avanzase a la playa, como lo hice; fue colocada a

 

conveniente altura la isla volante, cuyo borde quedó sobre mí; soltaron desde la galería más baja una

 

cadena con un asiento atado al extremo, en el cual me sujeté, y me subieron por medio de poleas.

 

Capítulo II

 

Descripción del genio y condición de los laputianos. Referencias de su cultura. -Del rey y de su corte. -El

 

recibimiento del autor en ella. -Motivo de los temores e inquietudes de los habitantes. -Referencias acerca

 

de las mujeres.

 

 Al llegar arriba me rod eó muchedumbre de gentes; pero las que estaban más cerca parecían de más

 

calidad. Me consideraban con todas las muestras y expresiones a que el asombro puede dar curso, y yo no

 

debía de irles mucho en zaga, pues nunca hasta entonces había visto una raza de mortales de semejantes

 

figuras, trajes y continentes. Tenían inclinada la cabeza, ya al lado derecho, ya al izquierdo; con un ojo

 

miraban hacia adentro, y con el otro, directamente al cenit. Sus ropajes exteriores estaban adornados con

 

figuras de soles, lunas y estrellas, mezcladas con otras de violines, flautas, arpas, trompetas, guitarras,

 

claves y muchos más instrumentos de música desconocidos en Europa. Distinguí, repartidos entre la

 

multitud, a muchos, vestidos de criados, que llevaban en la mano una vejiga hinchada y atada, como

 

especie de un mayal, a un bastoncillo corto. Dentro de estas vejigas había unos cuantos guisantes secos o

 

unas piedrecillas, según me dijeron más tarde. Con ellas mosqueaban de vez en cuando la boca y las

 

orejas de quienes estaban más próximos, práctica cuyo alcance no pude por entonces comprender. A lo

 

que parece, las gentes aquellas tienen el entendimiento de tal modo enfrascado en profundas

 

especulaciones, que no pueden hablar ni escuchar los discursos ajenos si no se les hace volver sobre sí

 

con algún contacto externo sobre los órganos del habla y del oído. Por esta razón, las personas que pueden

 

costearlo tienen siempre al servicio de la familia un criado, que podríamos llamar, así como el instrumento,

 

mosqueador -allí se llama climenole - y nunca salen de casa ni hacen visitas sin él. La ocupación de este

 

servidor es, cuando están juntas dos o tres personas, golpear suavemente con la vejiga en la boca a aquella

 

que debe hablar, y en la oreja derecha a aquel o aquellos a quienes el que habla se dirige. Asimismo, se

 

dedica el mosqueador a asistir diligentemente a su señor en los paseos que da y, cuando la ocasión llega,

 

saludarle los ojos con un suave mosqueo, pues va siempre tan abstraído en su meditación, que está en

 

peligro manifiesto de caer en todo precipicio y embestir contra todo poste, y en las calles, de ser lanzado o

 

lanzar a otros de un empujón al arroyo.

 

 Era preciso dar esta explicación al lector, sin la cual se hubiese visto tan desorientado como yo, para

 

comprender el proceder de estas gentes cuando me condujeron por las escaleras hasta la parte superior de

 

la isla y de allí al palacio real. Mientras subíamos olvidaron numerosas veces lo que estaban haciendo, y me

 

abandonaron a mí mismo, hasta que les despertaron la memoria los respectivos mosqueadores, pues

 

aparentaban absoluta indiferencia a la vista de mi vestido y mi porte extranjero y ante los gritos del vulgo,

 

cuyos pensamientos y espíritu estaban más desembarazados.

 

 Entramos, por fin, en el palacio, y luego en la sala de audiencia, donde vi al rey sentado en su trono; a

 

ambos lados le daban asistencia personas de principal calidad. Ante el trono había una gran mesa llena de

 

globos, esferas e instrumentos matemáticos de todas clases, Su Majestad no hizo el menor caso de

 

nosotros, aunque nuestra entrada no dejó de acompañarse de ruido suficiente, al que contribuyeron todas

 

las personas pertenecientes a la corte. Pero él estaba entonces enfrascado en un problema, y hubimos de

 

esperar lo menos una hora a que lo resolviese. A cada lado suyo había un joven paje en pie, con sendos

 

mosqueadores en la mano, y cuando vieron que estaba ocioso, uno de ellos le golpeó suavemente en la

 

boca, y el otro en la oreja derecha, a lo cual se estremeció como hombre a quien despertasen de pronto, y

 

mirándome a mí y a la compañía que tenía en su presencia recordó el motivo de nuestra llegada, de que ya

 

le habían informado antes. Habló algunas palabras, e inmediatamente un joven con un mosqueador se llegó

 

a mi lado y me dio suavemente en la oreja derecha; pero yo di a entender con las señas más claras que

 

pude que no necesitaba semejante instrumento, lo que, según supe después, hizo formar a Su Majestad y a

 

toda la corte tristísima opinión de mi inteligencia. El rey, por lo que pude suponer, me hizo varias preguntas,

 

 

 

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y yo me dirigí a él en todos los idiomas que sabía. Cuando se vio que yo no podía entender ni hacerme

 

entender, se me condujo, por orden suya, a una habitación de su palacio -sobresalía este príncipe entre

 

todos sus predecesores por su hospitalidad a los extranjeros-, y se designaron dos criados para mi servicio.

 

Me llevaron la comida, y cuatro personas de calidad, a quienes yo recordaba haber visto muy cerca del rey,

 

me hicieron el honor de comer conmigo. Nos sirvieron dos entradas, de tres platos cada una. La primera fue

 

un brazuelo de carnero cortado en triángulo equilátero, un trozo de vaca en romboide y un pudín en cicloide.

 

La segunda, dos patos, empaquetados en forma de violín; salchichas y pudines imitando flautas y oboes, y

 

un pecho de ternera en figura de arpa. Los criados nos cortaron el pan en conos, cilindros, paralelogramos y

 

otras diferentes figuras matemáticas.

 

 Mientras comíamos me tomé la libertad de preguntar los nombres de varias cosas en su idiom a, y

 

aquellos nobles caballeros, con la ayuda de sus mosqueadores, se complacieron en darme respuesta, con

 

la esperanza de llenarme de admiración con sus habilidades, si alguna vez llegaba a conversar con ellos.

 

Pronto pude pedir pan, de beber y todo lo demás que necesitaba.

 

 Después de la comida mis acompañantes se retiraron, y me fue enviada una persona, por orden del rey,

 

servida por su mosqueador. Llevaba consigo pluma, tinta y papel y tres o cuatro libros, y por señas me hizo

 

comprender que le enviaban para enseñarme el idioma. Nos sentamos juntos durante cuatro horas, y en

 

este espacio escribí gran número de palabras en columnas, con las traducciones enfrente, y logré también

 

aprender varias frases cortas. Mi preceptor mandaba a uno de mis criados traer algún objeto, volverse,

 

hacer una inclinación, sentarse, levantarse, andar y cosas parecidas; y yo escribía la frase luego. Me mostró

 

también en uno de sus libros las figuras del Sol, la Luna y las estrellas, el zodíaco, los trópicos y los círculos

 

polares, juntos con las denominaciones de muchas figuras de planos y sólidos. Me dio los nombres y las

 

descripciones de todos los instrumentos musicales y los términos generales del arte de tocar cada uno de

 

ellos. Cuando se fue dispuse todas las palabras, con sus significados, en orden alfabético. Y así, en pocos

 

días, con ayuda de mi fidelísima memoria, adquirí algunos conocimientos serios del lenguaje.

 

 La palabra que yo traduzco por la isla volante o flotante es en el idioma original laputa, de la cual no he

 

podido saber nunca la verdadera etimología. Lap, en el lenguaje antiguo fuera de uso, significa alto, y untuh ,

 

piloto; de donde dicen que, por corrupción, se deriva laputa , de lapuntuh . Pero yo no estoy conforme con

 

esta derivación, que se me antoja un poco forzada.Me arriesgué a ofrecer a los eruditos de allá la

 

suposición propia de que laputa era quasi lapouted: de lap, que significa realmente el jugueteo de los rayos

 

del sol en el mar, y outed, ala. Lo cual, sin embargo, no quiero imponer, sino, simplemente, someterlo al

 

juicioso lector.

 

 Aquellos a quienes el rey me había confiado, viendo lo mal vestido que me encontraba, encargaron a un

 

sastre que fuese a la mañana siguiente para tomarme medida de un traje. Este operario hizo su oficio de

 

modo muy diferente que los que se dedican al mismo tráfico en Europa. Tomó primero mi altura con un

 

cuadrante, y luego, con compases y reglas, describió las dimensiones y contornos de todo mi cuerpo y lo

 

trasladó todo al papel; y a los seis días me llevó el traje, muy mal hecho y completamente desatinado de

 

forma, por haberle acontecido equivocar una cifra en el cálculo. Pero me sirvió de consuelo el observar que

 

estos accidentes eran frecuentísimos y muy poco tenidos en cuenta.

 

 Durante mi reclusión por falta de ropa y por culpa de una indisposición, que me retuvo algunos días más,

 

aumenté grandemente mi diccionario; y cuando volví a la corte ya pude entender muchas de las cosas que

 

el rey habló y darle algún género de respuestas. Su Majestad había dado orden de que la isla se moviese al

 

Nordeste y por el Este hasta el punto vertical sobre Lagado, metrópoli de todo el reino de abajo, asentado

 

sobre tierra firme, Estaba la metrópoli a unas noventa leguas de distancia, y nuestro viaje duró cuatro días y

 

medio. Yo no me daba cuenta lo más mínimo del movimiento progresivo de la isla en el aire. La segunda

 

mañana, a eso de las once, el rey mismo en persona y la nobleza, los cortesanos y los funcionarios tomaron

 

los instrumentos musicales de antemano dispuestos y tocaron durante tres horas sin interrupción, de tal

 

modo, que quedé atolondrado con el ruido; y no pude imaginar a qué venía aquello hasta que me informó mi

 

preceptor. Díjome que los habitantes de aquella isla tenían los oídos adaptados a oír la música de las

 

esferas, que sonaban siempre en épocas determinadas, y la corte estaba preparada para tomar parte en el

 

concierto, cada cual con el instrumento en que sobresalía.

 

 En nuestro viaje a Lagado, la capital, Su Majestad ordenó que la isla se detuviese sobre ciertos pueblos

 

y ciudades, para recibir las peticiones de sus súbditos; y a este fin se echaron varios bramantes con pesos

 

pequeños a la punta. En estos bramantes ensartaron las peticiones, que subieron rápidamente como los

 

trozos de papel que ponen los escolares al extremo de las cuerdas de sus cometas. A veces recibíamos

 

vino y víveres de abajo, que se guindaban por medio de poleas.

 

 El conocimiento de las matemáticas que tenía yo me ayudó mucho en el aprendizaje de aquella

 

fraseología, que depende en gran parte de esta ciencia y de la música: y en esta última tampoco era

 

profano. Las ideas de aquel pueblo se refieren perpetuamente a líneas y figuras. Si quieren, por ejemplo,

 

alabar la belleza de una mujer, o de un animal cualquiera, la describen con rombos, círculos,

 

paralelogramos, elipses y otros términos geométricos, o con palabras de arte sacadas de la música, que no

 

es necesario repetir aquí. Encontré en la cocina del rey toda clase de instrumentos matemáticos y músicos,

 

en cuyas figuras cortan los cuartos de res que se sirven a la mesa de Su Majestad.

 

 Sus casas están muy mal construidas, con las paredes trazadas de modo que no se puede encontrar un

 

ángulo recto en una habitación. Débese este defecto al desprecio que tienen allí por la geometría réctica,

 

 

 

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que juzgan mecánica y vulgar; y como las instrucciones que dan son demasiado profundas para el intelecto

 

de sus trabajadores, de ahí las equivocaciones perpetuas. Aunque son aquellas gentes bastante diestras

 

para manejar sobre una hoja de papel, regla, lápiz y compás de división, sin embargo, en los actos

 

corrientes y en el modo de vivir yo no he visto pueblo más tosco, poco diestro y desmañado, ni tan lerdo e

 

indeciso en sus concepciones sobre todos los asuntos que no se refieran a matemáticas y música. Son

 

malos razonadores y dados, con gran vehemencia a la contradicción, menos cuando aciertan a sustentar la

 

opinión oportuna, lo que les sucede muy rara vez. La imaginación, la fantasía y la inventiva les son por

 

completo extrañas, y no hay en su idioma palabras con qué expresar estas ideas; todo el círculo de sus

 

pensamientos y de su raciocinio está encerrado en las dos ciencias ya mencionadas.

 

 Muchos de ellos, y especialmente los que se dedican a la parte astronómica, tienen gran fe en la

 

astrología judiciaria, aunque se avergüenzan de confesarlo en público. Pero lo que principalmente admiré

 

en ellos, y me pareció por completo inexplicable, fue la decidida inclinación que les aprecié para la política, y

 

que de continuo los tiene averiguando negocios públicos, dando juicios sobre asuntos de Estado y

 

disputando apasionadamente sobre cada letra de un programa de partido. Cierto que yo había observado

 

igual disposición en la mayor parte de los matemáticos que he conocido en Europa, aunque nunca pude

 

descubrir la menor analogía entre las dos ciencias, a no ser que estas gentes imaginen que, por el hecho de

 

tener el círculo más pequeño tantos grados como el más grande, la regulación y el gobierno del mundo no

 

exigen más habilidades que el manejo y volteo de una esfera terrestre. Pero me inclino más bien a pensar

 

que esta condición nace de un mal muy común en la naturaleza humana, que nos lleva a sentirnos en

 

extremo curiosos y afectados por asuntos con que nada tenemos que ver y para entender en los cuales

 

estamos lo menos adaptados posible por el estudio o por las naturales disposiciones.

 

 Aquella gente vive bajo constantes inquietudes, y no goza nunca un minuto de paz su espíritu; pero sus

 

confusiones proceden de causas que importan muy poco al resto de los mortales. Sus recelos nacen de

 

determinados cambios que temen en los cuerpos celestes. Por ejemplo, que la Tierra, a causa de las

 

continuas aproximaciones del Sol, debe, en el curso de los tiempos, ser absorbida o engullida. Que la faz

 

del Sol irá gradualmente cubriéndose de una costra de sus propios efluvios y dejará de dar luz a la Tierra.

 

Que el mundo se libró por muy poco de un choque con la cola del último cometa, que le hubiese reducido

 

infaliblemente a cenizas, y que el próximo, que ellos han calculado para dentro de treinta y un años, nos

 

destruirá probablemente. Porque si en su perihelio se aproxima al Sol más allá de cierto grado -lo que, por

 

sus cálculos, tienen razones para temer-, desarrollará un grado de calor diez mil veces más intenso que el

 

de un hierro puesto al rojo, y al apartarse del Sol llevará una cola inflamada de un millón y catorce millas de

 

largo, y la Tierra, si la atraviesa a una distancia de cien mil millas del núcleo o cuerpo principal del cometa,

 

deberá ser a su paso incendiada y reducida a cenizas; que el Sol, como gasta sus rayos diariamente, sin

 

recibir ningún alimento para suplirlos, acabará por consumirse y aniquilarse totalmente; lo que vendrá

 

acompañado de la destrucción de la Tierra y todos los planetas que reciben la luz de él.

 

 Están continuamente tan alarmados con el temor de estas y otras parecidas catástrofes inminentes, que

 

no pueden ni dormir tranquilos en sus lechos ni tener gusto para los placeres y diversiones comunes de la

 

vida. Si por la mañana se encuentran a un amigo, la primera pregunta es por la salud del Sol, su aspecto al

 

ponerse y al salir y las esperanzas que pueden tenerse en cuanto a que evite el choque con el cometa que

 

se acerca. Abordan esta conversación con el mismo estado de ánimo que los niños muestran cuando se

 

deleitan oyendo cuentos terribles de espíritus y duendes, que escuchan con avidez y luego no se atreven a

 

ir a acostarse, de miedo.

 

 Las mujeres de la isla están dotadas de gran vivacidad; desprecian a sus mar idos y son extremadamente

 

aficionadas a los extranjeros. Siempre hay de éstos numero considerable con los del continente de abajo,

 

que esperan en la corte por asuntos de las diferentes corporaciones y ciudades y por negocios particulares.

 

En la isla son muy desdeñados, porque carecen de los dones allí corrientes. Entre éstos buscan las damas

 

sus galanes; pero la molestia es justamente que proceden con demasiada holgura y seguridad, porque el

 

marido está siempre tan enfrascado en sus especulaciones, que la señora y el amante pueden entregarse a

 

las mayores familiaridades en su misma cara, con tal de que él tenga a mano papel e instrumentos y no

 

esté a su lado el mosqueador.

 

 Las esposas y las hijas lamentan verse confinadas en la isla, aunque yo entiendo que es el más delicioso

 

paraje del mundo; y por más que allí viven en el mayor lujo y magnificencia y tienen libertad para hacer lo

 

que se les antoja, suspiran por ver el mundo y participar en las diversiones de la metrópoli, lo que no les

 

está permitido hacer sin una especial licencia del rey. Y ésta no se alcanza fácilmente, porque la gente de

 

calidad sabe por frecuentes experiencias cuán difícil es persuadir a sus mujeres para que vuelvan de abajo.

 

Me contaron que una gran dama de la corte -que tenía varios hijos y estaba casada con el primer ministro,

 

el súbdito más rico del reino, hombre muy agraciado y enamorado de ella y que vive en el más bello palacio

 

de la isla- bajó a Lagado con el pretexto de su salud; allí estuvo escondida varios meses, hasta que el rey

 

mandó un auto para que fuese buscada, y la encontraron en un lóbrego figón, vestida de harapos y con las

 

ropas empeñadas para mantener a un lacayo viejo y feo que le pegaba todos los días, y en cuya compañía

 

estaba ella muy contra su voluntad. Pues bien: aunque su marido la recibió con toda la amabilidad posible y

 

sin hacerle el menor reproche, poco tiempo después se huyó nuevamente abajo, con todas sus joyas, en

 

busca del mismo galán, y no ha vuelto a saberse de ella.

 

 

 

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 Quizá, para el lector, e sto pase más bien por una historia europea o inglesa que no de un país tan

 

remoto. Pero debe pararse a meditar que los caprichos de las mujeres no están limitados por frontera ni

 

clima ninguno, y son más uniformes de lo que fácilmente pudiera imaginarse.

 

 En cosa de un mes había hecho yo un regular progreso en el idioma y podía contestar a la mayoría de

 

las preguntas del rey cuando tenía el honor de acompañarle. Su Majestad no mostró nunca la menor

 

curiosidad por enterarse de las leyes, el gobierno, la historia, la religión ni las costumbres de los países en

 

que yo había estado, sino que limitaba sus preguntas al estado de las matemáticas y recibía las noticias que

 

yo le daba con el mayor desprecio e indiferencia, aunque su mosqueador le acariciaba frecuentemente por

 

uno y otro lado.

 

Capítulo III

 

Un problema resuelto por la Filosofía y la Astronomía moderna. -Los grandes progresos de los laputianos en

 

la última. El método del rey para suprimir la insurrección.

 

 Supliqué a este príncipe que me diese licencia para ver las curiosidades de la isla, y me la conced ió

 

graciosamente, encomendando además a mi preceptor que me acompañase. Deseaba principalmente

 

conocer a qué causa, ya de arte, ya de la Naturaleza, debía sus diversos movimientos; y de ello haré aquí

 

un relato filosófico al lector.

 

 La isla volante o flotante es exactamente circular; su diámetro, de 7.837 yardas, esto es, unas cuatro

 

millas y media, y contiene, por lo tanto, diez mil acres. Su grueso es de 300 yardas. El piso o superficie

 

inferior que se presenta a quienes la ven desde abajo es una plancha regular, lisa, de diamante, que tiene

 

hasta unas 200 yardas de altura. Sobre ella yacen los varios minerales en el orden corriente, y encima de

 

todos hay una capa de riquísima tierra, profunda de diez o doce pies. El declive de la superficie superior, de

 

la circunferencia al centro, es la causa natural de que todos los rocíos y lluvias que caen sobre la isla sean

 

conducidos formando pequeños riachuelos hacia el interior, donde vierten en cuatro grandes estanques,

 

cada uno como de media milla en redondo y 200 yardas distante del centro. De estos estanques el Sol

 

evapora continuamente el agua durante el día, lo que impide que rebasen. Además, como el monarca tiene

 

en su poder elevar la isla por encima de la región de las nubes y los vapores, puede impedir la caída de

 

rocíos y lluvias siempre que le place, pues las nubes más altas no pasan de las dos millas, punto en que

 

todos los naturalistas convienen; al menos, nunca se conoció que sucediese de otro modo en aquel país.

 

 En el centro de la isla hay un hueco de unas 50 yardas de diámetro, por donde los astrónomos

 

descienden a un gran aposento, de ahí llamado Flandona Gagnole, que vale tanto como la Cueva del

 

Astrónomo, situado a la profundidad de 100 yardas por bajo de la superficie superior del diamante. En esta

 

cueva hay veinte lámparas ardiendo continuamente; las cuales, como el diamante refleja su luz, arrojan viva

 

claridad a todos lados. Se atesoran allí gran variedad de sextantes, cuadrantes, telescopios, astrolabios y

 

otros instrumentos astronómicos. Pero la mayor rareza, de la cual depende la suerte de la isla, es un imán

 

de tamaño prodigioso, parecido en la forma a una lanzadera de tejedor. Tiene de longitud seis yardas, y por

 

la parte más gruesa, lo menos tres yardas más en redondo. Este imán está sostenido por un fortísimo eje de

 

diamante que pasa por su centro, sobre el cual juega, y está tan exactamente equilibrado, que la mano más

 

débil puede volverlo. Está rodeado de un cilindro hueco de diamante de cuatro pies de concavidad y otros

 

tantos de espesor en las paredes, y que forma una circunferencia de doce yardas de diámetro, colocada

 

horizontalmente y apoyada en ocho pies, asimismo de diamante, de seis yardas de alto cada uno. En la

 

parte interna de este aro, y en medio de ella, hay una muesca de doce pulgadas de profundidad, donde los

 

extremos del eje encajan y giran cuando es preciso.

 

 No hay fuerza que pueda sacar a esta piedra de su sitio, porque el aro y sus pies son de la misma pieza

 

que el cuerpo de diamante que constituye el fondo de la isla.

 

 Por medio de este imán se hace a la isla bajar y subir y andar de un lado a otro. En relación con la

 

extensión de tierra que el monarca domina, la piedra está dotada por uno de los lados de fuerza atractiva, y

 

de fuerza repulsiva por el otro. Poniendo el imán derecho por el extremo atrayente hacia la tierra, la isla

 

desciende; pero cuando se dirige hacia abajo el extremo repelente, la isla sube en sentido vertical. Cuando

 

la piedra está en posición oblicua, el movimiento de la isla es igualmente oblicuo, pues en este imán las

 

fuerzas actúan siempre en líneas paralelas a su dirección.

 

 Por medio de este movimiento oblicuo se dirige la isla a las diferentes partes de los dominios de Su

 

Majestad. Para explicar esta forma de su marcha, supongamos que A B representa una línea trazada a

 

través de los dominios de Balnibarbi; c d, el imán, con su extremo repelente d y su extremo atrayente c , y C ,

 

la isla. Dejando la piedra en la posición c d, con el extremo repelente hacia abajo, la isla se elevará

 

oblicuamente hacia D . Si al llegar a D se vuelve la piedra sobre su eje, hasta que el extremo atrayente se

 

dirija a E, la isla marchará oblicuamente hacia E , donde, si la piedra se hiciese girar una vez más sobre su

 

eje, hasta colocarla en la dirección E F, con la punta repelente hacia abajo, la isla subirá oblicuamente hacia

 

F , desde donde, dirigiendo hacia G el extremo atrayente, la isla iría a G , y de G a H , volviendo la piedra de

 

modo que su extremo repelente apuntará hacia abajo. Así, cambiando de posición la piedra siempre que es

 

 

 

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menester, se hace a la isla subir y bajar alternativamente, y por medio de estos ascensos y descensos

 

alternados -la oblicuidad no es considerable- se traslada de un lado a otro de los dominios.

 

 Pero debe advertirse que esta isla no puede ir más allá de la extensión que tienen los dominios de abajo

 

ni subir a más de cuatro millas de altura. Lo que explican los astrónomos -que han escrito extensos tratados

 

sobre el imán- con las siguientes razones: La virtud magnética no se extiende a más de cuatro millas de

 

distancia, y el mineral que actúa sobre la piedra desde las entrañas de la tierra y desde el mar no está

 

difundido por todo el globo, sino limitado a los dominios del rey; y fue cosa sencilla para un príncipe, a causa

 

de la gran ventaja de situación tan superior, reducir a la obediencia a todo el país que estuviese dentro del

 

radio de atracción de aquel imán.

 

 Cuando se coloca la piedra paralela a la línea del horizonte, la isla queda quieta; pues en tal caso los do s

 

extremos del imán, a igual distancia de la tierra,con la misma fuerza, el uno tirando hacia abajo, y el otro

 

empujando hacia arriba, de lo que no puede resultar movimiento ninguno.

 

 Este imán está al cuidado de ciertos astrónomos, quienes, en las oca siones, lo colocan en la posición

 

que el rey indica. Emplean aquellas gentes la mayor parte de su vida en observar los cuerpos celestes, para

 

lo que se sirven de anteojos que aventajan con mucho a los nuestros; pues aunque sus grandes telescopios

 

no exceden de tres pies, aumentan mucho más que los de cien yardas que tenemos nosotros, y al mismo

 

tiempo muestran las estrellas con mayor claridad. Esta ventaja les ha permitido extender sus

 

descubrimientos mucho más allá que los astrónomos de Europa, pues han conseguido hacer un catálogo de

 

diez mil estrellas fijas, mientras el más extenso de los nuestros no contiene más de la tercera parte de este

 

número. Asimismo han descubierto dos estrellas menores o satélites que giran alrededor de Marte, de las

 

cuales la interior dista del centro del planeta primario exactamente tres diámetros de éste, y la exterior,

 

cinco; la primera hace una revolución en el espacio de diez horas, y la última, en veintiuna y media; así que

 

los cuadros de sus tiempos periódicos están casi en igual proporción que los cubos de su distancia del

 

centro de Marte, lo que evidentemente indica que están sometidas a la misma ley de gravitación que

 

gobierna los demás cuerpos celestes.

 

 Han observado noventa y tres cometas diferentes y calculado su s revoluciones con gran exactitud. Si

 

esto es verdad -y ellos lo afirman con gran confianza-, sería muy de desear que se hiciesen públicas sus

 

observaciones, con lo que la teoría de los cometas, hasta hoy muy imperfecta y defectuosa, podría elevarse

 

a la misma perfección que las demás partes de la Astronomía.

 

 El rey podría ser el príncipe más absoluto del Universo sólo con que pudiese obligar a un ministerio a

 

asociársele; pero como los ministros tienen abajo, en el continente, sus haciendas y conocen que el oficio

 

de favorito es de muy incierta conservación, no consentirían nunca en esclavizar a su país.

 

 Si acontece que alguna ciudad se alza en rebelión o en motín, se entrega a violentos desórdenes o se

 

niega a pagar el acostumbrado tributo, el rey tiene dos medios de reducirla a la obediencia. El primero, y

 

más suave, consiste en suspender la isla sobre la ciudad y las tierras circundantes, con lo que quedan

 

privadas de los beneficios del sol y de la lluvia, y afligidos, en consecuencia, los habitantes, con carestías y

 

epidemias. Y si el crimen lo merece, al mismo tiempo se les arrojan grandes piedras, contra las que no

 

tienen más defensa que zambullirse en cuevas y bodegas, mientras los tejados de sus casas se hunden,

 

destrozados. Pero si aún se obstinaran y llegasen a levantarse en insurrecciones, procede el rey al último

 

recurso; y es dejar caer la isla derechamente sobre sus cabezas, lo que ocasiona universal destrucción, lo

 

mismo de casas que de hombres. No obstante, es éste un extremo a que el príncipe se ve arrastrado rara

 

vez, y que no gusta de poner por obra, así como sus ministros tampoco se atreven a aconsejarle una

 

medida que los haría odiosos al pueblo y sería gran daño para sus propias haciendas, que están abajo, ya

 

que la isla es posesión del rey.

 

Pero aun existe, ciertamente, otra razón de más peso para que los reyes de aquel país hayan sido

 

siempre contrarios a ejecutar acción tan terrible, a no ser en casos de extremada necesidad. Si la ciudad

 

que se pretende destruir tiene en su recinto elevadas rocas, como por regla general acontece en las

 

mayores poblaciones, que probablemente han escogido de antemano esta situación con miras a evitar

 

semejante catástrofe, o si abunda en altos obeliscos o columnas de piedra, una caída rápida pondría en

 

peligro el fondo o superficie inferior de la Isla, que, aun cuando consiste, como ya he dicho, en un diamante

 

entero de doscientas yardas de espesor, podría suceder que se partiese con un choque demasiado grande

 

o saltase al aproximarse demasiado a los hogares de las casas de abajo, como a menudo ocurre a los

 

cortafuegos de nuestras chimeneas, sean de piedra o de hierro. El pueblo sabe todo esto muy bien, y

 

conoce hasta dónde puede llegar en su obstinación cuando ve afectada su libertad o su fortuna. Y el rey,

 

cuando la provocación alcanza el más alto grado y más firmemente se determina a deshacer en escombros

 

una ciudad, ordena que la isla descienda con gran blandura, bajo pretexto de terneza para su pueblo, pero,

 

en realidad, por miedo de que se rompa el fondo de diamante, en cuyo caso es opinión de todos los

 

filósofos que el imán no podría seguir sosteniendo la isla y la masa entera se vendría al suelo.

 

 Por una ley fundamental del reino está prohibido al rey y a sus dos hijos mayores salir de la isla, así

 

como a la reina hasta que ha dado a luz.

 

 

 

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Capítulo IV

 

El autor sale de Laputa, es conducido a Balnibarbi y llega a la metrópoli. -Descripción de la metrópoli y de

 

los campos circundantes. -El autor, hospitalariamente recibido por un gran señor. -Sus conversaciones con

 

este señor.

 

 Aunque no puedo d ecir que me tratasen mal en esta isla, debo confesar que me sentía muy preterido y

 

aun algunos puntos despreciado; pues ni el príncipe ni el pueblo parecían experimentar la menor curiosidad

 

por rama ninguna de conocimiento, excepto las matemáticas y la música, en que yo les era muy inferior, y

 

por esta causa muy poco digno de estima.

 

 Por otra parte, como yo había visto todas las curiosidades de la isla, tenía ganas de salir de ella, porque

 

estaba aburrido hasta lo indecible de aquella gente. Verdad que sobresalían en las dos ciencias que tanto

 

apreciaban y en que yo no soy del todo lego; pero a la vez estaban de tal modo abstraídos y sumidos en

 

sus especulaciones, que nunca me encontré con tan desagradable compañía. Yo sólo hablé con mujeres,

 

comerciantes, mosqueadores y pajes de corte durante los dos meses de mi residencia allí; lo que sirvió para

 

que se acabara de despreciarme. Pero aquéllas eran las únicas gentes que me daban razonables

 

respuestas.

 

 Estudiando empeñadamente, había llegado a adquir ir buen grado de conocimiento del idioma; mas

 

estaba aburrido de verme confinado en una isla donde tan poco favor encontraba y resuelto a abandonarla

 

en la primera oportunidad.

 

 Había en la corte un gran señor, estrechamente emparentado con el rey y só lo por esta causa tratado

 

con respeto. Se le reconocía, universalmente como el señor más ignorante y estúpido entre los hombres.

 

Había prestado a la Corona servicios eminentes y tenía grandes dotes naturales y adquiridos, realzados por

 

la integridad y el honor, pero tan mal oído para la música, que sus detractores contaban que muchas veces

 

se le había visto llevar el compás a contratiempo; y tampoco sus preceptores pudieron, sin extrema

 

dificultad, enseñarle a demostrar las más sencillas proposiciones de las matemáticas. Este caballero se

 

dignaba darme numerosas pruebas de su favor: me hizo en varias ocasiones el honor de su visita y me

 

pidió que le informase de los asuntos de Europa, las leyes y costumbres, maneras y estudios de los varios

 

países por que yo había viajado. Me escuchaba con gran atención y hacía muy atinadas observaciones a

 

todo lo que yo decía. Por su rango tenía dos mosqueadores a su servicio, pero nunca los empleó sino en la

 

corte y en las visitas de ceremonia, y siempre los mandaba retirarse cuando estábamos los dos solos.

 

 Supliqué a esta ilustre persona que intercediese en mi favor con Su Majestad para que me permitiese

 

partir; lo que cumplió, según se dignó decirme, con gran disgusto; pues, en verdad, me había hecho varios

 

ofrecimientos muy ventajosos, que yo, sin embargo, rechacé, con expresiones de la más alta gratitud.

 

 El 16 de febrero me despedí de Su Majestad y de la corte. El rey me hizo un regalo por valor de unas

 

doscientas libras inglesas, y mi protector su pariente, otro tanto, con más una carta de recomendación para

 

un amigo suyo de Lagado, la metrópoli. La isla estaba a la sazón suspendida sobre una montaña situada a

 

unas dos millas de la ciudad, y me bajaron desde la galería inferior igual que me habían subido.

 

 E l continente, en la parte que está sujeta al monarca de la Isla Volante, se designa con el nombre

 

genérico de Balnibarbi, y la metrópoli, como antes dije, se llama Lagado. Experimenté una pequeña

 

satisfacción al encontrarme en tierra firme. Marché a la ciudad sin cuidado ninguno, pues me encontraba

 

vestido como uno de los naturales y suficiente instruido para conversar con ellos. Pronto encontré la casa

 

de aquella persona a quien iba recomendado; presenté la carta de mi amigo el grande de la isla y fui

 

recibido con gran amabilidad. Este gran señor, cuyo nombre era Munodi, me hizo disponer una habitación

 

en su casa misma, donde permanecí durante mi estancia y fui tratado de la más hospitalaria manera.

 

 A la mañana siguiente de mi llegada me sacó en su coc he a ver la ciudad, que viene a ser la mitad que

 

Londres, pero de casas muy extrañamente construidas y, las más, faltas de reparación. La gente va por las

 

calles de prisa, con expresión aturdida, los ojos fijos y generalmente vestida con andrajos. Pasamos por una

 

o dos puertas y salimos unas tres millas al campo, donde vi muchos obreros trabajando con herramientas

 

de varias clases, sin poder conjeturar yo a qué se dedicaban, pues no descubrí el menor rastro de grano ni

 

de hierba, por más que la tierra parecía excelente. No pude por menos de sorprenderme ante estas

 

extrañas apariencias de la ciudad y del campo, y me tomé la libertad de pedir a mi guía que se sirviese

 

explicarme qué significaban tantas cabezas, manos y semblantes ocupados, lo mismo en los campos que

 

en la ciudad, pues yo no alcanzaba a descubrir los buenos efectos que producían; antes al contrario, yo no

 

había visto nunca suelo tan desdichadamente cultivado, casas tan mal hechas y ruinosas ni gente cuyo

 

porte y traje expresaran tanta miseria y necesidad.

 

 El señor Munodi era persona de alto rango, que había sido varios años gobernador de Lagado; pero por

 

maquinaciones de ministros fue destituido como incapaz. Sin embargo, el rey le trataba con gran cariño,

 

teniéndole por hombre de buena intención, aunque de entendimiento menos que escaso. Cuando hube

 

hecho esta franca censura del país y de sus habitantes no me dio otra respuesta sino que yo no llevaba

 

entre ellos el tiempo suficiente para formar un juicio, y que las diferentes naciones del mundo tienen

 

costumbres diferentes con otros tópicos en el mismo sentido. Pero cuando volvimos a su palacio me

 

preguntó qué tal me parecía el edificio, qué absurdos apreciaba y qué tenía que decir de la vestidura y el

 

 

 

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aspecto de su servidumbre. Podía hacerlo con toda seguridad, ya que todo cuanto le rodeaba era

 

magnífico, correcto y agradable. Respondí que la prudencia, la calidad y la fortuna de Su Excelencia le

 

habían eximido de aquellos defectos que la insensatez y la indigencia habían causado en los demás.

 

Díjome que si quería ir con él a su casa de campo, situada a veinte millas de distancia, y donde estaba su

 

hacienda, habría más lugar para esta clase de conversación. Contesté a Su Excelencia que estaba por

 

entero a sus órdenes, y, en consecuencia, partimos a la mañana siguiente.

 

 Durante el viaje me hizo observar los diversos métodos empleados por los labradores en el cultivo de

 

sus tierras, lo que para mí resultaba completamente inexplicable, porque, exceptuando poquísimos sitios, no

 

podía distinguir una espiga de grano ni una brizna de hierba. Pero a las tres horas de viaje, la escena

 

cambió totalmente; entramos en una hermosísima campiña: casas de labranza poco distanciadas entre sí y

 

lindamente construidas; sembrados, praderas y viñedos con sus cercas en torno. No recuerdo haber visto

 

más delicioso paraje. Su Excelencia advirtió que mi semblante se había despejado. Díjome, con un suspiro,

 

que allí empezaba su hacienda y todo seguiría lo mismo hasta que llegáramos a su casa, y que sus

 

conciudadanos le ridiculizaban y despreciaban por no llevar mejor sus negocios y por dar al reino tan mal

 

ejemplo; ejemplo que, sin embargo, sólo era seguido por muy pocos, viejos, porfiados y débiles como él.

 

 Llegamos, por fin, a la casa, que era, a la verdad, de muy noble estructura y edificada según las mejores

 

reglas de la arquitectura antigua. Los jardines, fuentes, paseos, avenidas y arboledas estaban dispuestos

 

con mucho conocimiento y gusto. Alabé debidamente cuanto vi, de lo que Su Excelencia no hizo el menor

 

caso, hasta que después de cenar, y cuando no había con nosotros tercera persona, me dijo con expresión

 

melancólica que temía tener que derribar sus casas de la ciudad y del campo para reedificarlas según la

 

moda actual, y destruir todas sus plantaciones para hacer otras en la forma que el uso moderno exigía, y

 

dar las mismas instrucciones a sus renteros, so pena de incurrir en censura por su orgullo, singularidad,

 

afectación, ignorancia y capricho, y quizá de aumentar el descontento de Su Majestad. Añadió que la

 

admiración que yo parecía sentir se acabaría, o disminuiría al menos, cuando él me hubiese informado de

 

algunos detalles de que probablemente no habría oído hablar en la corte, porque allí la gente estaba

 

demasiado sumida en sus especulaciones para mirar lo que pasaba aquí abajo.

 

 Todo su discurso vino a parar en lo siguiente:

 

 Hacía unos cuarenta años subieron a Laputa, para resolver negocios, o simplemente por diversión,

 

ciertas personas que, después de cinco meses de permanencia, volvieron con un conocimiento muy

 

superficial de matemáticas, pero con la cabeza llena de volátiles visiones adquiridas en aquella aérea

 

región. Estas personas, a su regreso, empezaron a mirar con disgusto el gobierno de todas las cosas de

 

abajo y dieron en la ocurrencia de colocar sobre nuevo pie: artes, ciencias, idiomas y oficios. A este fin se

 

procuraron una patente real para erigir una academia de arbitristas en Lagado; y de tal modo se extendió la

 

fantasía entre el pueblo, que no hay en el reino ciudad de alguna importancia que no cuente con una de

 

esas academias. En estos colegios los profesores discurren nuevos métodos y reglas de agricultura y

 

edificación y nuevos instrumentos y herramientas para todos los trabajos y manufacturas. con los que ellos

 

responden de que un hombre podrá hacer la tarea de diez, un palacio ser construido en una semana con

 

tan duraderos materiales que subsista eternamente sin reparación, y todo fruto de la tierra llegar a madurez

 

en la estación que nos cumpla elegir y producir cien veces más que en el presente, con otros innumerables

 

felices ofrecimientos. El único inconveniente consiste en que todavía no se ha llevado ninguno de estos

 

proyectos a la perfección; y, en tanto, los campos están asolados, las casas en ruinas y las gentes sin

 

alimentos y sin vestido. Todo esto, en lugar de desalentarlos, los lleva con cincuenta veces más violencia a

 

persistir en sus proyectos, igualmente empujados ya por la esperanza y la desesperación. Por lo que a él

 

hacía referencia, no siendo hombre de ánimo emprendedor, se había dado por contento con seguir los

 

antiguos usos, vivir en las casas que sus antecesores habían edificado y proceder como siempre procedió

 

en todos los actos de su vida, sin innovación ninguna. Algunas otras personas de calidad y principales

 

habían hecho lo mismo; pero se las miraba con ojos de desprecio y malevolencia, como enemigos del arte,

 

ignorantes y perjudiciales a la república, que ponen su comodidad y pereza por encima del progreso general

 

de su país.

 

 Agregó Su Seño ría que no quería con nuevos detalles privarme del placer que seguramente tendría en

 

ver la Gran Academia, donde había resuelto llevarme. Sólo me llamó la atención sobre un edificio ruinoso

 

situado en la ladera de una montaña que a obra de tres millas se veía, y acerca del cual me dio la

 

explicación siguiente: Tenía él una aceña muy buena a media milla de su casa movida por la corriente de un

 

gran río y suficiente para su familia, así como para un gran número de sus renteros. Hacía unos siete años

 

fue a verle una junta de aquellos arbitristas con la proposición de que destruyese su molino y levantase otro

 

en la ladera de aquella montaña, en cuya larga cresta se abriría un largo canal para depósito de agua que

 

se elevaría por cañerías y máquinas, a fin de mover el molino, porque el viento y el aire de las alturas

 

agitaban el agua y la hacían más propia para la moción, y porque el agua, bajando por un declive, movería

 

la aceña con la mitad de la corriente de un río cuyo curso estuviese más a nivel. Me dijo que no estando

 

muy a bien con la corte, e instado por muchos de sus amigos, se allanó a la propuesta; y después de

 

emplear cien hombres durante dos años, la obra se había frustrado y los arbitristas se habían ido, dejando

 

toda la vergüenza sobre él, que tenía que aguantar las burlas desde entonces, a hacer con otros el mismo

 

experimento, con iguales promesas de triunfo y con igual desengaño.

 

 

 

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 A los pocos días volvimos a la ciudad, y Su Excelencia, teniendo en cuenta la mala fama que en la

 

Academia tenía, no quiso ir conmigo, pero me recomendó a un amigo suyo para que me acompañase en la

 

visita. Mi buen señor se dignó presentarme como gran admirador de proyectos y persona de mucha

 

curiosidad y fácil a la creencia, para lo que, en verdad, no le faltaba del todo razón, pues yo había sido

 

también algo arbitrista en mis días de juventud.

 

Capítulo V

 

Se permite al autor visitar la Gran Academia de Lagado. -Extensa descripción de la Academia. -Las artes a

 

que se dedican los profesores.

 

 Esta Academia no está formada por un solo edificio, sino por una serie de varias casa s, a ambos lados

 

de la calle, que, habiéndose inutilizado, fueron compradas y dedicadas a este fin. Me recibió el conserje con

 

mucha amabilidad y fuí a la Academia durante muchos días. En cada habitación había uno o más

 

arbitristas, y creo quedarme corto calculando las habitaciones en quinientas.

 

 El primer hombre que vi era de consumido aspecto, con manos y cara renegridas, la barba y el pelo

 

largos, desgarrado y chamuscado por diversas partes. Traje, camisa y piel, todo era del mismo color.

 

Llevaba ocho años estudiando un proyecto para extraer rayos de sol de los pepinos, que debían ser metidos

 

en redomas herméticamente cerradas y selladas, para sacarlos a caldear el aire en veranos crudos e

 

inclementes. Me dijo que no tenía duda de que en ocho años más podría surtir los jardines del gobernador

 

de rayos de sol a precio módico; pero se lamentaba del escaso almacén que tenía y me rogó que le diese

 

alguna cosa, en calidad de estímulo al ingenio; tanto más, cuanto que el pasado año había sido muy malo

 

para pepinos. Le hice un pequeño presente, pues mi huésped me había proporcionado deliberadamente

 

algún dinero, conociendo la práctica que tenían aquellos señores de pedir a todo el que iba a visitarlos.

 

 Vi a otro que trabajaba en reducir hielo a pólvora p or la calcinación, y que también me enseñó un tratado

 

que había escrito y pensaba publicar, concerniente a la maleabilidad del fuego.

 

 Estaba un ingeniosísimo arquitecto que había discurrido un nuevo método de edificar casas empezando

 

por el tejado y trabajando en sentido descendente- hasta los cimientos, lo que justificó ante mí con la

 

práctica semejante de dos tan prudentes insectos como la abeja y la araña.

 

 Había un hombre, ciego de nacimiento, que tenía varios discípulos de su misma condición y los dedicaba

 

a mezclar colores para pintar, y que su maestro les había enseñado a distinguir por el tacto y el olfato. Fue

 

en verdad desgracia mía encontrarlos en aquella ocasión no muy diestros en sus lecciones, y aun al mismo

 

profesor le acontecía equivocarse generalmente. Este artista cuenta en el más alto grado con el estímulo y

 

la estima de toda la hermandad.

 

 En otra habitación me complació grandemente encontrarme con un arbitrista que había descubierto un

 

plan para arar la tierra por medio de puercos, a fin de ahorrar los gastos de aperos, ganado y labor. El

 

método es éste: en un acre de terreno se entierra, a seis pulgadas de distancia entre sí, cierta cantidad de

 

bellotas, dátiles, castañas y otros frutos o verduras de que tanto gustan estos animales. Luego se sueltan

 

dentro del campo seiscientos o más de ellos, que a los pocos días habrán hozado todo el terreno en busca

 

de comida y dejádolo dispuesto para la siembra. Cierto que la experiencia ha mostrado que la molestia y el

 

gasto son muy grandes y la cosecha poca o nula; sin embargo, no se duda que este invento es susceptible

 

de gran progreso.

 

 Entré en otra habitación, en que de las paredes y del techo colgaban telarañas todo alrededor, excepto

 

un estrecho paso para que el artista entrara y saliera. Al entrar yo me gritó que no descompusiese sus

 

tejidos. Se lamentó de la fatal equivocación en que el mundo había estado tanto tiempo al emplear gusanos

 

de seda, cuando tenemos tantísimos insectos domésticos que infinitamente aventajan a esos gusanos,

 

porque saben tejer lo mismo que hilar. Díjome luego que empleando arañas, el gasto de teñir las sedas se

 

ahorraría totalmente; de lo que me convenció por completo cuando me enseñó un enorme número de

 

moscas de los colores más hermosos, con las que alimentaba a sus arañas, al tiempo que me aseguraba

 

que las telas tomaban de ellas el tinte. Y como las tenía de todos los matices, confiaba en satisfacer el

 

gusto de todo el mundo tan pronto como pudiese encontrar para las moscas un alimento, a base de ciertos

 

aceites, gomas y otra materia aglutinante, adecuado para dar fuerza y consistencia a los hilos.

 

 Vi un astrónomo que había echado sobre sí la tarea de colocar un reloj de sol sobre la veleta mayor de la

 

Casa Ayuntamiento, ajustando los movimientos anuales y diurnos de la Tierra y el Sol de modo que se

 

correspondiesen y coincidieran con los cambios accidentales del viento. Visité muchas habitaciones más;

 

pero no he de molestar al lector con todas las rarezas que vi, en gracia a la brevedad.

 

 Has ta entonces había visto tan sólo uno de los lados de la Academia, pues el otro estaba asignado a los

 

propagadores del estudio especulativo, de quienes diré algo cuando haya dado a conocer a otro ilustre

 

personaje, llamado entre ellos el artista universal. Éste nos dijo que durante treinta años había dedicado sus

 

pensamientos al progreso de la vida humana. Tenía dos grandes aposentos llenos de maravillosas rarezas

 

y cincuenta hombres trabajando. Unos condensaban aire para convertirlo en una substancia tangible dura,

 

extrayendo el nitro y colando las partículas acuosas o fluidas; otros ablandaban mármol para almohadas y

 

acericos; otros petrificaban los cascos a un caballo vivo para impedir que se despease. El mismo artista en

 

 

 

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persona hallábase ocupado a la sazón en dos grandes proyectos: el primero, sembrar en arena los hollejos

 

del grano, donde afirmaba estar contenida la verdadera virtud seminal, como demostró con varios

 

experimentos que yo no fuí bastante inteligente para comprender. Era el otro impedir, por medio de una

 

cierta composición de gomas minerales y vegetales, aplicada externamente, que les creciera la lana a dos

 

corderitos, y esperaba, en un plazo de tiempo razonable, propagar la raza de corderos desnudos por todo el

 

reino.

 

 Pasamos a dar una vuelta por la otra parte de la Academia, donde, como ya he dicho, se alojan los

 

arbitristas de estudios especulativos.

 

 El primer profesor que vi estaba en una habitación muy grande rodeado por cuarenta alumnos. Después

 

de cambiar saludos, como observase que yo consideraba con atención un tablero que ocupaba la mayor

 

parte del largo y del ancho de la habitación, dijo que quizá me asombrase de verle entregado a un proyecto

 

para hacer progresar el conocimiento especulativo por medio de operaciones prácticas y mecánicas; pero

 

pronto comprendería el mundo su utilidad, y se alababa de que pensamiento más elevado y noble jamás

 

había nacido en cabeza humana. Todos sabemos cuán laborioso es el método corriente para llegar a

 

poseer artes y ciencias; pues bien: gracias a su invento, la persona más ignorante, por un precio módico y

 

con un pequeño trabajo corporal, puede escribir libros de filosofía, poesía, política, leyes, matemáticas y

 

teología, sin que para nada necesite el auxilio del talento ni del estudio.

 

 Me llevó luego al tablero, que rodeaban por todas partes los alumnos formando filas. Tenía veinte pies

 

en cuadro y estaba colocado en medio de la habitación. La superficie estaba constituida por varios trozos de

 

madera del tamaño de un dedo próximamente, aunque algo mayores unos que otros. Todos estaban

 

ensartados juntos en alambres delgados. Estos trozos de madera estaban por todos lados cubiertos de

 

papel pegado a ellos; y sobre estos papeles aparecían escritas todas las palabras del idioma en sus varios

 

modos, tiempos y declinaciones, pero sin orden ninguno. Díjome el profesor que atendiese, porque iba a

 

enseñarme el funcionamiento de su aparato. Los discípulos, a una orden suya, echaron mano a unos

 

mangos de hierro que había alrededor del borde del tablero, en número de cuarenta, y, dándoles una vuelta

 

rápida, toda la disposición de las palabras quedó cambiada totalmente. Mandó luego a treinta y seis de los

 

muchachos que leyesen despacio las diversas líneas tales como habían quedado en el tablero, y cuando

 

encontraban tres o cuatro palabras juntas que podían formar parte de una sentencia las dictaban a los

 

cuatro restantes, que servían de escribientes. Repitióse el trabajo tres veces o cuatro, y cada una, en virtud

 

de la disposición de la máquina, las palabras se mudaban a otro sitio al dar vuelta los cuadrados de madera.

 

 Durante seis horas diarias se dedicaban los jóvenes estudiantes a esta tarea, y el profesor me mostró

 

varios volúmenes en gran folio, ya reunidos en sentencias cortadas, que pensaba enlazar, para, sacándola

 

de ellas, ofrecer al mundo una obra completa de todas las ciencias y artes, la cual podría mejorarse y

 

facilitarse en gran modo con que el público crease un fondo para construir y utilizar quinientos de aquellos

 

tableros en Lagado, obligando a los directores a contribuir a la obra común con sus colecciones respectivas.

 

 Me aseguró que había dedicado a este invento toda su inteligencia desde su juventud, y que había

 

agotado el vocabulario completo en su tablero y hecho un serio cálculo de la proporción general que en los

 

libros existe entre el número de artículos, nombres, verbos y demás partes de la oración.

 

 Expresé mi más humilde reconocimiento a aquella ilustre persona por haberse mostrado de tal modo

 

comunicativa y le prometí que si alguna vez tenía la dicha de regresar a mi país le haría la justicia de

 

proclamarle único inventor de aquel aparato maravilloso, cuya forma y combinación le rogué que delinease

 

en un papel, Y aparecen en la figura de esta página. Le dije que, aunque en Europa los sabios tenían la

 

costumbre de robarse los inventos unos a otros, y de este modo lograban cuando menos la ventaja de que

 

se discutiese cuál era el verdadero autor, tomaría yo tales precauciones, que él solo disfrutase el honor

 

íntegro, sin que viniera a mermárselo ningún rival.

 

 Fuimos luego a la escuela de idiomas, donde tres profesores celebraban consulta sobre el modo de

 

mejorar el de su país.

 

 El primer proyecto consistía en hacer más corto el discurso, dejando a los polisíl abos una sílaba nada

 

más, y prescindiendo de verbos y participios; pues, en realidad, todas las cosas imaginables son nombres y

 

nada más que nombres.

 

 El otro proyecto era un plan para abolir por completo todas las palabras, cualesquiera que fuesen; y se

 

defendía como una gran ventaja, tanto respecto de la salud como de la brevedad. Es evidente que cada

 

palabra que hablamos supone, en cierto grado, una disminución de nuestros pulmones por corrosión, y, por

 

lo tanto, contribuye a acortarnos la vida; en consecuencia, se ideó que, siendo las palabras simplemente los

 

nombres de las cosas, sería más conveniente que cada persona llevase consigo todas aquellas cosas de

 

que fuese necesario hablar en el asunto especial sobre que había de discurrir. Y este invento se hubiese

 

implantado, ciertamente, con gran comodidad y ahorro de salud para los individuos, de no haber las

 

mujeres, en consorcio con el vulgo y los ignorantes, amenazado con alzarse en rebelión si no se les dejaba

 

en libertad de hablar con la lengua, al modo de sus antepasados; que a tales extremos llegó siempre el

 

vulgo en su enemiga por la ciencia. Sin embargo, muchos de los más sabios y eruditos se adhirieron al

 

nuevo método de expresarse por medio de cosas: lo que presenta como único inconveniente el de que

 

cuando un hombre se ocupa en grandes y diversos asuntos se ve obligado, en proporción, a llevar a

 

espaldas un gran talego de cosas, a menos que pueda pagar uno o dos robustos criados que le asistan. Yo

 

 

 

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he visto muchas veces a dos de estos sabios, casi abrumados por el peso de sus fardos, como van

 

nuestros buhoneros, encontrarse en la calle, echar la carga a tierra, abrir los talegos y conversar durante

 

una hora; y luego, meter los utensilios, ayudarse mutuamente a reasumir la carga y despedirse.

 

 Mas para conversaciones cortas, un hombre puede llevar los necesarios utensilios en los bolsillos o

 

debajo del brazo, y en su casa no puede faltarle lo que precise. Así, en la estancia donde se reúnen quienes

 

practican este arte hay siempre a mano todas las cosas indispensables para alimentar este género artificial

 

de conversaciones.

 

 Otra ventaja que se buscaba con este invento era que sirviese como idioma universal para todas las

 

naciones civilizadas, cuyos muebles y útiles son, por regla general, iguales o tan parecidos, que puede

 

comprenderse fácilmente cuál es su destino. Y de este modo los embajadores estarían en condiciones de

 

tratar con príncipes o ministros de Estado extranjeros para quienes su lengua fuese por completo

 

desconocida.

 

 Estu ve en la escuela de matemáticas, donde el maestro enseñaba a los discípulos por un método que

 

nunca hubiéramos imaginado en Europa. Se escribían la proposición y la demostración en una oblea

 

delgada, con tinta compuesta de un colorante cefálico. El estudiante tenía que tragarse esto en ayunas y no

 

tomar durante los tres días siguientes más que pan y agua. Cuando se digería la oblea, el colorante subía al

 

cerebro llevando la proposición. Pero el éxito no ha respondido aún a lo que se esperaba; en parte, por

 

algún error en la composición o en la dosis, y en parte, por la perversidad de los muchachos a quienes

 

resultan de tal modo nauseabundas aquellas bolitas, que generalmente las disimulan en la boca y las

 

disparan a lo alto antes de que puedan operar. Y tampoco ha podido persuadírseles hasta ahora de que

 

practiquen la larga abstinencia que requiere la prescripción.

 

Capítulo VI

 

Siguen las referencias sobre la Academia. -El autor propone algunas mejoras, que son recibidas con todo

 

honor.

 

 En la escuela de arbitristas políticos pasé mal rato. Los profesores parecían , a mi juicio, haber perdido el

 

suyo; era una escena que me pone triste siempre que la recuerdo. Aquellas pobres gentes presentaban

 

planes para persuadir a los monarcas de que escogieran los favoritos en razón de su sabiduría, capacidad y

 

virtud; enseñaran a los ministros a consultar el bien común; recompensaran el mérito, las grandes aptitudes

 

y los servicios eminentes; instruyeran a los príncipes en el conocimiento de que su verdadero interés es

 

aquel que se asienta sobre los mismos cimientos que el de su pueblo; escogieran para los empleos a las

 

personas capacitadas para desempeñarlos; con otras extrañas imposibles quimeras que nunca pasaron por

 

cabeza humana, y confirmaron mi vieja observación de que no hay cosa tan irracional y extravagante que

 

no haya sido sostenida como verdad alguna vez por un filósofo.

 

 Pero, no obstante, he de hacer a aquella parte de la Academia la justicia de reconocer que no todos eran

 

tan visionarios. Había un ingeniosísimo doctor que parecía perfectamente versado en la naturaleza y el arte

 

del gobierno. Este ilustre personaje había dedicado sus estudios con gran provecho a descubrir remedios

 

eficaces para todas las enfermedades y corrupciones a que están sujetas las varias índoles de

 

administración pública por los vicios y flaquezas de quienes gobiernan, así como por las licencias de

 

quienes deben obedecer. Por ejemplo: puesto que todos los escritores y pensadores han convenido en que

 

hay una estrecha y universal semejanza entre el cuerpo natural y el político, nada puede haber más

 

evidente que la necesidad de preservar la salud de ambos y curar sus enfermedades con las mismas

 

recetas. Es sabido que los senados y grandes consejos se ven con frecuencia molestados por humores

 

redundantes, hirvientes y viciados; por numerosas enfermedades de la cabeza y más del corazón; por

 

fuertes convulsiones y por graves contracciones de los nervios y tendones de ambas manos, pero

 

especialmente de la derecha; por hipocondrías, flatos, vértigos y delirios; por tumores escrofulosos llenos de

 

fétida materia purulenta; por inmundos eructos espumosos, por hambre canina, por indigestiones y por

 

muchas otras dolencias que no hay para qué nombrar. En su consecuencia, proponía este doctor que al

 

reunirse un senado asistieran determinados médicos a las sesiones de los tres primeros días, y al

 

terminarse el debate diario tomaran el pulso a todos los senadores. Después de maduras consideraciones y

 

consultas sobre la naturaleza de las diversas enfermedades debían volver al cuarto día al senado,

 

acompañados de sus boticarios, provistos de los apropiados medicamentos, y antes de que los miembros

 

se reuniesen, administrarles a todos lenitivos, aperitivos, abstergentes, corrosivos, restringentes, paliativos,

 

laxantes, cefalálgicos, ictéricos, apoflemáticos y acústicos, según cada caso lo requiriera. Y teniendo en

 

cuenta la operación que los medicamentos hicieren, repetirlos, alterarlos o admitir a los miembros en la

 

siguiente sesión. Este proyecto no supondría gasto grande para el país, y, en mi concepto, sería de gran

 

eficacia para despachar los asuntos en aquellos en que el senado comparte en algún modo el poder

 

legislativo para lograr la unanimidad, acortar los debates, abrir unas pocas bocas que hoy están cerradas,

 

cerrar muchas más que hoy están abiertas, moderar la petulancia de la juventud, corregir la terquedad de

 

los viejos, despabilar a los tontos y sosegar a los descocados.

 

 

 

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 Además, como es general la queja de que los favoritos de príncipes padecen de muy flaca memoria,

 

proponía el mismo doctor que aquel que estuviese al servicio de un primer ministro, después de haberle

 

dado conocimiento de los asuntos con la mayor brevedad y las más sencillas palabras posibles, diese al tal

 

un tirón de narices o un puntapié en el vientre, o le pisase los callos, o le tirase tres veces de las orejas, o le

 

pasase con un alfiler los calzones y algunos puntos más, o le pellizcase en un brazo hasta acardenárselo, a

 

fin de evitar el olvido; operación que debía repetir todos los días cuando el ministro se levantara, hasta que

 

el asunto se hiciese o fuera totalmente rechazado.

 

 Igualmente pretendía que a todo senador del gran consejo de un país, una vez que hubiese dado su

 

opinión y argüído en defensa de ella, se le obligase a votar justamente en sentido contrario; pues si esto se

 

hiciera, el resultado conduciría infaliblemente al bien público.

 

 Presentaba un invento maravilloso para reconciliar a los partidos de un Estado cuando se mostrasen

 

violentos. El método es éste: tomar cien adalides de cada partido; disponerlos por parejas, acoplando a los

 

que tuviesen la cabeza de tamaño más parecido; hacer luego que dos buenos operadores asierren los

 

occipucios de cada pareja al mismo tiempo, de modo que los cerebros queden divididos igualmente, y

 

cambiar los occipucios de esta manera aserrados, aplicando cada uno a la cabeza del contrario.

 

Ciertamente, se ve que la operación exige bastante exactitud; pero el profesor nos aseguró que si se

 

realizaba con destreza, la curación sería infalible. Y lo razonaba así: los dos medios cerebros llevados a

 

debatir la cuestión entre sí en el espacio de un cráneo llegarían pronto a una inteligencia y producirían

 

aquella moderación y regularidad de pensamiento tan de desear en las cabezas de quienes imaginan haber

 

venido al mundo para guardar y gobernar su movimiento. Y en cuanto a la diferencia que en cantidad o en

 

calidad pudiera existir entre los cerebros de quienes están al frente de las facciones, nos aseguró el doctor,

 

basado en sus conocimientos, que era una cosa insignificante de todo punto.

 

 Oí un acalorado debate entre dos profesores que discutían los caminos y procedimientos más cómodos

 

y eficaces para allegar recursos de dinero sin oprimir a los súbditos. Afirmaba el primero que el método más

 

justo era establecer un impuesto sobre los vicios y la necedad, debiendo fijar, según los medios más

 

perfectos, la cantidad por que cada uno hubiera de contribuir un jurado de sus vecinos. El segundo era de

 

opinión abiertamente contraria, y quería imponer tributo a aquellas cualidades del cuerpo y de la inteligencia

 

en las cuales basan principalmente los hombres su valor; la cuota sería mayor o menor, según los grados

 

de superioridad, y su determinación quedaría por entero a la conciencia de cada uno. El impuesto más alto

 

pesaría sobre los hombres que se ven particularmente favorecidos por el sexo contrario, y la tasa estaría de

 

acuerdo con el número y la naturaleza de los favores que hubiesen recibido, lo que los interesados mismos

 

serían llamados a atestiguar. El talento, el valor y la cortesía debían ser asimismo fuertemente gravados, y

 

el cobro, igualmente fundado en la palabra que diese cada persona respecto de la cantidad que poseyera.

 

Pero el honor, la justicia, la prudencia y el estudio no habían de ser gravados en absoluto, pues son

 

cualidades de índole tan singular, que nadie se las reconoce a su vecino ni en sí mismo las estima.

 

 Se proponía que las mujeres contribuyeran según su belleza y su gracia para vestir; para lo cual, como

 

con los hombres se hacía, tendrían el privilegio de ser clasificadas según su criterio propio. Pero no se

 

tasarían la constancia, la castidad, la bondad ni el buen sentido, porque no compensarían el gasto de la

 

recaudación.

 

 Para que no se apartasen los senadores del interés de la Corona se proponía que se rifaran entre ellos

 

los empleos, después de jurar y garantizar todos que votarían con la corte, tanto si ganaban como si

 

perdían, reservando a los que perdiesen el derecho, a su vez, de rifarse la vacante próxima. Así se

 

mantendrían la esperanza y la expectación y nadie podría quejarse de promesas incumplidas, ya que sus

 

desengaños serían por entero imputables a la Fortuna, cuyas espaldas son más anchas y robustas que las

 

de un ministerio.

 

 Otro profesor me mostró un largo escrito con instrucciones para descubrir conjuras y conspiraciones

 

contra el Gobierno. Estaba todo él redactado con gran agudeza y contenía muchas observaciones a la par

 

curiosas y útiles para los políticos; pero, a mi juicio no era completo. Así me permití decírselo al autor, con el

 

ofrecimiento de proporcionarle, si lo tenía a bien, algunas adiciones. Recibió mi propuesta mucho más

 

complacido de lo que es uso entre escritores, y especialmente entre los de la cuerda arbitrista, y manifestó

 

que recibiría con mucho gusto los informes que quisiera darle.

 

 Le hablé de que en el reino de Tribnia, llamado por los naturales Langden, donde pasé algún tiempo

 

durante mis viajes, la inmensa mayoría del pueblo está constituída en cierto modo por husmeadores,

 

testigos, espías, delatores, acusadores, cómplices que denuncian los delitos y juradores, con sus varios

 

instrumentos subordinados; y todos ellos, atenidos a la bandera, la conducta y la paga de ministros y

 

diputados suyos. En aquel reino son las conjuras, por regla general, obra de aquellas personas que se

 

proponen dar realce a sus facultades de profundos políticos, prestar nuevo vigor a una administración

 

decrépita, extinguir o distraer el general descontento, llenarse los bolsillos con secuestros y confiscaciones y

 

elevar o hundir el concepto del crédito público, según cumpla mejor a sus intereses particulares. Se

 

conviene y determina primero entre ellos qué persona sospechosa deberá ser acusada de conjura y en

 

seguida se tiene cuidado especial en apoderarse de sus cartas y papeles y encadenar a los criminales.

 

Estos papeles se entregan a una cuadrilla de artistas muy diestros en descubrir significados misteriosos en

 

los vocablos, las sílabas y las cartas. Por ejemplo: pueden descubrir que una bandada de gansos significa

 

un senado; un perro cojo, un invasor; la plaga, un cuerpo de ejército; un milano, un primer ministro; la gota,

 

 

 

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una alta dignidad eclesiástica; una horca, un secretario de Estado; una criba, una dama de corte; una

 

escoba, una revolución; una ratonera, un empleo; un pozo sin fondo, un tesoro; una sentina, una corte; un

 

gorro y unos cascabeles, un favorito; una caña rota, un tribunal de justicia; un tonel vacío, un general; una

 

llaga supurando, la Administración.

 

 Por si este método fracasa, tienen otros dos más eficaces, llamados por los que entre aquellas gentes se

 

tienen como instruídos, acrósticos y anagramas. Con el primero pueden descifrar significados políticos en

 

todas las letras iniciales: así, N significa conjura; B , regimiento de caballería; L , una flota en el mar. Con el

 

segundo, trasponiendo las letras del alfabeto en cualquier papel sospechoso, pueden dejar al descubierto

 

los más profundos designios de un partido disgustado. Así, por ejemplo, si yo escribo a un amigo una carta

 

que a nuestro hermano Tom acaban de salirle almorranas, un descifrador hábil descubrirá que las mismas

 

letras que componen esta sentencia pueden analizarse en las palabras siguientes: resistir- hay una

 

conspiración dentro del país- el viaje (™ . Y éste es el método anagramático.

 

 El profesor me expresó su gran reconocimiento por haberle comunicado estas observaciones y me

 

prometió hacer honorífica mención de mí en su tratado.

 

 Y como no encontraba en esta ciudad nada que me invitase a más dilatada permanencia, empecé a

 

pensar en volverme a mi país.

 

Capítulo VII

 

El autor sale de Lagado y llega a Maldonado. -No hay barco listo. -Hace un corto viaje a Glubbdrubdrib. -

 

Cómo le recibió el gobernador.

 

 El continente de que forma parte es te reino se extiende, según tengo razones para creer, al Este de la

 

región desconocida de América situada al Oeste de California y al Norte del océano Pacífico, que no se

 

encuentra a más de ciento cincuenta millas de Lagado. Esta ciudad tiene un buen puerto y mucho comercio

 

con la gran isla de Luggnagg, situada en el Noroeste, a unos 29 grados de latitud Norte y a 140 de longitud.

 

Esta isla de Luggnagg está al Sudeste y a unas cien leguas de distancia del Japón. Existe una estrecha

 

alianza entre el emperador japonés y el rey de Luggnagg, que ofrece frecuentes ocasiones de navegar de

 

una isla a otra; en consecuencia, determiné dirigir el viaje en ese sentido para mi regreso a Europa. Alquilé

 

un guía con dos mulas para que me enseñase el camino y trasladar mi reducido equipaje. Me despedí de mi

 

noble protector, que tanto me había favorecido y que me hizo un generoso presente a mi partida.

 

 No me ocurrió en el viaje aventura ni incidente digno de mención. Cuando llegué al puerto de Maldodano

 

-que tal es su nombre- no había ningún barco destinado para Luggnagg, ni era probable que lo hubiese en

 

algún tiempo. Pronto hice algunos conocimientos y fui hospitalariamente recibido. Un distinguido caballero

 

me dijo que, pues los barcos destinados para Luggnagg no estarían listos antes de un mes, podría yo

 

encontrar agradable esparcimiento en una excursion a la pequeña isla de Glubbdrubdrib, situada unas cinco

 

leguas al Sudoeste. Se ofreció con un amigo suyo para acompañarme y asimismo para proporcionarme una

 

pequeña embarcación adecuada a la travesía.

 

 Glubbdrubdrib, interpretando la palabra con la mayor exactitud posible, viene a significar la isla de los

 

hechiceros o de los mágicos. Es como una tercera parte de la isla de White y en extremo fértil; está

 

gobernada por el jefe de una cierta tribu en que todos son mágicos. Los matrimonios se verifican solamente

 

entre individuos de la tribu, y el más viejo es por sucesión príncipe o gobernador. Este príncipe tiene un

 

hermoso palacio y un parque de tres mil acres aproximadamente, rodeado de un muro de piedra tallada de

 

veinte pies de altura. En este parque hay pequeños cercados para ganados, mies y jardinería.

 

 Sirven y dan asistencia al gobernador y a su familia criados de una especie en cierto modo

 

extraordinaria. Su habilidad en la nigromancia concede a este gobernador el poder de resucitar a quien

 

quiere y encargarle de su servicio por veinticuatro horas, pero no más tiempo; así como tampoco puede

 

llamar a la misma persona otra vez antes de transcurridos tres meses, salvo en ocasiones muy

 

excepcionales.

 

 Cuando llegamos a la isla -lo que aconteció sobre las once de la mañana- uno de los caballeros que me

 

acompañaban fue a ver al gobernador y le rogó que permitiese visitarle a un extranjero que iba con el

 

propósito de tener el honor de ponerse al servicio de Su Alteza. Le fue concedido inmediatamente, y los tres

 

pasamos por la puerta del palacio entre dos filas de guardias armados y vestidos a usanza muy antigua y

 

con no sé qué en sus rostros, que hizo estremecer mis carnes con un horror que no puedo expresar.

 

Atravesamos varias habitaciones entre servidores de la misma catadura, alineados a un lado y otro, como

 

en el caso anterior, hasta que llegamos a la sala de audiencia, donde, luego de hacer tres profundas

 

cortesías y contestar algunas preguntas generales, nos fue permitido tomar asiento en tres banquillos

 

próximos a la grada inferior del trono de Su Alteza. Comprendía el gobernador el idioma de Balnibarbi,

 

aunque era distinto del de su isla. Me pidió que le diese alguna cuenta de mis viajes, y para demostrarme

 

que sería tratado sin ceremonia mandó retirarse a sus cortesanos moviendo un dedo, a lo cual, con gran

 

asombro mío, se desvanecieron en un instante como las visiones de un sueño cuando nos despiertan de

 

repente. Tardé en volver en mí buen rato, hasta que el gobernador me dio seguridades de que no recibiría

 

daño ninguno; y viendo que mis compañeros, a quienes otras muchas veces había recibido del mismo modo

 

 

 

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no aparentaban el menor cuidado, empecé a cobrar valor, e hice a Su Alteza un relato somero de mis

 

diferentes aventuras, aunque no sin algún sobresalto ni sin mirar frecuentemente detrás de mí al sitio donde

 

antes había visto aquellos espectros domésticos. Tuve la honra de comer con el gobernador entre una

 

nueva cuadrilla de duendes que nos traían las viandas y nos servían la mesa. Ya en aquella ocasión me

 

sentí menos aterrorizado que por la mañana. Seguí allí hasta la caída de la tarde, pero supliqué

 

humildemente a Su Alteza que me excusara de aceptar su invitación de alojarme en el palacio. Mis dos

 

amigos y yo nos hospedamos en una casa particular de la ciudad próxima, que es la capital de esta

 

pequeña isla, y a la mañana siguiente volvimos a ponernos a las órdenes del gobernador en cumplimiento

 

de lo que se dignó mandarnos.

 

 De este modo continuamos en la isla diez días; las más horas de ellos, con el gobernador, y por la noche

 

en nuestro alojamiento. Pronto me familiaricé con la vista de los espíritus, hasta el punto de que a la tercera

 

o cuarta vez ya no me causabanimpresión ninguna, o, si tenía aún algunos recelos, la curiosidad los

 

superaba. Su Alteza el gobernador me ordenó que llamase de entre los muertos a cualesquiera personas

 

cuyos nombres se me ocurriesen y en el número que se me antojase, desde el principio del mundo hasta el

 

tiempo presente, y les mandase responder a las preguntas que tuviera a bien dirigirles, con la condición de

 

que mis preguntas habían de reducirse al periodo de los tiempos en que vivieron. Y agregó que una cosa en

 

que podía confiar era en que me dirían la verdad indudablemente, pues el mentir era un talento sin

 

aplicación ninguna en el mundo interior.

 

 Expresé a Su Alteza mi más humilde reconocimiento por tan gran favor. Estábamos en un aposento

 

desde donde se descubría una bella perspectiva del parque. Y como mi primera inclinación me llevara a

 

admirar escenas de pompa y magnificencia, pedí ver a Alejandro el Grande a la cabeza de su ejército

 

inmediatamente después de la batalla de Arbela; lo cual, a un movimiento que hizo con un dedo el

 

gobernador, se apareció inmediatamente en un gran campo al pie de la ventana en que estábamos

 

nosotros. Alejandro fue llamado a la habitación; con grandes trabajos pude entender su griego, que se

 

parecía muy poco al que yo sé. Me aseguró por su honor que no había muerto envenenado, sino de una

 

fiebre a consecuencia de beber con exceso.

 

 Luego vi a Aníbal pasando los Alpes, quien me dijo que no tenía una gota de vinagre en su campo. Vi a

 

César y a Pompeyo, a la cabeza de sus tropas, dispuestos para acometerse. Vi al primero en su último gran

 

triunfo. Pedí que se apareciese ante mí el Senado de Roma en una gran cámara, y en otra, frente por

 

frente, una Junta representativa moderna. Se me antojó el primero una asamblea de héroes y semidioses, y

 

la otra, una colección de buhoneros, raterillos, salteadores de caminos y rufianes.

 

 El gobernador, a ruego mío, hizo seña para que avanzasen hacia nosotros César y Bruto. Sentí

 

súbitamente profunda veneración a la vista de Bruto, en cuyo semblante todas las facciones revelaban la

 

más consumada virtud, la más grande intrepidez, firmeza de entendimiento, el más verdadero amor a su

 

país y general benevolencia para la especie humana. Observé con gran satisfacción que estas dos

 

personas estaban en estrecha inteligencia, y César me confesó francamente que no igualaban con mucho

 

las mayores hazañas de su vida a la gloria de habérsela quitado. Tuve el honor de conversar largamente

 

con Bruto, y me dijo que sus antecesores, Junius, Sócrates, Epaminondas, Catón el joven, sir Thomas

 

Moore y él estaban juntos a perpetuidad; sextunvirato al que entre todas las edades del mundo no pueden

 

añadir un séptimo nombre.

 

 Sería fatigosa para el lector la referencia del gran número de gentes esclarecidas que fuero n llamadas

 

para satisfacer el deseo insaciable de ver ante mí el mundo en las diversas edades de la antigüedad.

 

Satisfice mis ojos particularmente mirando a los asesinos de tiranos y usurpadores y a los restauradores de

 

la libertad de naciones oprimidas y agraviadas. Pero me es imposible expresar la satisfacción que en el

 

ánimo experimenté de modo que pueda resultar conveniente recreo para el lector.

 

Capítulo VIII

 

Siguen las referencias acerca de Glubbdrubdrib. -Corrección de la historia antigua y moderna.

 

 Deseando ver a aquellos antiguos que gozan de mayor re nombre por su entendimiento y estudio, destiné

 

un día completo a este propósito. Solicité que se apareciesen Homero y Aristóteles a la cabeza de todos

 

sus comentadores; pero éstos eran tan numerosos, que varios cientos de ellos tuvieron que esperar en el

 

patio y en las habitaciones exteriores del palacio. Conocí y pude distinguir a ambos héroes a primera vista,

 

no sólo entre la multitud, sino también a uno de otro. Homero era el más alto y hermoso de los dos,

 

caminaba muy derecho para su edad y tenía los ojos más vivos y penetrantes que he contemplado en mi

 

vida. Aristóteles marchaba muy inclinado y apoyándose en un báculo; era de cara delgada, pelo lacio y fino

 

y su voz hueca. Aprecié en seguida que ambos eran perfectamente extraños al resto de la compañía y

 

nunca habían visto a aquellas personas ni oído hablar de ellas hasta aquel momento, y un espíritu cuyo

 

nombre no diré me susurró al oído que estos comentadores se mantenían siempre en el mundo interior en

 

los parajes más apartados de aquellos que ocupaban sus inspiradores, a causa del sentimiento de

 

vergüenza y de culpa que les producía haber desfigurado tan horriblementepara la posteridad la

 

significación de aquellos autores. Hice la presentación de Dídimo y Eustathio a Homero, recomendándole

 

 

 

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que los tratase mejor de lo que quizá merecían, pues él al instante descubrió que habían pretendido encajar

 

un genio en el espíritu de un poeta. Pero Aristóteles no pudo guardar calma ante la cuenta que le di de

 

quiénes eran Escoto y Ramus al tiempo que los presentaba, y les preguntó si todos los demás de la tribu

 

eran tan zotes como ellos.

 

 Pedí después al gobernador que llamase a Descartes y a Gassendi, a quienes hice que explicaran sus

 

sistemas de Aristóteles. Este gran filósofo reconoció francamente sus errores en filosofía natural, debidos a

 

que en muchas cosas había tenido que proceder por conjeturas, como todos los hombres, y observó que

 

Gassendi -que había hecho la doctrina de Epicuro todo lo agradable que había podido- y los vórtices de

 

Descartes estaban igualmente desacreditados. Predijo la misma suerte a la atracción, de que los eruditos

 

de hoy son tan ardientes partidarios. Añadió que los nuevos sistemas naturales no son sino nuevas modas,

 

llamadas a variar con los siglos; y aun aquellos cuya demostración se pretende asentar sobre principios

 

matemáticos florecerán solamente un corto espacio de tiempo y caerán en la indiferencia cuando les llegue

 

la hora.

 

 Empleé cinco días en conversar con muchos otros sabios antiguos. Vi a la mayor parte de los prime ros

 

emperadores romanos. Conseguí del gobernador que llamase a los cocineros de Heliogábalo para que nos

 

hicieran una comida; pero no pudieron demostrarnos toda su habilidad por falta de materiales. Un esclavo

 

de Agesilao nos hizo un caldo espartano; pero me fue imposible llevarme a la boca la segunda cucharada.

 

 Los dos caballeros que me habían llevado a la isla tenían que regresar en un plazo de tres días,

 

urgentemente solicitados por sus negocios, y empleé ese tiempo en ver a algunos de los muertos modernos

 

que más importantes papeles habían desempeñado durante los dos o tres siglos últimos en nuestro país y

 

en otros de Europa. Admirador siempre de las viejas familias ilustres, rogué al gobernador que llamase a

 

una docena o dos de reyes con sus antecesores, guardando el orden debido, de ocho o nueve

 

generaciones. Pero mi desengaño fue inesperado y cruel, pues en lugar de una larga comitiva ornada de

 

diademas reales, vi en una familia dos violinistas, tres bien parecidos palaciegos y un prelado italiano; y en

 

otra, un barbero, un abad y dos cardenales. Siento demasiada veneración hacia las testas coronadas para

 

detenerme más en punto tan delicado.

 

 Pero por lo que hace a los condes, marqueses, duques, etc., no fue tan allá mi escrúpulo, y confieso qu e

 

no sin placer seguí el rastro de los rasgos particulares que distinguen a ciertas alcurnias desde sus

 

orígenes. Pude descubrir claramente de dónde le viene a tal familia una barbilla pronunciada; por qué tal

 

otra ha abundado en pícaros durante dos generaciones y en necios durante dos más; por qué le aconteció a

 

una tercera perder en entendimiento, y a una cuarta hacerse toda ella petardistas; de dónde lo que dice

 

Polidoro Virgilio de cierta casa: Nec vir fortis, nec femina casta. Y, en fin, de qué modo la crueldad, la

 

mentira y la cobardía han llegado a ser características por las que se distingue a determinadas familias

 

tanto como por su escudo de armas. Y no me asombré, ciertamente, de todo esto cuando vi tal interrupción,

 

de descendencias con pajes, lacayos, ayudas de cámara, cocheros, monteros, violinistas, jugadores,

 

capitanes y rateros.

 

 Quedé disgustado muy particularmente de la historia moderna; pues habiendo examinado con

 

detenimiento a las personas de mayor nombre en las cortes de los príncipes durante los últimos cien años,

 

descubrí cómo escritores prostituidos han extraviado al mundo hasta hacerle atribuir las mayores hazañas

 

de la guerra a los cobardes, los más sabios consejos a los necios, sinceridad a los aduladores, virtud

 

romana a los traidores a su país, piedad a los ateos, veracidad a los espías; cuántas personas inocentes y

 

meritísimas han sido condenadas a muerte o destierro por secretas influencias de grandes ministros sobre

 

corrompidos jueces y por la maldad de los bandos; cuántos villanos se han visto exaltados a los más altos

 

puestos de confianza, poder, dignidad y provecho; cuán grande es la parte que en los actos y

 

acontecimientos de cortes, consejos y senados puede imputarse a parásitos y bufones. ¡Qué bajo concepto

 

formé de la sabiduría y la integridad humana cuando estuve realmente enterado de cuáles son los resortes

 

y motivos de las grandes empresas y revoluciones del mundo, y cuáles los despreciables accidentes a que

 

deben su victoria!

 

 Allí descubrí la malicia y la ignor ancia de quienes se hacen pasar por escritores de anécdotas o historia

 

secreta y envían a docenas reyes a la tumba con una copa de veneno, repiten conversaciones celebradas

 

por un príncipe y un ministro principal sin presencia de testigo ninguno, abren los escritorios y los

 

pensamientos de embajadores y secretarios de Estado y tienen la desgracia continua de equivocarse. Allí

 

descubrí las verdaderas causas de muchos grandes sucesos que han sorprendido al mundo. Un general

 

confesó en mi presencia que alcanzó una victoria, simplemente, por la fuerza de la cobardía y del mal

 

comportamiento; y un almirante, que por no tener la inteligencia necesaria derrotó al enemigo, a quien

 

pretendía vender la flota. Tres reyes me aseguraron que en sus reinados respectivos jamás prefirieron a

 

persona alguna de mérito, salvo por error o por deslealtad de algún ministro en quien confiaban, ni lo harían

 

si vivieran otra vez; y me daban como razón poderosa la de que el trono real no podía sostenerse sin

 

corrupción, porque ese carácter positivo, firme y tenaz que la virtud comunica a los hombres era un

 

obstáculo perpetuo para los asuntos públicos.

 

 Tuve la curiosidad de averiguar, con ciertas mañas, por qué métodos habían llegado muchos a

 

procurarse altos títulos de honor y crecidísimas haciendas. Limité mis averiguaciones a una época muy

 

moderna, sin rozar, no obstante, los tiempos presentes, porque quise estar seguro de no ofender ni aun a

 

los extranjeros -pues supongo que no necesito decir a los lectores que en lo que vengo diciendo no trato en

 

 

 

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lo más mínimo de mirar por mi país-; fueron llamadas en gran número personas interesadas, y con un muy

 

ligero examen descubrí tal escena de infamia, que no puedo pensar en ella sin cierto dolor. El perjurio, la

 

opresión, la subordinación, el fraude, la alcahuetería y flaquezas análogas figuraban entre las artes más

 

excusables de que tuvieron que hacer mención, y para ellas tuve, como era de juicio, la debida indulgencia;

 

pero cuando confesaron algunos que debían su engrandecimiento y bienestar al vicio, otros a haber

 

traicionado a su país o a su príncipe, quién a envenamientos, cuántos más a haber corrompido la justicia

 

para aniquilar al inocente, mi impresión fue tal, que espero ser perdonado si estos descubrimientos me

 

inclinan un poco a rebajar la profunda veneración con que mi natural me lleva a tratar a las personas de alto

 

rango, a cuya sublime dignidad debemos el mayor respeto nosotros sus inferiores. Había encontrado

 

frecuentemente en mis lecturas mención de algunos grandes servicios hechos a los príncipes y a los

 

estados, y quise ver a las personas que los hubiesen rendido. Preguntéles, y me dijeron que sus nombres

 

no estaban en la memoria de nadie, si se exceptuaban unos cuantos que nos presentaba la Historia como

 

correspondientes a los bribones y traidores más viles. Por lo que hacía a los demás llamados, yo no había

 

oído nunca hablar de ellos; todos se presentaron con miradas de abatimiento y vestidos con los más

 

miserables trajes. La mayor parte me dijeron que habían muerto en la pobreza y la desventura, y los demás,

 

que en un cadalso o en una horca.

 

 Había, entre otros, un individuo cuyo caso parecía un poco singular. A su lado tenía un joven como de

 

dieciocho años. Me dijo que durante muchos había sido comandante de un barco, y que en la batalla de

 

Accio tuvo la buena fortuna de romper la línea principal de batalla del enemigo, hundir a éste tres de sus

 

barcos principales y apresar otro, lo que vino a ser la sola causa de la huída de Antonio y de la victoria que

 

se siguió. El joven que tenía a su lado, su hijo único, encontró la muerte en la batalla. Añádió que, creyendo

 

tener algún mérito a su favor, cuando terminó la guerra fue a Roma y solicitó de la corte de Augusto ser

 

elevado al mando de un navío mayor cuyo comandante había sido muerto; pero sin tener para nada en

 

cuenta sus pretensiones, se dio el mando a un joven que nunca había visto el mar, hijo de una tal Libertina,

 

que estaba al servicio de una de las concubinas del emperador. De vuelta a su embarcación, se le acusó de

 

abandono de su deber y se dio el barco a un paje favorito de Publícola, el vicealmirante; en vista de lo cual,

 

él se retiró a una menguada heredad a gran distancia de Roma, donde terminó su vida. Tal curiosidad me

 

vino por conocer la verdad de esta historia, que pedí que fuese llamado Agripa, almirante en aquella batalla.

 

Apareció y confirmó todo el relato, pero mucho más en ventaja del capitán, cuya modestia había atenuado y

 

ocultado gran parte de su mérito.

 

 Me maravillé de ver a qué altura y con cuánta rapidez había llegado la corrupción de aquel imperio por la

 

fuerza de los excesos tan tempranamente introducidos; y ello me hizo sorprender menos ante casos

 

paralelos que se dan en otros países donde por largo tiempo han reinado vicios de toda índole y donde todo

 

encomio, asi como todo botín, ha sido monopolizado por el comandante jefe, que quizá tenía menos

 

derecho que nadie a uno y a otro.

 

 Como todas las personas llamadas se aparecían exactamente como fueron en el mundo, no podía yo

 

dejar de hacer tristes reflexiones al observar cuánto ha degenerado entre nosotros la especie humana en

 

los últimos cien años. Llegué al extremo de pedir que se exhortase a aparecer a algunos labradores

 

ingleses del viejo cuño, en un tiempo tan famosos por la sencillez de sus costumbres, sus alimentos y sus

 

trajes; por la rectitud de su conducta, por su verdadero espíritu de libertad, por su valor y por su cariño a la

 

patria. No puedo menos de conmoverme al comparar los vivos con los muertos y considerar cómo todas

 

aquellas virtudes naturales las prostituyeron por una moneda los nietos de quienes las ostentaron,

 

vendiendo sus votos, amañando las elecciones y, con ello, adquiriendo todos los vicios y toda la corrupción

 

que en una corte sea dado aprender.

 

Capítulo IX

 

El autor regresa a Maldonado. -Se embarca para el reino de Luggnagg. -El autor, reducido a prisión.- La

 

corte envía a buscarle. -Modo en que fue recibido.- La gran benevolencia del rey para sus súbditos.

 

 Llegado el día de nuestra marcha, me despedí de Su Alteza el gobernador de Glubbdrubdrib y regresé

 

con mis dos acompañantes a Maldonado, donde a la semana de espera hubo un barco listo para Luggnagg.

 

Los dos caballeros y algunos más llevaron su generosidad y cortesía hasta proporcionarme algunas

 

provisiones y despedirme a bordo. Tardamos en la travesía un mes. Nos alcanzó una violenta tempestad, y

 

tuvimos que tomar rumbo al Oeste para encontrar el viento general, que sopla más de sesenta leguas. El 21

 

de abril de 1708 llegábamos a Río Clumegnig, puerto situado al sudeste de Luggnagg. Echamos el ancla a

 

una legua de la ciudad e hicimos señas de que se acercase un práctico. En menos de media hora vinieron

 

dos a bordo y nos llevaron por entre rocas y bajíos muy peligrosos a una concha donde podía fondear una

 

flota a salvo y que estaba como a un largo de cable de la muralla de la ciudad.

 

 Algunos de nuestros marineros, fuese por traición o por inadvertencia, habían enterado a los prácticos de

 

que yo era extranjero y viajero de alguna cuenta, de lo cual informaron éstos al oficial de la aduana que me

 

examinó muy detenidamente al saltar a tierra. Este oficial me habló en el idioma de Balnibarbi, que, por

 

razón del mucho comercio, conoce en aquella ciudad casi todo el mundo, especialmente los marinos y los

 

 

 

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empleados de aduanas. Le di breve cuenta de algunos detalles, haciendo mi relación tan especiosa y sólida

 

como pude; pero creí necesario ocultar mi nacionalidad, cambiándomela por la de holandés, porque tenía

 

propósito de ir al Japón y sabía que los holandeses eran los únicos europeos a quienes se admite en aquel

 

reino. De suerte que dije al oficial que, habiendo naufragado en la costa de Balnibarbi y estrelládose la

 

embarcación contra una roca, me recibieron en Laputa, la isla volante -de la que él había oído hablar con

 

frecuencia-, e intentaba a la hora presente llegar al Japón, para de allí regresar a mi país cuando se me

 

ofreciera oportunidad. El oficial me dijo que había de quedar preso hasta que él recibiese órdenes de la

 

corte, adonde escribiría inmediatamente, y que esperaba recibir respuesta en quince días. Me llevaron a un

 

cómodo alojamiento y me pusieron centinela a la puerta; sin embargo, tenía el desahogo de un hermoso

 

jardín y me trataban con bastante humanidad, aparte de correr a cargo del rey mi mantenimiento. Me

 

visitaron varias personas, llevadas principalmente de su curiosidad, porque se cundió que llegaba de países

 

muy remotos de que no habían oído hablar nunca.

 

 Asalarié en calidad de intérprete a un joven que había ido en el mismo barco; era natural de Luggnagg,

 

pero había vivido varios años en Maldonado y era consumado maestro en ambas lenguas. Con su ayuda

 

pude mantener conversación con quienes acudían a visitarme, aunque ésta consistía sólo en sus preguntas

 

y mis contestaciones.

 

 En el tiempo esperado, aproximadamente, llegó el despacho de la corte. Contenía una cédula para que

 

me llevasen con mi acompañamiento a Traldragdubb o Trildrogdrib -pues de ambas maneras se pronuncia,

 

según creo recordar-, guardado por una partida de diez hombres de a caballo. Todo mi acompañamiento se

 

reducía al pobre muchacho que me servía de intérprete, y a quien pude persuadir de que quedase a mi

 

servicio; y gracias a mis humildes súplicas se nos dio a cada uno una mula para el camino. Se despachó a

 

un mensajero media jornada delante de nosotros para que diese al rey noticia de mi próxima llegada y rogar

 

a Su Majestad que se dignase señalar el día y la hora en que hubiera de tener la graciosa complacencia de

 

permitirme el honor de lamer el polvo de delante de su escabel. Éste es el estilo de la corte y, según tuve

 

ocasión de apreciar, algo más que una simple fórmula, pues al ser recibido dos días después de mi llegada

 

se me ordenó arrastrarme sobre el vientre y lamer el suelo conforme avanzase; pero teniendo en cuenta

 

que era extranjero, se había cuidado de limpiar el piso de tal suerte, que el polvo no resultaba muy molesto.

 

Sin embargo, ésta era una gracia especial, sólo dispensada a personas del más alto rango cuando

 

solicitaban audiencia. Es más: algunas veces, cuando la persona que ha de ser recibida tiene poderosos

 

enemigos en la corte, se esparce polvo en el suelo de propósito; y yo he visto un gran señor con la boca de

 

tal modo atracada, que cuando se hubo arrastrado hasta la distancia conveniente del trono no pudo hablar

 

una palabra siquiera. Y lo peor es que no hay remedio, porque es delito capital en quienes son admitidos a

 

audiencia escupir o limpiarse la boca en presencia de Su Majestad.

 

 He aquí otra costumbre con la que no puedo mostrarme del todo conforme: cuando el rey determina dar

 

muerte a alguno de sus nobles de suave e indulgente manera, manda que sea esparcido por el suelo cierto

 

polvo obscuro de mortífera composición, y que infaliblemente mata a quien lo lame en el término de

 

veinticuatro horas. Pero, haciendo justicia a la gran clemencia de este príncipe y al cuidado que tiene con la

 

vida de sus súbditos -en lo que sería muy de desear que le imitasen los de Europa-, ha de decirse en su

 

honor que hay dada severa orden para que después de cada ejecución de éstas se frieguen bien las partes

 

del suelo inficionadas, y si los criados se descuidasen correrían el peligro de incurrir en el real desagrado.

 

Yo mismo oí al rey dar instrucciones para que se azotase a uno de sus pajes porque, correspondiéndole

 

ocuparse de la limpieza del suelo después de una ejecución, dejó de hacerlo por mala voluntad, y efecto de

 

esta negligencia, un joven caballero en quien se fundaban grandes esperanzas, al ser recibido en audiencia

 

fue desgraciadamente envenenado, sin que en aquella ocasión estuviese en el ánimo del rey quitarle la

 

vida. Pero este buen príncipe era tan benévolo, que perdonó los azotes al pobre paje bajo la promesa de

 

que no volvería a hacerlo sin órdenes especiales.

 

 Dejando esta digresión: cuando me había arrastrado hasta cuatro yardas del trono, me enderecé

 

dulcemente sobre las rodillas, y luego, golpeando siete veces con la frente en el suelo, pronuncié las

 

siguientes palabras, que me habían enseñado la noche antes: Ickpling gloffthrobb squut seruri Clihiop

 

mlashnalt zwin tnodbalkuffh slhiophad gurdlubh asht. Éste es el cumplimiento establecido por las leyes del

 

país para todas las personas admitidas a la presencia del rey. Puede trasladarse al español de este modo:

 

«Pueda Vuestra Celeste Majestad sobrevivir al sol once meses y medio.» A esto, el rey me dio una

 

respuesta que no pude entender, pero a la que repliqué conforme a la instrucción recibida: Fluft drin yalerick

 

dwuldom prastrad mirpush, que puntualmente significa: «Mi lengua está en la boca de mi amigo.» Con esta

 

expresión di a comprender que suplicaba licencia para que mi intérprete pasara; el joven de que ya he

 

hecho mención fue, en consecuencia, introducido, y con su intervención respondí a cuantas preguntas quiso

 

hacerme Su Majestad en más de una hora. Yo hablaba en lengua balnibarba y mi intérprete traducía el

 

sentido a la de Luggnagg.

 

 Le sirvió de mucho agrado al rey mi compañía y ordenó a su bliffmarklub, o sea su gran chambelán, que

 

se me habilitase en palacio un alojamiento para mí y mi intérprete, con una asignación diaria para la mesa y

 

una gran bolsa de oro para mis gastos ordinarios.

 

 

 

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Capítulo X

 

Elogio de los lugguaggianos. -Detalle y descripción de los struldbrugs, con numerosas pláticas entre el autor

 

y varias personas eminentes acerca de este asunto.

 

 Los luggnaggianos son gente amable y generosa, y aunque no dejan de participar algo del orgullo que es

 

peculiar a todos los países orientales, se muestran corteses con los extranjeros, especialmente con aquellos

 

a quienes favorece la corte. Hice amistad con personas del mejor tono, y, siempre acompañado de mi

 

intérprete, tuve con ellas conversaciones no desagradables.

 

 Un día, hallándome en muy buena compañía, me preguntó una persona de calidad si había visto a

 

alguno de los struldbrugs, que quiere decir inmortales. Dije que no, y le supliqué que me explicase qué

 

significaba tal nombre aplicado a una criatura mortal. Hízome saber que de vez en cuando, aunque muy

 

raramente, acontecía nacer en una familia un niño con una mancha circular roja en la frente, encima de la

 

ceja izquierda, lo que era infalible señal de que no moriría nunca. La mancha, por la descripción que hizo,

 

era como el círculo de una moneda de plata de tres peniques, pero con el tiempo se agrandaba y cambiaba

 

de color. Así, a los doce años se haría verde, y de este color continuaba hasta los veinticinco, en que se

 

tornaba azul obscuro; a los cuarenta y cinco se volvía negra como el carbón y del tamaño de un chelín

 

inglés, y ya no sufría nunca más alteraciones. Dijo que estos nacimientos eran tan raros, que no creía que

 

hubiese más de mil ciento struldbrugs de ambos sexos en todo el reino, de los cuales calculaban que

 

estarían en la metrópoli cincuenta, y que figuraba entre el resto una niña nacida hacia unos tres años. Estos

 

productos no eran privativos de familia ninguna, sino simple efecto del azar, y los hijos de los mismos

 

struldbrugs eran mortales, como el común de las gentes.

 

 Reconozco francamente que al oír esta historia me asaltó satisfacción inefable; y como ocurriese que la

 

persona que me la había referido conociera el idioma balnibarbo, que yo hablaba muy bien, no pude

 

contenerme, y prorrumpí en expresiones un poco extravagantes quizá. Exclamaba yo en aquel rapto:

 

«¡Nación feliz ésta, en que cada nacido tiene al menos una contingencia de ser inmortal! ¡Pueblo feliz, que

 

disfruta tantos vivos ejemplos de viejas virtudes y tiene maestros que le instruyan en la sabiduría de

 

pretéritas edades! ¡Pero felicísimos sobre toda comparación estos excelentes struldbrugs, que, nacidos

 

aparte de la calamidad universal que pesa sobre la naturaleza humana, gozan de entendimientos libres y

 

despejados, no sometidos a la carga y depresión de espíritu causada por el continuo temor de muerte!»

 

Manifesté mi admiración de no haber visto en la corte ninguna de estas personas ilustres; la mancha negra

 

en la frente era distinción tan notable, que no era fácil que yo hubiese dejado de advertirla, y, por otra parte,

 

era imposible que un príncipe de tan gran juicio no se sirviese de buen número de tan sabios y capaces

 

consejeros. Sin embargo, quizá la virtud de aquellos reverendos sabios era demasiado austera para la

 

corrupción y las costumbres libertinas de la corte; y a menudo nos muestra la experiencia que los jóvenes

 

son demasiado tercos y volubles para dejarse guiar por los sobrios consejos de los ancianos. De un modo u

 

otro, estaba resuelto, tan pronto como el rey se dignase permitirme el acceso a su real persona y en la

 

primera ocasión, a exponerle mi opinión sobre este asunto con toda franqueza y por extenso, con la ayuda

 

de mi intérprete. Y, se dignase tomar mi consejo o no, a una cosa estaba decidido; y era que, habiéndome

 

ofrecido frecuentemente Su Majestad establecimiento en el país, aceptaría con grandísima gratitud la oferta

 

y pasaría allí mi vida en conversación con aquellos seres superiores de struldbrugs si se dignaban

 

admitirme a su lado.

 

 El caballero a quien se dirigía mi discurso, en razón a que, como ya he advertido, hablaba el idioma de

 

Balnibarbi, me dijo, con esa especie de sonrisa que generalmente procede de piedad por la ignorancia, que

 

tenía a grandísima ventura cualquier ocasión que me indujese a quedarme en su compañía, y me pidió

 

licencia para explicar a la compañía lo que yo había hablado. Se la di, y hablaron buen rato en su idioma,

 

del que yo no entendía ni sílaba, así como tampoco podía descubrir en sus rostros la impresión que mi

 

discurso les causaba. Después de un breve silencio díjome la misma persona que sus amigos y míos -que

 

así creyó conveniente expresarse- estaban muy satisfechos de las discretas observaciones que había

 

hecho yo sobre la gran dicha y las grandes ventajas de la vida inmortal, y deseaban saber de manera

 

detallada qué norma de vida me hubiese yo trazado si hubiera sido mi suerte nacer struldbrug.

 

 Respondí que era fácil ser elocuente sobre asunto tan rico y agradable, especialmen te para mí, que con

 

frecuencia me había divertido con visiones de lo que haría si fuese rey, general o gran señor; y, por lo que

 

hacía al caso, muchas veces había reconocido de un cabo a otro el sistema que habría de seguir para

 

emplearme y pasar el tiempo si tuviese la seguridad de vivir eternamente.

 

 Si hubiese sido mi suerte venir al mundo struldbrug, por lo que se me alcanza de mi propia felicidad al

 

considerar la diferencia entre la vida y la muerte, me hubiese resuelto, en primer término y por cualesquiera

 

métodos y artes, a procurarme riquezas. Puedo esperar razonablemente que, por medio del ahorro y de la

 

buena administración, en doscientos años sería el hombre más acaudalado del reino. En segundo lugar, me

 

aplicaría desde los primeros años de mi juventud al estudio de las artes y las ciencias, con lo que llegaría en

 

cierto tiempo a aventajar a todos en erudición. Por último, registraría cuidadosamente todo acto y todo

 

acontecimiento de consecuencia que se produjese en la vida pública, y pintaría con imparcialidad los

 

caracteres de las dinastías de príncipes y de los grandes ministros de Estado, con observaciones propias

 

sobre cada punto. Escribiría exactamente los varios cambios de costumbres, idiomas, modas en el vestido,

 

 

 

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en la comida y en las diversiones. Con estas adquisiciones, sería un tesoro viviente de conocimiento y

 

sabiduría, y la nación me tendría, ciertamente, por un oráculo.

 

 No me casaría después de los sesenta años, sino que viviría en prácticas de caridad, aunque siempre

 

dentro de la economía. Me entretendría en formar y dirigir los entendimientos de jóvenes que prometiesen

 

buen fruto, convenciéndoles, basado en mis propios recuerdos, experiencias y observaciones, robustecidos

 

por ejemplos numerosos, de la utilidad de la virtud en la vida pública y privada. Pero mi preferencia y mis

 

constantes compañeros estarían en un grupo de mis propios hermanos en inmortalidad, entre los cuales

 

escogería una docena, desde los más ancianos hasta mis contemporáneos. Sí alguno de ellos careciese de

 

medios de fortuna, yo le asistiría con alojamientos cómodos, instalados en torno de mis propiedades, y

 

siempre sentaría a mi mesa a varios de ellos, mezclando sólo algunos de los de mayor mérito de entre

 

vosotros los mortales, a quienes perdería, endurecido por lo dilatado del tiempo, con poco o ningún

 

disgusto, para tratar después lo mismo a su posteridad; justamente como un hombre encuentra diversion en

 

el sucederse anual de los claveles y tulipanes de su jardín, sin lamentar la pérdida de los que marchitó el

 

año precedente.

 

 Estos struldbrugs y yo nos comunicaríamos mutuamente nuestros recuerdos y observaciones a través

 

del curso de los tiempos; anotaríamos las diversas gradaciones por que la corrupción se desliza en el

 

mundo y la atajaríamos en todos sus pasos, dando a la Humanidad constante aviso e instrucción; lo que,

 

unido a la poderosa influencia de nuestro propio ejemplo, evitaría probablemente la continua degeneración

 

de la naturaleza humana, de que con tanta justicia se han quejado todas las edades.

 

 Añádanse a esto los placeres de ver las varias revoluciones de estados e imperios, los cambios del

 

mundo inferior y superior, antiguas ciudades en ruinas y pueblos obscuros convertirse en sedes de reyes;

 

famosos ríos reducidos a someros arroyos; el océano dejar unas playas en seco e invadir otras; el

 

descubrimiento de muchos países todavía desconocidos; infestar la barbarie las más refinadas naciones y

 

civilizarse las más bárbaras. Vería yo entonces el descubrimiento de la longitud, del movimiento perpetuo y

 

de la medicina universal, y muchos más grandes inventos, llegados a la más acabada perfección.

 

 ¡Qué maravillosos descubrimientos haríamos en astronomía si pudiésemos sobrevivir a nuestras

 

predicciones y confirmarlas, observando la marcha y el regreso de los cometas, con los cambios de

 

movimiento del sol, la luna y las estrellas!

 

 Me extendí sobre otros muchos tópicos que fácilmente me inspiraba el deseo de vida sin fin y de

 

felicidad terrena. Cuando hube terminado el total de mi discurso y, como la vez anterior, fue traducido al

 

resto de la compañía, sostuvieron entre ellos, en el idioma del país, animada charla, no sin algunas risas a

 

mi costa. Por último, el caballero que había sido mi intérprete me dijo que los demás le habían pedido que

 

me disuadiese de algunos errores en que había caído por la debilidad común en la humana naturaleza, y

 

que, por esto mismo, no eran del todo imputables a mí. Hablóme de que esta raza de struldbrugs era

 

privativa de su país, pues no existían tales gentes en Balnibarbi ni en el Japón, reinos ambos en que él

 

había tenido el honor de ser embajador de Su Majestad y donde había encontrado a los naturales muy poco

 

dispuestos a creer en la posibilidad del hecho; y del asombro que yo mostré cuando por vez primera me

 

habló del asunto se desprendía que para mí era cosa totalmente nueva y apenas digna de crédito. En los

 

dos reinos antes citados, donde durante su residencia había conversado mucho, encontró que una vida

 

larga era el deseo y el anhelo universal de la Humanidad. Quien tenía un pie en la tumba, era seguro que

 

afianzaba el otro lo más firmemente posible; el mas viejo tenía aún esperanza de vivir un día más, y miraba

 

la muerte como el más grave de los males, del cual la Naturaleza le impulsaba a apartarse siempre. Sólo en

 

esta isla de Luggnagg era menos ardiente el apetito de vivir, a causa del constante ejemplo que los

 

struldbrugs ofrecían a la vista.

 

 El sistema de vida que yo imaginaba era, por lo que me dijo, irracional e injusto, porque suponía un a

 

perpetuidad de juventud, salud y vigor que ningún hombre podía ser tan insensato que esperase, por muy

 

extravagantes que fuesen sus deseos. La cuestión, por tanto, no era si un hombre prefería estar siempre en

 

lo mejor de su juventud, acompañada de salud y prosperidad, sino cómo le iría en una vida eterna con las

 

desventajas corrientes que la edad avanzada trae consigo. Aunque pocos hombres confiesen sus deseos

 

de ser inmortales bajo tan duras condiciones, era indudable que en los dos reinos antes mencionados de

 

Balnibarbi y del Japón él halló que todos deseaban alejar la muerte algún tiempo más, que se llegase lo

 

más tarde posible siempre, y por excepción oyó hablar de algún hombre que muriese voluntariamente, a no

 

ser que a ello le impulsase un gran extremo de aflicción o de tortura. Y apelaba a mí para que dijese si no

 

había observado la misma disposición general en los países por que había viajado y aun en mí mismo.

 

 Después de este prefacio me dio detallada cuenta de cómo viven los struIdbrugs allí . Díjome que

 

ordinariamente se conducían como mortales hasta que tenían unos treinta años, y luego, gradualmente,

 

iban tornándose melancólicos y abatidos, más cada vez, hasta llegar a los ochenta. Sabía esto por propia

 

confesión, aunque, por otra parte, como en cada época no nacían arriba de dos o tres de tal especie, era

 

escaso número para formar con sus confesiones un juicio general. Cuando llegaban a los ochenta años,

 

edad considerada en el país como el término de la vida, no sólo tenían todas las extravagancias y flaquezas

 

de los otros viejos, sino muchas más, nacidas de la perspectiva horrible de no morir nunca. No sólo eran

 

tercos, enojadizos, avaros, ásperos vanidosos y charlatanes, sino incapaces de amistad y acabados para

 

todo natural afecto, que nunca iba má allá de sus nietos. La envidia y los deseos impotentes constituían sus

 

pasiones predominantes. Pero los objetos que parecían excitar en envidia en primer término eran los vicios

 

 

 

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más propios de la juventud y la muerte de los viejos. Pensando en los primeros, se encontraban apartados

 

de toda posibilidad de placer, y cuando veían un funeral se lamentaban y afligían de que los otros llegaran a

 

un puerto de descanso al que ellos no podían tener esperanza de arribar nunca. No guardan memoria sino

 

de aquello que aprendieron y observaron en su juventud, y para eso, muy imperfectamente; y por lo que a la

 

verdad o a los detalles de cualquier acontecimiento se refiere, es más seguro confiar en las tradiciones

 

comunes que en sus más firmes recuerdos. Los menos miserables parecen los que caen en la chochez y

 

pierden enteramente la memoria; éstos encuentran más piedad y ayuda porque carecen de las malas

 

cualidades en que abundan los otros.

 

 Si sucede que un struldbrug se casa con una mujer de su misma condic ión, el matrimonio queda

 

disuelto, por merced del reino, tan pronto como el más joven de los dos llega a los ochenta años, pues

 

estima la ley, razonable indulgencia, no doblar la miseria de aquellos que sin culpa alguna de su parte están

 

condenados a perpetua permanencia en el mundo con la carga de una esposa.

 

 Tan pronto como han cumplido los ochenta años se les considera legalmente como muertos; sus

 

haciendas pasan a los herederos, dejándoles sólo una pequeña porción para su subsistencia, y los pobres

 

son mantenidos a cargo del común. Pasado este término quedan incapacitados para todo empleo de

 

confianza o de utilidad; no pueden comprar tierras ni hacer contratos de arriendo, ni se les permite ser

 

testigos en ninguna causa civil ni criminal, aunque sea para la determinación de linderos y confines.

 

 A los noventa años se les caen los dientes y el pelo. A esta edad han perdido el paladar, y comen y

 

beben lo que tienen sin gusto, sin apetito. Las enfermedades que padecían siguen sin aumento ni

 

disminución. Cuando hablan olvidan las denominaciones corrientes de las cosas y los nombres de las

 

personas, aun de aquellas que son sus más íntimos amigos y sus más cercanos parientes. Por la misma

 

razón no pueden divertirse leyendo, ya que la memoria no puede sostener su atención del principio al fin de

 

una sentencia, y este defecto les priva de la única diversión a que sin él podrían entregarse.

 

 Como el idioma del país está en continua mudanza, los struldbrugs de una época no entienden a los de

 

otra, ni tampoco pueden, pasados los doscientos años, mantener una conversación que exceda de unas

 

cuantas palabras corrientes con sus vecinos los mortales, y así, padecen la desventaja de vivir como

 

extranjeros en su país.

 

 Tal fue la cuenta que me dieron acerca de los struldbrugs, por lo que puedo recordar. Después vi a cinco

 

o seis de edades diferentes, que en varias veces me llevaron algunos de mis amigos; pero aunque les

 

manifestaron que yo era un gran viajero y había visto todo el mundo, no tuvieron la curiosidad de hacerme

 

la más pequeña pregunta. Sólo me rogaron que les diese «slumskudask», o sea un pequeño recuerdo, lo

 

que constituye una manera modesta de mendigar burlando la ley, que se lo prohibe rigurosamente, puesto

 

que son atendidos por el país, aunque con una muy pequeña asignación por cierto.

 

 La gente de todas clases los desprecia y los odia. Su nacimiento se considera siniestro y se anota muy

 

atentamente; así, puede saberse la edad de cada uno consultando los registros; pero éstos no se llevan

 

hace más que mil años, o, al menos, han sido destruídos por el tiempo o por desórdenes públicos. Mas el

 

procedimiento usual de calcular la edad que tienen es preguntarles de qué reyes o grandes personajes

 

recuerdan, y luego consultar la historia, pues, infaliblemente, el último príncipe que tienen en la memoria no

 

empezó a reinar después de haber cumplido ellos los ochenta años.

 

 Constituían el espectáculo más doloroso que he contemplado en mi vida, y las mujeres, más aún que los

 

hombres. Sobre las deformidades naturales en la vejez extrema, adquirían una cadavérica palidez, más

 

acentuada cuantos más años tenían, de que no puede darse idea con palabras. Entre media docena

 

distinguí en seguida cuál era la más vieja, aunque no se llevaban unas de otras arriba de un siglo o dos.

 

 El lector podrá con facilidad creer que, a causa de lo que acababa de mirar y oír, menguó mucho mi

 

apetito de vivir eternamente. Me avergoncé muy de veras de las agradables ilusiones que había concebido,

 

y pensé que no había tirano capaz de inventar una muerte en que yo no me precipitase con gusto huyendo

 

de tal vida. Supo el rey todo lo pasado entre mis amigos y yo, e hizo de mí gran donaire. Díjome que sería

 

de desear que enviase a mi país una pareja de struldbrugs para armar a nuestras gentes contra el miedo a

 

la muerte. Pero esto, a lo que parece, está prohibido por las leyes fundamentales del reino; de otro modo,

 

hubiese echado sobre mí con gusto el precio y la molestia de transportarlos.

 

 Tuve que convenir en que las leye s de aquel reino relativas a los struldbrugs estaban fundadas en las

 

más sólidas razones, y que las mismas dictaría cualquier otro país en análogas circunstancias. De otra

 

manera, como la avaricia es la necesaria consecuencia de la vejez, aquellos inmortales acabarían con el

 

tiempo por ser propietarios de toda la nación y monopolizar el poder civil, lo que, por falta de disposiciones

 

para administrar, terminaría en la ruina del común.

 

Capítulo XI

 

El autor abandona Luggnagg y embarca para el Japón. -Desde allí regresa a Amsterdam en un barco

 

holandés, y desde Amsterdam, a Inglaterra.

 

 Pensé que este relato sobre los struldbrugs podía ser de algún interés para el lector, porque me parece

 

que se sale de lo acostumbrado; al menos, yo no recuerdo haber visto nada semejante en ningún libro de

 

 

 

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viajes de los que han llegado a mis manos. Y si me equivoco, sírvame de excusa que es necesario muchas

 

veces a los viajeros que describen el mismo país coincidir en el detenimiento sobre ciertos particulares, sin

 

por ello merecer la censura de haber tomado o copiado de los que antes escribieron.

 

 Hay, ciertamente, constante comercio entre aquel reino y el gran imperio del Japón, y es muy probable

 

que los autores japoneses hayan dado a conocer en algún modo a los struldbrugs; pero mi estancia en el

 

Japón fue tan corta y yo desconocía el lenguaje tan por completo, que no estaba capacitado para hacer

 

investigación ninguna. Confío, sin embargo, en que los holandeses, noticiosos de esto, tendrán curiosidad y

 

méritos suficientes para suplir mis faltas.

 

 Su Majestad, que muchas vec es me había instado para que aceptase un empleo en la corte, viéndome

 

absolutamente decidido a volverme a mi país natal, se dignó concederme licencia para partir y me honró

 

recomendándome en una carta de su propia mano al emperador del Japón. Asimismo me hizo un presente